Beato

NO PODEMOS entender cabalmente la estatura espiritual de Juan Pablo II  sin volver la mirada hacia sus vicisitudes personales. Karol Wojtyla padeció en sus propias carnes el horror de las ideologías totalitarias; y, en medio de ese horror, decidió escuchar la llamada de la vocación religiosa. Siendo aún muy joven, sufrió la ocupación de su patria por el nazismo, que se preocuparía muy especialmente de combatir el ascendiente de la Iglesia católica polaca, depositaria de la cultura e identidad nacionales.

Y después, a la conclusión de la Segunda Guerra Mundial, el comunismo, otra burocracia de la muerte acaso aún más atroz, oprimirá Polonia, esta vez durante varias décadas, instaurando una represión que la Iglesia sufrirá con especial ensañamiento. “El que no toma su cruz y sigue en pos de mí, no es digno de mí. El que halla su vida, la perderá; y el que la perdiere por amor a mí, la hallará”, leemos en el Evangelio. Wojtyla, al asumir su vocación religiosa, sabía que no existe verdadero testimonio de fe sin aceptación del sacrificio.

Este entendimiento de la vida como escuela de sacrificio explica su evolución posterior, cuando el declinar de su naturaleza no logró apartarlo de la encomienda que en la juventud había aceptado. La ingente labor apostólica y pastoral de Juan Pablo II se resume, a la postre, en una exhortación al hombre contemporáneo a superar las plurales tiranías que pretenden sojuzgar el espíritu y pisotear la sagrada condición humana, encerrándola en las mazmorras del totalitarismo, o engatusándola con los oropeles de un hedonismo caprichoso; y esa superación de las plurales tiranías que nos acechan solo se puede lograr –nos decía Juan Pablo II– abriendo las puertas a Cristo. El joven que un día descubrió el rostro de Cristo en los padecimientos de sus compatriotas dedicó desde entonces sus esfuerzos a proclamar la dignidad inviolable de cada persona, como destinataria irrepetible de la Redención.

Pero el hombre que había sufrido en sus propias carnes los atropellos del nazismo y el comunismo sabía bien que las plurales tiranías que oprimen al hombre no se agotaban ahí. Por eso execró el capitalismo degenerado que explota al trabajador y lo reduce a mero engranaje en la consecución obscena de una riqueza de la cual no se beneficia; por eso execró la eutanasia, el aborto, la contracepción y los excesos de la genética. Juan Pablo II fue el mensajero de una Verdad que las adscripciones ideológicas no pueden interpretar a su conveniencia: la revolución del amor no admite cortapisas; la dignidad del hombre no permite excepciones.

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