Mi sitio, mi casa

Quién no tiene una cruz en la vida? Yo las tengo, querido lector. Y, a veces, alguna ha sido tan sangrante que pensé que no la soportaría. Pero sé que Dios cargó con esa cruz por mí en el Calvario, y que encima, luego, se subió a ella para librarme de su peso. En nuestro mundo, esto es difícil de ver... Recuerdo cierto día en el que una de esas cruces se me hizo demasiado pesada: llegó en forma de calumnia y, al ser creída por mucha gente, mi corazón se rompía. La calumnia es muy difícil de soportar, querido lector: quita la paz, invade de miedo y destroza la seguridad y la autoestima. Así que acudí al único sitio en donde soy capaz de recuperar el sentido del dolor: al Sagrario. Recuerdo que la iglesia de mi barrio estaba vacía; solo una pequeña luz iluminaba el altar y, a su derecha, resplandecía el Sagrario... Desanimada y abatida, me arrodillé. "Señor, ayúdame", supliqué. Entonces me fijé en el crucifijo que colgaba del muro frontal. Era uno de esos crucifijos grandes, modernotes, y hasta feos, que muchas veces decoran las iglesias. Pero, aunque estéticamente no me atrajo, sí lo hizo una pequeña herida sobre él pintada: la del costado. Clavé mis ojos en ella. Entonces mi alma, tembló en mi interior...

La suave brisa del amor de todo un Dios me rodeó por completo y comprendí que esa herida había sido permitida en el cuerpo de mi Dios por alguna razón. ¿Pero cuál? Ya estaba muerto cuando se le clavó aquella lanza que le laceró el costado. "¿Por qué Dios Padre lo permitió, Jesús?", pregunté en mi corazón. Y entonces, Él me hizo entender que esa herida tenía y tiene un inmenso sentido... Fue una última humillación permitida sobre su divinidad perfecta. Comprendí de inmediato que serviría para que aquellos que no hubieran creído ni aceptado su sacrificio fueran también salvados. Era la herida de su cuerpo dedicada a los perdidos en el dolor más infinito, para los más abandonados y alejados. ¡Y yo me sentía así en ese momento!

Con un flash interior recordé que todos pertenecemos y formamos parte del cuerpo de Cristo, y que desde mi conversión me había preguntado cuál era mi lugar en ese cuerpo divino. ¿Serían las heridas de las espinas? ¿De las laceraciones? ¿Las llagas de los clavos? ¡No! Supe al instante que mi lugar, mi casa, era esa herida del costado. "¿Quieres vivir aquí?", me preguntó . "Es la casa que yo creé para ti, María". Inmediatamente, accedí. "Por supuesto, Señor. Gracias, Señor". Y, desde entonces, vivo en ella. Le aseguro que es el mejor hogar, el mejor lugar para refugiarse cuando tenga el corazón partido. Busque su lugar en el cuerpo de Cristo, querido lector. Le aseguro que Jesús tiene uno preparado específicamente para usted. Será su mejor casa.

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