Amor, lujo y asesinato

Phyllis Dorothy James (Oxford, 1920), mirlo blanco de la novela negra, sorprendió con la publicación , en 2011, de La muerte llega a Pemberley, secuela de Orgullo y prejuicio.

Por Enrique García-Máiquez

“Debo una disculpa a la sombra de Jane Austen por implicar a su querida Elizabeth en la trama de una investigación por asesinato”, escribía galantemente P. D. Jame. En la parte que nos toca, como fervientes austenianos, no solo se lo disculpamos, sino que lo celebramos, pues le salió una novela negra muy colorida y luminosa. Dejaré el misterio policíaco intacto, pero trataré de desentrañar el secreto de su encanto.

En gran parte, es literario. La deuda de la novela policíaca inglesa con el mundo de Jane Austen es inmensa, tanto en los escenarios –casas de campo, reticencias y sobreentendidos– como en el suspense –no hay tanta diferencia entre descubrir quién se casará con quién y quién mató a quién–. Por eso, P. D. James rindió un homenaje con esta, su última novela, a la semilla de su género literario.

Aquí la muerte es lo de menos, tal vez una coartada. Le importa más Austen, y esto se percibe en el gusto con el que vuelve a contarnos lo que ya sabemos de Orgullo y prejuicio, en cómo desliza enjundiosos comentarios sobre su estructura, su estilo o su argumento, y en el valor de urdir unas audaces interpretaciones psicológicas, como la relación entre el dinero de Darcy y el enamoramiento de Lizzy.

Recrea siempre bien a los personajes de Austen y, de paso, nos los retrata con su mejor perfil. Del señor Bennet, comenta: “No se le notaba cuando estaba y se le echaba de menos cuando se iba”, ascendiéndolo a la categoría de suegro ideal.

De paso, juega con los lectores. Lanza unos graciosos guiños a Emma, la otra gran novela de Jane Austen. Y varias veces anota que Elizabeth estaba cansada y que tenía que dividir el viaje a Londres en dos jornadas, para reposar. El lector de Orgullo y prejuicio se horroriza de que esa sea su Lizzy (la que era inagotable en sus paseos, tanto que, en buena medida, esa energía enamoró a Darcy). Pero, en las últimas páginas, cuando más desolados estamos ante un fallo tan garrafal de coherencia austeniana, nos enteramos de que Lizzy está embarazada. Oh. A la buena noticia se une la alegría de comprobar que P. D. James no se equivocaba, sino que se divertía escandalizándonos. El embarazo lo explica todo, clara, lógica y felizmente.

Con lo que llegamos a lo mejor de La muerte llega a Pemberley: su dimensión matrimonial. La narradora se deja fascinar por el amor de Lizzy y Darcy. Se ha cotidianizado, se ha solidificado, se ha, en definitiva, conyugalizado, esto es, se ha perfeccionado. Darcy concluye: “Yo he hablado demasiado poco y tú demasiado. Pero juntos hemos conseguido el equilibrio perfecto”

COLORÍN COLORADO, LA HISTORIA NO HA ACABADO

C. S. Lewis respondía a los jóvenes lectores de Las crónicas de Narnia que exigían nuevas entregas animándolos a escribir ellos mismos la continuación. No era una evasiva elegante y original. Conectaba con la tradición de reanudar la historia, ya que, en el ser humano existe una inalterable aspiración a la eternidad, por lo que el fin de las historias nos resulta antinatural.

¿Quién no ha imaginado qué sería de sus personajes amados al correr de los años? No solo P. D. James pasó de esa ensoñación a la escritura. Avellaneda lo intentó con el Quijote, aunque sin demasiada fortuna. Azorín tuvo más tino cuando escribió un final alternativo y feliz para La Celestina en “Las nubes”, recogido en Castilla. Con el Quijote volvió a atreverse, siglos después, Trapiello con Al morir don Quijote. Por su parte, Don Juan Tenorio ha conquistado a muchos: de Zorrilla a Torrente Ballester. Y, hablando de mitos, Frederic Tuten hizo una novela cuyo protagonista era Tintín. Y Carlota en Weimar, de Thomas Mann, tira de Goethe. Esto implica una dificultad y una facilidad.

Ser fiel al personaje no es sencillo; pero, como el verdadero genio estriba, como decía Borges, en ser capaz de crear un personaje vivo, al tomarlo de otro, se vampiriza el mayor talento ajeno. Lo que se justifica, eso sí, por un afán de salvación en quien no se resigna a que la palabra “fin” lo separe de unas vidas que son más que de papel.

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