Pasos de cebra

Mi relación con los pasos de cebra es antigua e íntima. Recuerdo el primer chiste que entendí, siendo muy niño. Un amigo de mi abuelo, al ir yo a cruzar uno alegremente, me advirtió muy serio, con honda voz: "Bienaventurados los que creen en los pasos de cebra, porque pronto verán a Dios". Entendí -en una hierofanía- lo que era un chiste, y, ahora que lo pienso, uno muy apropiado a mis gustos: conectado a la vida ordinaria, encerrando una verdad, con una gota de humor negro y, encima, con un guiño teológico, que es donde está la gracia.

Más tarde, me sorprendió mucho la rigidez con la que los pasos de cebra se respetaban en Inglaterra. Allí podía uno creer en ellos, como en el cartero o en los trenes, sin tener que ver a Dios. Y simbolicé en los pasos de cebra la idiosincrasia diferente de los dos países, orgulloso, lo confieso, de nuestro carácter ácrata y nuestras recias raigambres religiosas. Para que nadie me acuse, sin embargo, de chovinista, reconoceré que en Sicilia descubrí una forma aún mejor de vivir los pasos de cebra. Los conductores se enfadan escandalosamente si el peatón espera al borde de la acera a que ellos paren. En Palermo les encanta que uno se lance a lo loco en medio del tráfico y ellos, sin frenar, moderando la velocidad y acelerando, rozándote y esquivándote, sonrientes, te dejan llegar al otro lado, misteriosamente ileso. No es operación laica, tampoco, porque, mientras se cruza, uno se encomienda a santa Rosalía y a la Virgen de las Lágrimas de Siracusa.

Pero si traigo aquí los pasos de cebra es porque se han convertido en un signo de los tiempos que corren. El hecho de que cada vez se respeten más escrupulosamente no está mal. Lo malo es la actitud de los que cruzan por ellos. A menudo pasan con una actitud de suficiencia, con paso demorado ("Anda despacio / como una reina / por su palacio", son versos que recuerdo a menudo desde el volante) y sin una sonrisa ni el menor gesto de agradecimiento hacia el conductor que frenó a fondo para dejarles cruzar. O insultan con aspereza al conductor que no pudo parar o no les vio. Es su derecho, ciertamente, pero el ejercicio de un derecho no tiene por qué ser incompatible con la gratitud o la elegancia. Con cuánta hosquedad todo el mundo reclama lo suyo, mientras los deberes se desvanecen, sin dejar rastro. Nuevos ricos de derechos se ejercen sin la vieja elegancia de agradecerlos como detalles de cortesía. Esto tiene un peaje de felicidad, pues no es lo mismo ir por la vida mal encarado, reclamando lo nuestro, que ir sonriendo, agradecido por todo. Se envenenan las relaciones sociales poco a poco. Forzando un poco el chiste aquel y convirtiéndolo en un lamento, podría suspirarse: "Ay de los que han puesto su confianza en los pasos de cebra, pues basan su dignidad en el Código de Circulación".

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