Eva y Pepe, divorciados vueltos a casar: “La gracia de Dios nos ayudó a vivir en castidad y a arreglar nuestra situación”

6ª Edición Premios Misión a la Familia. Premio Familia.

Eva y Pepe, divorciados vueltos a casar: “Cuando das tu testimonio sin complejos, a la gente le toca”

La historia de nuestro Premio Familia ha dado la vuelta al mundo. Hace dos años, el Papa Francisco les dijo a Eva Lucas y Pepe González: “Sé lo que habéis sufrido”. Divorciados y vueltos a casar por la Iglesia hace un año, esta pareja es la mejor prueba de que Dios actúa si nos abrimos a la acción de la gracia.

Por Redacción Misión

Eva y Pepe provenían de matrimonios anteriores a los que “cada uno llegó sin discernimiento y sin darnos cuenta de lo que hacíamos de verdad”. Aquellas uniones –en las que cada uno tuvo dos hijos– acabaron en divorcio. Después, Eva y Pepe se conocieron y se casaron por lo civil. Sin embargo, un viaje a Tierra Santa les cambió el guión. Ante el Muro de las Lamentaciones, pidieron al Señor “que nuestros hijos tengan la fe que no hemos tenido y que nos podamos casar por la Iglesia algún día…”. A partir de entonces, todo comenzó a dar un giro. Tramitaron la nulidad –que solo les llegó cuando decidieron confiar en la Iglesia y empezar a vivir en castidad– y, hace un año, pudieron celebrar válidamente el sacramento del matrimonio.

Muchas personas se han beneficiado de vuestro testimonio. ¿Qué sentís al daros cuenta de esto?

Ya sabíamos que lo que Dios hace trasciende nuestras expectativas, pero, aun así, lo hemos vivido con una gran sorpresa. Nos han escrito desde Colombia; una pareja nos paró por la calle para decirnos que estaban en nuestra misma situación y habían decidido fiarse de la Iglesia y vivir en castidad; una viuda escribió en Internet cómo le había ayudado nuestra historia; una mujer casada a punto de separarse nos dijo que, tras leer nuestro testimonio, ella y su amante, que también estaba casado, habían decidido dejar de verse para salvar sus matrimonios…

¿Por qué creéis que vuestro testimonio ayuda tanto a personas tan distintas?

La sociedad nos vende relaciones de usar y tirar, que es lo que nos pasó en nuestro primer matrimonio, y plantearse un noviazgo y un matrimonio cristianos, en los que dar lo mejor al otro cuando toca, genera burlas y rechazo. De nosotros se han reído familiares y amigos, que pensaban que estábamos de broma. Pero, cuando muestras sin complejos que lo que haces da una felicidad plena y que cuando vivías como dice el mundo –y como viven los que se ríen de ti– eras un infeliz, a la gente le toca.

Hemos estado cuarenta años sin Dios, y con la autoridad de conocer la vida sin Él y la vida con Él, podemos decir que todo cambia si tienes a Cristo. A nosotros, la gracia de Dios nos ayudó a vivir en castidad y a arreglar nuestra situación. Si lo contamos, no es porque ganemos nada, sino porque es la verdad.

“De igual modo que las broncas afectan a los hijos, la unión también se traslada al resto”

¿En qué se nota ese cambio?

En nuestras relaciones anteriores, pensábamos que lo normal era lo que hoy te dicen: debes buscar tu bienestar, que el otro tiene que garantizar tu felicidad, que no tienes que estar aguantando si hay problemas… Eso solo puede llevar al fracaso y a la infelicidad permanentes. Pero con Dios, eso da un giro: lo primero que buscas es la felicidad del otro, no tu bienestar, y eso es lo que de verdad te hace feliz. Querer y que te quieran para siempre es lo que todos buscamos, porque todos llevamos en el corazón un amor como el de Dios, que nos hizo a su imagen: incondicional.

¿Se esfuman los problemas?

¡Qué va! Nosotros somos una familia muy normal y los dos venimos de un fracaso previo, así que claro que hay problemas y fragilidades. Pero ahora trabajamos juntos para cuidar nuestro matrimonio. Y eso se contagia a toda la familia. De igual modo que las broncas afectan a los hijos, la unión también se traslada al resto.

¿Os ha ayudado vuestra fe a mejorar la relación con vuestras exparejas?

Sí. Cuando ante Dios comprendes lo que has hecho y por qué, el daño que has causado a tus hijos, a tus padres, al otro… lo que más cuesta es perdonarte a ti mismo. Pero si ves que Dios te ha perdonado, ya no tienes excusa para no perdonarte. Puedes pedir perdón y perdonar.

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