Antes de ser el médico del primer equipo de fútbol del Real Madrid, Alfonso del Corral ya había jugado cuatro años en el equipo de baloncesto. Después se doctoró en Cirugía por la Universidad de Navarra y, cuando podía parecer que no le quedaban muchas más metas en la vida, vivió una radical conversión.

Por Jesús García-Colomer
Fotografía: Paloma Soria

Llegó a ganar la liga de baloncesto en el Real Madrid, equipo que le invitaron a dejar cuando al club llegó Drazen Petrovic, el mejor jugador europeo del momento. Para entonces ya se había licenciado en Medicina, en la que desarrolla una brillante carrera. Casado y padre de cinco hijos, vivió una experiencia de Cristo tres días después de fallecer Álvaro, el tercero de ellos. Esto supuso un punto de inflexión en su vida.
Leyendo su biografía, podría decirse que en 1997 estaba usted en la cumbre de su profesión. Entonces se da cuenta de que, en realidad, no es usted quien controla su vida…
Efectivamente. Mi gran cambio se da precisamente cuando yo creía que era el artífice de mi historia y, entonces, me doy cuenta de que no, de que el artífice de mi historia es Otro.
¿Cómo fue aquello?
Se dieron el mismo día una serie de circunstancias extraordinarias. El 14 de junio de 1997, por la mañana, recibí en Pamplona el birrete de doctor en Cirugía Ortopédica por la Universidad de Navarra. Estuvieron conmigo mis padres en una ceremonia emocionante. Fue un día grande. Comimos allí con los catedráticos y yo me vine corriendo a Madrid. Era el jefe de los servicios médicos del Real Madrid y esa tarde se jugaba el último partido de la liga de fútbol. Si vencíamos, seríamos campeones.
En el descanso de ese partido ya ganábamos tres a cero, con lo que imagínese la euforia de triunfo que se respiraba en el vestuario. Era una situación desbordante. Entonces, en ese momento culminante, me avisaron de que mi hijo Álvaro había tenido un accidente muy grave y que debía ir a La Paz. Fue algo tremendo, terrible. Para más inri, cuando salí del vestuario, mi coche estaba atrapado por otro, así que subí corriendo por la Castellana, desde el Bernabéu hasta La Paz, de un tirón y sin parar. Allí estuvimos unas horas hasta que, a las dos de la mañana del 15 de junio, nos comunicaron que nuestro hijo había muerto.
¿No se enfadó con Dios?
No. Más que nada, porque la palabra que mejor define mi estado durante los tres días siguientes es muerto. Estaba muerto. Tenía un dolor en el pecho, dolor físico, de no poder ni respirar, que me mataba, y me sentía como muerto. Pero no me enfadé, porque cuando estás muerto, ni si quiera te planteas cómo estás. No expresé reproches hacia nadie.
¿Después de esos tres días?
Ese tercer día, tuve una experiencia.
¿Cuál fue?
Ese día, por tres veces, leí la misma frase en tres sitios diferentes. La primera fue abriendo una Biblia. La segunda, al entrar en una iglesia, mientras daba un paseo. La tercera, leyendo un cuaderno de mi hijo. La última frase que escribió Álvaro en vida, en ese cuaderno, con la clásica letra de niño de seis años que primero es muy fuerte y según va avanzando, es cada vez más floja y va cayendo, fue: “Yo soy el camino, la verdad y la vida”. Era la tercera vez ese día que leía esa frase sin buscarla. Inmediatamente después de leer esa frase escrita por mi hijo, experimenté una presencia en mi interior y en el exterior, en aquella habitación, que no es que me quitara el dolor del pecho, pero sí se llevó una parte de él, y percibí que esa presencia me acompañaba. A partir de ese momento, en medio de esa locura inaceptable que supone la pérdida de un hijo, te das cuenta de que hay alguien más, algo más. Entonces, una vez que pasa, te preguntas: ¿Quién es el que está aquí? Y así empecé un proceso de búsqueda.
¿No es un delirio? ¿No es fruto de una conmoción?
No. Yo lo defino como una presencia real del Resucitado. Dios existe. Yo he aprendido que Cristo resucitó. Yo experimenté su presencia ahí. Hay gente que puede interpretar mi experiencia como un estado de ánimo desvirtuado de alguna manera por el trauma. Pero yo digo que no es así. A partir de entonces, yo seguía con el sufrimiento, pero fue tan auténtica esa experiencia, que me embarqué en una búsqueda de Aquel a quien había percibido. Fue una etapa de mi vida muy amarga, en la que dormía poco, a lo mejor tres horas al día, y leía muchísimo. Devoraba lectura en busca de esa presencia.
¿Pero buscaba ya a Cristo o estaba abierto a otras posibilidades?
La pista principal era la de Jesucristo, porque la búsqueda comenzó tras leer la frase “Yo soy el camino, la verdad y la vida”, pronunciada por Él. Pero sí es verdad que empecé a leer obras existencialistas, religiosas, filosóficas… En esa búsqueda a través de la lectura, me fui dando cuenta de dónde percibía ese fuego que conocí en aquella experiencia.
¿Dónde percibió con mayor intensidad ese fuego?
Sobre todo en un libro que cuenta lo que me sucedió a mí. En otro contexto, a otra persona, pero la experiencia que yo tuve podría ser exactamente la misma, por rara y descabellada que pueda parecer, que la que tuvo, describió y plasmó el filósofo español Manuel García Morente. Lo que vivió él en 1937 en París fue absolutamente lo mismo que yo experimenté en 1997. Él lo llamó “hecho inexplicable”. Este provocó su conversión y, después, siendo ya mayor, su ordenación sacerdotal.
El resultado de ese estado que los racionalistas llamarían «de delirio» o «de alucinación», ¿sigue vigente?
Efectivamente, hay quienes afirman que, por ejemplo, el síndrome del duelo dura como mucho unos seis años. Pero ya han pasado dieciocho años desde que tuve esa experiencia y esto no se apaga, no desaparece. El recuerdo permanece siempre. Para dejarlo claro, a mí me pueden partir las piernas, pero yo diré que viví un encuentro con el Resucitado.
Entonces, ¿usted cree que Cristo, después de muerto, resucitó?
Sí, absolutamente.
Lo digo porque usted es médico y más de una vez ha palpado un cadáver. Creer que un muerto pueda resucitar, puede parecer demasiado.
Sí, soy médico, y de igual manera que he palpado un cadáver, he experimentado a Cristo resucitado, por eso lo cuento. Yo creo que Cristo resucitó realmente. La clave del cristianismo no está en el sermón de la Montaña, sino en la Resurrección. Lo demás son todo buenas palabras. El acontecimiento de la Resurrección de Cristo cambia radicalmente la historia de todos y cada uno de los hombres. Al final de los finales de todas las historias, hay un momento fundamental en el que si creemos que Cristo resucitó y que resucitaremos con Él tras nuestra muerte, todo lo demás pasa a un segundo plano.
Usted, que es médico, un hombre de fe y que, además, ha pasado por la experiencia de la muerte de un ser tan querido como es un hijo, ¿qué diría o dice a alguien que está experimentando un duelo y puede no tener esa fe?
Decir, poquito. Las palabras en ciertos momentos siempre están de más, son vacuas. Lo que puedes hacer es acompañar, dar cariño, estar cerca. En definitiva, el poder del amor es lo que nos salva. Lo que salvó a mi familia fue que muchas personas nos amaron, nos ayudaron; el amor que Dios puso en ellos y ellos, a su vez, nos dieron a nosotros. Las grandes frases, las grandes palabras no sirven de nada. Es tan grande el dolor cuando se pierde a alguien a quien se ha amado mucho… Entonces solo valen la compañía, el cariño y la cercanía. Más allá de esto, yo les animaría a escuchar esta frase del Señor: “Los que estáis cansados y agobiados venid a mí que yo os aliviaré”. El gran alivio de esta vida es la presencia del Señor. Sin eso, a veces es insoportable.
¿Dónde encuentra esa presencia de Dios usted en su día a día?
Yo intento, con mi precariedad y mis contradicciones, tener la presencia de Jesucristo todos los días. Por ejemplo, al empezar a trabajar y mientras trabajo. Al comer –que yo soy muy tragón–, se puede bendecir la mesa. Debemos intentar hallar esa presencia de Dios, el encuentro con el Señor. Sin este encuentro con el Señor, todas las liturgias, las normas y las catequesis, te dan igual. Hay que encontrar a Cristo, experimentar que es verdad, y, una vez que le conoces, volver cada día a ese primer amor, aunque tengas mucho trabajo y mucho lío. En ese primer amor y en el amor mismo, está la clave de todo lo demás. A mis hijos, siempre les digo: “No os separéis nunca del Señor. Tras los errores que cometáis, os levantáis, le pedís fuerzas, y seguís. Él sabe de qué madera estamos hechos”.
Alfonso del Corral Salas nació en Madrid en 1956 . Llegó a la élite del baloncesto español, entrenando y compitiendo mientras cursaba Medicina.
Familia. Está casado con Paloma Trujillano, y son padres de cinco hijos. “Aunque Álvaro se fue al Cielo de pequeño, siempre lo contamos a él también”, explica el doctor.
Real Madrid. Fichó por el Real Madrid en 1984. Antes había destacado en el oar de Ferrol y en el Estudiantes.
Campeón. En los años 1985 y 1986, hizo pleno de títulos nacionales con el Real Madrid, ganando sendas ligas y Copas del Rey. Fue campeón de la Copa Korac en 1988.
Copa de Europa. Aquella generación se quedó a las puertas de ganar la Copa de Europa, perdiendo la final de 1985.
Drazen Petrovic. El fichaje del jugador croata por el Real Madrid coincidió con un cambio generacional que supuso la marcha de Del Corral. De Petrovic recuerda el doctor una insaciable ansia de perfección: “Si en un partido fallaba un tiro libre, en el entrenamiento siguiente tiraba una serie de cien. Si fallaba uno, empezaba de nuevo”.
Carrera médica. Licenciado en Medicina en 1981 por la Universidad Autónoma de Madrid, una vez que dejó la competición, siguió vinculado al equipo médico del club.
Fútbol. En 1996 pasó a ser jefe de los servicios médicos del Real Madrid. Entre sus manos tuvo la salud y forma física de algunos de los mejores futbolistas del mundo como Mijatovic, Beckham, Zidane, Raúl o Ronaldo.
Cum laude. En 1997 recibe un doctorado cum laude en Cirugía Ortopédica por la Universidad de Navarra. Ese mismo año vive su “encuentro con el Resucitado”.
Año 2015. Actualmente trabaja en la Unidad de Traumotología, Ortopedia y Medicina Deportiva del Hospital Ruber Internacional, y en el Centro Médico La Masó, ambos en Madrid, al tiempo que da testimonio de su experiencia de fe en numerosos ámbitos y medios.

 

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