Soberano Galdós

La conmemoración del centenario de la muerte de Benito Pérez Galdós (1843-1920) ha revivido enconadas polémicas sobre su importancia. Mejor no hacer ni caso, y leerle, que será la prueba indiscutible de que estamos ante un autor de primera categoría. Fortunata y Jacinta es su obra cumbre. Episodios Nacionales, la más amada.

Por Enrique García-Máiquez
El proyecto literario de novelar la historia contemporánea de España ocupó media vida de Galdós y, por tanto, atravesó muy distintas etapas anímicas, literarias y políticas. En las 46 novelas, divididas en cinco series (la última, incompleta) cabe de todo. Las más luminosas y vibrantes son las dos primeras series, y especialmente la primera, que narra las andanzas y amores de Inés Santorcaz y Gabriel de Araceli en la España que resiste a la invasión napoleónica, nuestra Guerra y paz, digamos. Es esta serie la que recomienda el padre Ladrón de Guevara en su tajante Novelistas buenos y malos, condenando las otras a las tinieblas exteriores.
Yo me apunto al consejo del venerable padre, pero concretaré un poco más, y resaltaré una novela, Cádiz (1874), octava entrega de la primera serie. Estoy convencido, además, de que quien la lea correrá a leer las otras nueve. No la escojo, ojo, llevado por el amor al terruño, por mucho que yo escriba estas líneas desde Cádiz, precisamente, sino porque se trata del nudo de la serie, que puede leerse como una historia independiente casi sin problemas y donde la deliciosa historia de amor alcanza su romántico apogeo y la historia de España, con la Constitución de Cádiz (tampoco es chauvinismo) entra de lleno en la época contemporánea (de la que tal vez estemos saliendo ahora precipitadamente).
Además, en esta novelita, como quien no quiere la cosa, Galdós desata un nudo gordo, si no gordiano, que atenaza a los españoles. Siempre se ha destacado, véase Ricardo Gullón en 1957, “el parentesco espiritual entrañable” de don Benito con Miguel de Cervantes; aunque a ratos se le atisba cierta rivalidad girardiana o una ansiedad de las influencias a lo Harold Bloom. Pero en Cádiz se enfrenta con el problema del quijotismo, que parecía haber convertido en ridícula (aunque íntima) la aspiración a la caballería. Admiren cómo Gabriel de Araceli le quita al mito adherencias folclóricas y resabios arcaizantes, y salva su prístino espíritu de nobleza para la España más moderna, para siempre.

Historia muy viva

Últimamente, siempre que se trata de la Historia de España, se habla sólo de la Guerra Civil. Las novelas de Benito Pérez Galdós sorprenderán a muchos que ignoran que España existía antes del 18 de julio del 36.  ¿Y no sería mejor acudir directamente a los tratados de Historia? Sería bueno, pero no mejor. Galdós cuenta la Historia a través de historias, dejando claro que las vidas cotidianas se hacen sobre la trama de la realidad social, influidas por ella y, sobre todo, influyéndola. La tentación de inhibirnos de la política, entonando el “ándeme yo caliente/ y ríase la gente”, queda conjurada por los Episodios, donde percibimos que todos, con nuestros diversos problemas y opiniones, compartimos una suerte.
Cuando Juan Carlos I era príncipe le aconsejaron que, para reinar sobre los españoles, lo esencial era leer los Episodios Nacionales. Ni usted ni yo seremos jefes de Estado (por la gracia de Dios), pero Galdós nos ayudará a ejercer la responsabilidad (“la soberanía nacional reside en el pueblo español”) que la Constitución ha puesto en nuestras manos.
Puedes encontrar este artículo en el número 56 de la revista Misión
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