Así vive un refugiado

En Jordania, el diez por ciento de la población que vive dentro de sus fronteras son refugiados. En la capital, Amán, Misión ha compartido té y conversación con un grupo de ellos que, gracias al padre Hanna Kildani rehacen su vida lejos del horror de la guerra.

Por Marta Peñalver

En el corazón de la bulliciosa ciudad de Amán, en Jordania, se en­cuentra la iglesia de Los Mártires de Jordania.  El padre Hanna Kildani atiende allí a una pequeña comunidad de cien familias católicas que luchan por mantener su fe en una sociedad cada vez más hostil.

Pero ayudar a conservar la fe de sus parroquianos no es lo único que hace este sacerdote de casi dos metros y perenne sonrisa: el padre Hanna acoge en su parroquia a cristianos que huyen de Siria o Iraq por la guerra y la persecución.

Por allí han pasado decenas de familias a las que, con la ayuda de sus feligreses, el padre atiende, da cobijo y ayuda a seguir adelante.  “Algunas de las familias que han vivido aquí han migrado a países como Australia o Estados Unidos. Otras se han quedado y ahora forman parte de la feligresía de la parroquia”.

Tiene cara de buen hombre. Sonríe con una expresión que denota su inmensa bondad. Auxilia sin reservas a quienes recurren a él; ha llegado a dar techo en la propia parroquia a nueve familias de refugiados cristianos durante varios meses.  Y reconoce que los cristianos en Medio Oriente se sienten a menudo desamparados por sus hermanos de occidente.

Se queja del papeleo y la burocracia necesaria para recibir ayuda para sus inquilinos y, aunque ha recibido ayuda puntual de algunas Conferencias Episcopales europeas, confiesa que diariamente sale del paso “pidiendo a los feligreses que, cuando vayan a la compra, compren dos pollos y traigan uno a la parroquia”.

 

Con nombre y apellido

Cuando hablamos de refugiados, a menudo tendemos a verlos como una masa anónima cuya historia es fácil desdramatizar. En la parroquia Mártires de Jordania hay refugiados, sí, pero tienen nombre y apellido.

Yousef Dawand tiene 23 años y es de Damasco. Salió de Siria huyendo de la guerra y la inseguridad. Estudió hostelería en la universidad de Damasco y trabajaba en un hotel en su ciudad.

Se había labrado un futuro que se desmoronó con el estallido de la guerra. Cuando llegó a la edad en que tenía que enrolarse en el ejército sirio, el padre Hanna, que lo conocía desde niño, consiguió traerlo a Jordania y lo acogió en su parroquia.

En la guerra “podría haber muerto o haber sido capturado por el Estado Islámico”, cuenta para Misión. Desde que está en Amán ayuda al padre Hanna en todo lo que puede y confía en “volver algún día a mi país para ayudar a mis padres y hermanos, que tuvieron que quedarse allí”.

 

Huir y perderlo todo

Yousef no es el único refugiado a quien el padre Hanna ha ayudado a escapar del terror. En la parroquia viven dos hermanos iraquíes, con sus esposas y los dos hijos de uno de ellos. En agosto de 2014, el Estado Islámico bombardeó Qaraqosh y la mayoría de gente decidió huir.

La persecución a los cristianos se hizo cada vez más dura: “Quemaron iglesias y mataron a muchos cristianos que no quisieron convertirse al islam…”. Nos lo cuentan Ghazwan Banno y su mujer, que salieron a pie de Qaraqosh y tras más de cuatro meses de travesía llegaron hace casi tres años a Amán. En el camino les quitaron los pasaportes y lo poco que llevaban consigo.

Desde entonces han vivido con el padre Hanna, que no solo les ha acogido sino que también les ha ayudado a conseguir un tratamiento médico para solucionar los problemas que tenían para concebir.   “Si Dios quiere, y gracias a la ayuda del padre Hanna, pronto seremos padres”, relatan.

Salam Banno, su esposa y sus dos hijos han llegado a Amán hace pocas semanas. Sobrecoge el gesto de sus rostros, que aún refleja la tristeza de quien huye dejándolo todo, y que choca con la sonrisa que se dibuja en la cara de los niños.

 

Más que una ayuda

El padre Hanna les ayuda para devolverles la dignidad que la guerra y la barbarie les robaron, y ha dispuesto para ellos un improvisado apartamento en la parroquia. Es una estancia humilde, pero digna.  Y, para sus inquilinos, es una muestra clara de amor desinteresado y de humanidad.

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