A mis amigas: la grandeza de las vidas anónimas

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Ilustración: Silvia Álvarez

Por Isis Barajas

Querida amiga, tú y yo sabemos que, probablemente, nunca te darán un premio. Tampoco te llamarán para pronunciar una conferencia ante un auditorio entregado, ni entrarás en el Top 100 de mujeres líderes en España.
Querida amiga, tú y yo sabemos que no ocuparás portadas de revistas, no te invitarán a cenas benéficas con personas influyentes ni tampoco llegarás a ser esa emprendedora de éxito a la que todos deseen emular.
Habrá quien se escandalice por la vida que llevas o que no tenga en cuenta tu voz por no considerarla lo suficientemente válida. Habrá quien piense que no has logrado nada importante en tu vida o incluso que has privado al mundo de tu valía por hacer ciertas renuncias o elecciones.
Pero yo debo decirte algo, mi querida amiga: tu vida es un regalo. Lo es para mí, pero no solo. Hay quien piensa que las historias tienen más fuerza cuando las protagoniza una celebrity. Para mí no hay estímulo mayor que tenerte cerca para verte recorrer la vida cotidianamente.
Tu paseo diario desde el colegio, con un bebé en la mochila mientras empujas una silla ligera y te rodean varios niños pequeños, me parece una proeza mayor que coronar cualquier cima. Hay quien se gira y barrunta cualquier cosa entre dientes. Yo veo a una mujer fuerte y valiente que ha dejado transformar su vida por el amor.
Te admiro profundamente cuando veo cómo cuidas con ternura de tu hija con discapacidad y la calmas con paciencia en un momento de ansiedad, ante la mirada extrañada de aquellos que no saben lo que le ocurre.

Hay quien piensa que las historias tienen más fuerza cuando las protagoniza una celebrity. Para mí no hay estímulo mayor que verte recorrer la vida cotidianamente

Me emociona recordar cómo tiraste de la familia y cuidaste de tu marido cuando él estuvo enfermo. En vosotros se hizo carne desde el principio eso de “en la salud y en la enfermedad”, y me mostraste –sin pretenderlo– hasta qué grado llega la entrega total por el otro.
Contemplo la belleza que hay en cada vida cuando acoges a un nuevo hijo, aunque no entre en los planes ni en “los límites de lo razonable”. También cuando abrazaste, con cierto miedo pero con amor inmenso, a ese pequeño con una condición extraordinaria sin que ninguna ecografía te hubiera preparado para el momento del parto.
Tu vida rebosa fecundidad cuando cada semana abres las puertas de tu hogar a un grupo de adolescentes a los que tu marido y tú acercáis a Dios sin esperar recompensa. También cuando te haces presente en mi vida y atiendes mis momentos de desánimo aunque vivas a más de mil kilómetros de distancia. O cuando tu grave enfermedad se ha convertido en un motor de oración y ofrecimiento por el bien de los demás.
Renunciar a un buen trabajo, a formar una familia o a tantas seguridades para irte a evangelizar a un pueblo perdido de África no hará que te otorguen ningún Nobel, pero con tu “sí” cotidiano a mí me recuerdas dónde está el verdadero lote de mi heredad.
En realidad, no eres una, querida amiga, sino que sois muchas. Cada una de vosotras lleva una vida anónima, oculta… pero en todas se esconden historias de grandeza. Vuestras vidas son un don; teneros cerca, un privilegio. No ocuparéis portadas, pero dejadme que yo sí os dedique estas breves líneas, en un rincón de una revista.