Regalarse

QUIZÁ EL mayor atractivo del lujo sea el rechazo gesticulante que provoca en los moralistas, que funciona como un casi irresistible incentivo publicitario. Pero puede que los moralistas se equivoquen un poco. O, mejor dicho, tal vez ocurra que, como decía Pascal, "la verdadera moral se ríe de la moral". Hay, por tanto, que andarse con cuidado con tanto gesto adusto del puritanismo, porque la moral auténtica se monda a mandíbula batiente y porque los vicios se disfrazan muy bien de virtudes severas. Quizá nos creamos la mar de austeros y sobrios y hasta que vivimos, oh, la santa pobreza... y resulta que somos unos tacaños de tomo y lomo, simplemente.

Acuden estas reflexiones a mi pluma porque ya vienen los Reyes por el arenal, cargaditos de regalos, o deberan ¡y es hora de espabilarse! Y porque un buen amigo, padre de seis hijos y que llevaba una angustiosa temporada en el paro ha encontrado por fin trabajo, al borde mismo de la desesperación, en una empresa que te personaliza las joyas dibujando tu nombre con esmeraldas o algo así. Unas semanas antes, él y yo nos habríamos indignado de la gente que se gasta un dineral en cosas como esas, estando como está el mundo. Hoy sabemos que, gracias a esas personas, muchos otros se llevan un sueldo a casa. Ya lo tendríamos que haber sabido por el famoso libro Fábula de las abejas de Mandeville, que postula que algunos excesos personales, como la propensión al lujo, acaban siendo bienes sociales, pero no es lo mismo conocer de oídas un libro de principios del siglo XVIII que verlo aquí y ahora con los propios ojos (y con los bolsillos de un amigo).

Así que animémonos a hacernos buenos regalos en la medida de nuestras posibilidades y del gusto -que si es discreto, mejor- de nuestros seres queridos. Y si todavía viene el viejo moralista a llamarnos agriamente la atención, riámonos de él con el moralista nuevo, el de la franca sonrisa. Porque la clave está en regalar lo que al regalado le hace ilusión. Y si nos cuesta algo más, mejor. No más en dinero contante y sonante, necesariamente, sino en gusto vencido o en tiempo empleado en una investigación minuciosa y discreta para descubrir los sueños de la otra parte o en vueltas de Roma con Santiago para dar con el modelo perfecto. Detrás de cada regalo hay -debe haber- mucha entrega de uno mismo.

Lo propio de estas fechas es, fíjense, "regalarse". Con ese verbo reflexivo que dispara en dos direcciones: nos regalamos unos a otros, y eso es bonito, y, sobre todo, nos regalamos cada uno tras cada regalo, y eso es el verdadero lujo, porque nada vale más -a nuestros ojos- que nosotros mismos y nuestro precioso tiempo. El dinero no es lo principal, pero como le tenemos tanto aprecio, el gasto muestra también el valor que damos a quien regalamos. Para vivir bien la pobreza basta con ser tacaño con uno mismo, que es lo que más cuesta.

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