Una lección de amor

¿Qué hace que un matrimonio sea grande y duradero? ¿Cómo se logra esa donación recíproca que es el cimiento de la unión conyugal? Desde luego, no solo a través de un estado afectivo ni de la sed vulgar de una felicidad superficial e inmediata, impermeable al deber, como pretende nuestra época. Para que un matrimonio funcione, es precisa la unión íntima de dos almas. Pero ¿cómo se logra esa unión?

Por Juan Manuel de Prada

Ilustración Silvia Álvarez_Pareja

Ilustración: Silvia Álvarez

A todas estas preguntas responde Gustave Thibon en un delicioso libro que nunca me cansaré de recomendar, titulado Sobre el amor humano. Thibon afirma, con razón, que “solo los afectos que resisten la destrucción de su primer componente sentimental están llamados a trascender en el tiempo”. Para ello, es preciso –añade– que la unión de los esposos repose sobre cuatro pilares: pasión, amistad, sacrificio y oración. Pasión, pues no podemos concebir el matrimonio sin una atracción sexual recíproca, asumida, coronada y superada por el espíritu, que nos exige adaptarnos a los gustos y las necesidades sexuales del otro, que son muy distintos en la mujer y en el hombre. Pero una vida matrimonial plena exige una comunión mucho más profunda que no se logra con la mera pasión: debe existir entre ellos una amistad que los enseñe a amarse y respetarse mutuamente, los incite a penetrar en el alma del otro, corrigiendo y dominando la tensión inherente al dualismo sexual; que los llene de un hambre nunca colmada de conocerse mejor el uno al otro y de conocer juntos el incesante mundo.

Pero un amor grande y duradero necesita también nutrirse con sacrificios, prosigue Thibon. Desconocer lo positivo y fecundo que hay en el sacrificio es la tara del humanitarismo blandengue propio de nuestra época. Todos los desastres, todas las miserias del matrimonio proceden de este desconocimiento. No hay matrimonio feliz sin sacrificio mutuo, sin esfuerzo para superar las decepciones, la monotonía, los respectivos egoísmos. Y, por último, concluye Thibon, el amor de los cónyuges tiene que ser oración, para conjugarse y amalgamarse con el amor eterno: quien ama de verdad acoge al ser amado no como un dios, sino como un don de Dios; no lo confunde nunca con Dios, pero no lo separa nunca de Él. Para amar a un ser finito, con todas sus miserias e imperfecciones, es preciso amarlo como mensajero de una realidad que lo sobrepasa, de una plenitud divina.

Pasión, amistad, sacrificio y oración, pues, como pilares del amor conyugal. Pero vemos cómo nuestra época ha creado un clima hostil, donde cada uno de estos cuatro pilares son corroídos, adulterados y finalmente demolidos, haciendo cada vez más difícil el amor conyugal: para que la pasión no sea coronada por el espíritu, se exacerban y halagan los instintos y se encumbra la sexolatría a través de la pornografía y las incitaciones a la promiscuidad; para hacer imposible la amistad entre los cónyuges, se convierte el matrimonio en una lucha de sexos; para negar el sacrificio, se promueve el hedonismo y el sentimentalismo delicuescente; y, contra la quietud espiritual que nos conduce a Dios, se ha diseñado un mundo erizado de urgencias y activismos vacuos, donde la consecución del éxito laboral o la búsqueda de la “realización personal” se convierten en idolatrías. Solo huyendo de estas asechanzas hallaremos el verdadero amor.