Corrupción

En la plaga de la corrupción vemos los resultados de una política sin Dios que ha perdido el sentido de lo sacro, en primer lugar, y, en consecuencia, el sentido moral. Quítele usted a alguien sus bienes eternos y será luego mucho más sencillo arrebatarle sus bienes temporales. Corruptos ha habido y los habrá siempre (el dogma del pecado original lo explica a la perfección), pero la corrupción institucionalizada es un producto inevitable de una política sin Dios. La democracia entendida como forma de gobierno es, sin duda, una loable creación política; pero la democracia entendida como fundamento de gobierno (como sucedáneo religioso), que es lo que en realidad ha triunfado en nuestra época, acaba generando estas malformaciones: allá donde desaparece la noción de ley suprema de justicia, allá donde deja de reconocerse a Dios en el origen de todo poder humano (recordemos las palabras de Jesús a Pilatos: "Tú no tendrías ningún poder sobre mí si no se te hubiese dado de lo alto"), acaban engendrándose las más inicuas malformaciones.

Así ocurre con la corrupción política. Y no podrá haber auténtica regeneración moral mientras no haya un reconocimiento de esa ley suprema de justicia que tiene su principio en Dios; faltando ese reconocimiento, solo podrá instaurarse una moral naturalista, puritana y palabrera (que es en lo que ahora andan engolfados nuestros políticos), llena de vigilancias y órganos de control, que acabaría engendrando "tedio de la virtud". Así es como los clásicos denominaban el efecto que el cultivo de las virtudes genera cuando son meras disciplinas del espíritu, cuando les falta el alimento que les da vida. Esta es la tragedia de nuestra época, que confía en sus propias fuerzas (porque ha perdido la noción de pecado original) y cree que a la virtud se puede llegar a través de la mera disciplina, olvidando que, desarraigada de su Principio, la virtud engendra tedio.

Pero la recuperación del sentido de lo sacro en política no ocurrirá seguramente de la noche a la mañana. Entretanto, se impone una reflexión sobre el llamado "Estado de partidos" o partitocracia, donde las diversas facciones políticas se organizan como máquinas de acaparación del poder (y del dinero), invadiendo la función pública, controlando los otros poderes públicos, apropiándose con sus tentáculos de instituciones de iniciativa social (recordemos el triste destino de las cajas de ahorros), en su afán inmoderado de acumulación de recursos que mantengan bien abastecidas sus hipertrofiadas estructuras. Es verdad que toda forma de organización política genera, inevitablemente, corrupción; pero no es menos cierto que, en determinadas formas de organización política -así ocurre en la partitocracia-, la corrupción es verdadera savia nutriente e inspiradora. Y es que resulta inevitable que, allá donde le falta su verdadera savia (que es divina), la política degenere en cloaca y disputa de intereses.

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