Beatrice Fazi: “Estaba convencida de que solo era un conjunto de células”

Tras abortar, Dios se le presentó “de puntillas”. Desde su conversión, la actriz vio su carrera envuelta en un escándalo: vivir el Evangelio
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Por Ángeles Conde Mir / Fotografía Antonello Nusca

-«¿Quien es Beatrice Fazi?», le preguntamos desde Misión.

-«Es una hija de Dios», contesta con emoción.

Pero el título de su libro hace intuir que el camino hasta llegar a esa convicción no fue fácil. Un corazón nuevo. Del dolor de vivir a la alegría de la fe –reconoce con una sonrisa– ha tenido el mejor amanuense: el Espíritu Santo. Se decidió a escribirlo porque siempre que relataba su conversión, le pedían que contara más.

El escándalo de tener fe

Beatrice Fazi alcanzó notoriedad gracias a su papel de Melina en la serie Un medico in famiglia, la versión italiana de la popular serie española Médico de familia. Cuando comenzó a conceder entrevistas, notó que, para muchos, “era casi un escándalo que una actriz quisiera vivir el Evangelio”.

El libro vio la luz en 2015. Hasta entonces, nunca había hecho público que cuando tenía veinte años se sometió a un aborto. Corría el año 1993. Ella era estudiante y comenzaba a trabajar esporádicamente como actriz. Mantenía una relación intermitente con un hombre mayor que ella, divorciado y cocainómano. Estaba sola en Roma. Sin dinero, sin poder contárselo a sus padres y aconsejada por unas amigas, decidió abortar. “Me sorprendió la cantidad de mujeres que estaban esperando para abortar. Para muchas, no era la primera vez”.

El recuerdo que abre su libro

Con este amargo recuerdo comienza su libro; en concreto, con la pregunta de la enfermera del consultorio que gritó: “¿Quiénes son las de la 194?”. Se refería a la ley 194, que había despenalizado el aborto en Italia años antes. Beatrice Fazi era una firme defensora del aborto y militaba en grupos feministas. “Nunca pensé que llevara dentro a un niño. Estaba convencida de que solo se trataba de un conjunto de células”. La joven Beatrice luchaba por ese “derecho sacrosanto de las mujeres”. Es más, durante mucho tiempo acusó a “la huella de la cultura católica” de la culpa que sentía. Cuenta, con el rostro desencajado, que aún siente, como si fuera hoy, el dolor físico que sintió al despertar de la anestesia. “Pedí a la enfermera que me diera algo para el dolor. Me miró y, con su expresión, parecía que me dijera: ‘Haberlo pensado antes”.

Una espiral y un karma

El mundo artístico no contribuyó a mejorar su vida, y su pasado familiar tampoco ayudaba. Tras veinte años de matrimonio, su padre traicionó a su madre y la abandonó. Todos estos elementos generaron una espiral de autodestrucción a la que se sumaron los trastornos alimentarios y el consumo esporádico de drogas. “Estaba obsesionada con mi peso y con mi cuerpo, quería que fueran perfectos”, relata en su libro. “Además, mis relaciones con los demás eran fingidas e interesadas. […] Ese vacío existencial me llevó a llenarme de caprichos: compré una casa, tuve un novio formal… pero eso no me dio estabilidad. Es más, él también me traicionó”.

Continuaba negando a Dios, y comenzó a practicar el budismo: “Para limpiar mi karma”, dice, porque la culpa por el aborto seguía presente. En esas circunstancias, Dios se le presentó “de puntillas”.

Dios entra “de puntillas”

Dios llamó a su puerta de forma inesperada, pero tierna y cuidadosa. Un día, paseando por el centro de Roma, se sintió cansada y decidió entrar a una iglesia para sentarse. El Santísimo estaba expuesto, algo a lo que ella, atea y anticlerical, no daba importancia. Pero, como el que está al sol sin notar que se broncea, Dios empezó a transformar su corazón de piedra en uno de carne. “Cristo vivo se comunicó conmigo. Comencé a llorar, aunque todavía era pronto para darle un ‘sí’ definitivo”. En ese tiempo, conoció a su actual marido, Pierpaolo, que estaba divorciado.

Los jóvenes de Juan Pablo II

En el verano del año 2000, en una Roma invadida por miles de jóvenes que acudían a la JMJ con San Juan Pablo II, sucedió de nuevo algo decisivo: “Estábamos en la moto y, en un semáforo, mi mirada se cruzó con la de uno de esos papaboys. Vi en sus ojos una alegría que no era la mía. Yo lo tenía todo, pero no esa frescura en los ojos”.

Un año después, una antigua amiga la invitó a una catequesis a la que no fue. Su amiga, Laura, continuó hablándole “de un Padre Celestial que me quería como era”. Por fin, la gota que horadaba la roca venció, y Beatrice Fazi se deshizo de su coraza. En 2002 se confesó. Con los ojos inundados en lágrimas, cuenta que ese día se sintió amada, liberada y perdonada. “Supe que el mayor error que cometí fue el de separarme de Dios y no reconocerme como su hija”. Inició entonces un camino de conversión personal, sin Pierpaolo: “Pero me decían que si el Señor llama a uno de la familia, acaba llamándolos a todos”. Y así fue.

Dos hijos… y empieza el noviazgo

Aunque todavía no podían casarse por la Iglesia, Pierpaolo había solicitado la nulidad. Otro paso que afianzó su amor mutuo fue la decisión de vivir castamente tras una peregrinación a Medjugorje: “Vivimos un noviazgo casto, aunque ya teníamos dos hijos, porque Él te permite vivirlo así, si te fías”. En la primavera de 2008, llegó la sentencia de nulidad y, el 7 de julio de 2008, se casaron.

Tiempo de dar gratis

Beatrice explica que Dios sigue actuando en su vida porque al principio era muy dura como madre: “Tenía rabia. Creo que quería hacerles pagar a mis hijos mi elección, porque ellos tuvieron el derecho de nacer y su hermano, no”. Volviendo la vista atrás, reconoce que Cristo la liberó del peso que la atenazaba: “Me hizo sentirme libre de mi pecado, capaz de enfrentarme a mi culpa, de plantarle cara a mi error, sin sentirme hundida, porque Él ha venido a hacerse cargo. Curó las heridas de mi vida. Curó la herida que me provoqué con el aborto”.

Nos despedimos de ambos, de Beatrice y Pierpaolo, con la certeza de que Dios hace nuevas todas las cosas. Nos cuentan que tienen que marcharse a una parroquia para impartir catequesis. “Pero ¿cómo podéis con todo?”. Se miran con complicidad y Beatrice sentencia: “Al que mucho se le da, se le exigirá mucho, y al que mucho se le confía, se le exigirá mucho más”.

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