El 23 de septiembre, la Iglesia celebra la memoria de san Pío de Pietrelcina, un santo de nuestra era que ha intervenido en las vidas de personas  como José María Zavala y Paloma Fernández: Convivían sin estar casados, tenían dos hijos en común y llevaban muchos años alejados de Dios. En esta situación, y a raíz de la conversión de él, decidieron dar un vuelco a sus vidas. Deseaban casarse, pero José María llevaba nueve años con un proceso de nulidad abierto. Descubrir a este santo les sostuvo durante la espera. Rescatamos este artículo del número 34 de Misión.

Por Isis Barajas  Fotografía: Abraham Domínguez

 

No es sencillo explicar la rocambolesca, pero sobre todo providencial, historia de José María Zavala y Paloma Fernández. Es uno de esos renglones torcidos que solo Dios puede enderezar un día. Se conocieron en una cena con amigos en casa de él y enseguida se enamoraron. A los tres meses, ella se quedó embarazada y, tras este primer hijo, el segundo no se hizo esperar mucho.
Ambos procedían de matrimonios previos, pero tenían la certeza de que eran nulos, es decir, que en realidad nunca habían existido. Así que, cada uno por su lado, iniciaron su proceso de nulidad y, aunque el de ella se resolvió rápidamente de forma favorable, el de él permaneció parado durante nueve años. A lo largo de ese tiempo, sus vidas transcurrían con normalidad. Habían recibido una educación cristiana, pero no tenían una fe activa, vivían con sus dos hijos, tenían trabajo; aparentemente todo iba bien y nada les faltaba.
Pero algo pasó un día que cambió radicalmente sus vidas. “Yo tenía muy buena formación cristiana, mis padres eran supernumerarios del Opus Dei, pero, por cosas de la vida, yo fui en dirección contraria –nos explica José María–. Estuve al borde, si no en el mismo abismo, pese a tenerlo todo a nivel material: un buen trabajo, una buena casa, un buen coche…, no tenía problemas. Pero el 5 de agosto de 2009, sin quererlo ni buscarlo, el Señor me hizo ver que, si seguía como estaba, iría derecho al infierno, y empecé a llorar como un recién nacido”. “Sufría por primera vez en mi vida por haber agraviado al Señor con mis innumerables pecados. Era como si me hubiesen desgarrado el alma con amor, pero también con un terrible dolor”.
Tras esta tumbativa conversión, José María habló con Paloma: “Tenemos que confesarnos”. Y así, al día siguiente, sin esperar un minuto más, acudieron a una iglesia para recibir el sacramento del perdón por primera vez después de quince años sin pisar un confesionario.
A partir de este momento, José María y Paloma decidieron dar un giro a sus vidas y, entre otras cosas, empezaron a vivir como hermanos, bajo el mismo techo para seguir cuidando de sus hijos, pero durmiendo en habitaciones separadas, sin mantener relaciones sexuales y, como explica él, “luchando por hacer la voluntad de Dios”. “Fue un tiempo duro, pero, a la vez, lleno de gracias”.
La primera de ellas fue que el sacerdote que los confesó conocía al decano del Tribunal de la Rota, por lo que decidió llamarle para preguntarle por qué el proceso de nulidad de José María llevaba tantos años guardado en un cajón y averiguar cómo se podía reactivar. “En ese momento, me di cuenta de que no iba a obtener la nulidad si no apostaba al cien por cien por el Señor y daba un giro de 180º a mi vida”.
“Mientras estábamos esperando la resolución del proceso de José María, era importante vivir sin tener relaciones, porque eso era decirle a Dios que queríamos estar con Él, que le poníamos a Él por delante”, añade Paloma.

Decidieron empezar a vivir como hermanos, bajo el mismo techo, para seguir cuidando de sus hijos, pero en habitaciones separadas

De esta manera, sin saber cuánto duraría el proceso o si realmente este se resolvería de forma favorable, decidieron poner a Dios en el centro de sus vidas, aunque esto supusiera una fuerte renuncia personal. Comenzaron a rezar todos los días el Rosario con sus hijos –práctica que continúan haciendo hoy en día–; descubrieron la figura del Padre Pío y empezaron a rezar su novena diariamente; se reunían con frecuencia con un sacerdote que les ayudó durante todo este tiempo; acudían a confesarse con asiduidad, y, tras muchos años alejados de la Eucaristía, volvieron a comulgar. “Cuando estábamos viviendo al margen de Dios, en pecado mortal, ni se nos ocurría ir a comulgar.
Dentro de nuestro pecado y estando apartados de Dios, tuvimos la gracia de poder discernir que no podíamos comulgar porque no queríamos cometer un sacrilegio de forma consciente”, explica él.
Pero tras su conversión (y la de Paloma, puesto que la una fue seguida de la otra) y su cambio radical de vida, pudieron, de nuevo, acercarse a este sacramento. “Después de tantos años, cuando ya pudimos recibir la Eucaristía, fue como si volviéramos a hacer la Primera Comunión. Nos cambió todo. Esto nos sirvió para valorar más la Eucaristía”.

Nueve meses más bastaron

Y el día del fallo del tribunal llegó. Después de que el proceso de nulidad hubiera estado parado durante nueve años, de forma inexplicable se concedió la nulidad solo nueve meses después de la reactivación del proceso, justo tras la conversión de José María.
“Cuando le abres el corazón a Dios, porque buscas algo que es bueno, el Señor te lo concede; cuando te abandonas a la providencia, empiezan a suceder cosas maravillosas”, explica él. En poco más de un mes tras la resolución de la nulidad, José María y Paloma pudieron casarse sacramentalmente y formar un auténtico matrimonio. “Nosotros concedemos un valor enorme al matrimonio porque hemos tenido que luchar para conseguirlo, es el don más preciado, un tesoro”, explica él.
A pesar de los errores del pasado, ambos están convencidos de que todo en su vida ha ocurrido por una razón. “Cuando abres el corazón a Dios, te das cuenta de que todos los sufrimientos pasados cobran un sentido: la muerte de tus padres, las enfermedades,… mil cosas.
Todo esto tenía que pasar para llegar a purificar mi alma, incluso los nueve años de proceso de nulidad, que han sido un calvario, me han servido para valorar el matrimonio”. “Lo nuestro ha sido, es y será un juego de amor en el que Dios estará siempre presente”.

Mitos sobre la nulidad

“La Iglesia es madre, no madrastra, por eso pone a tu disposición los tribunales eclesiásticos, si estás convencido de que tu matrimonio no ha existido”, explica el escritor y periodista José María Zavala. “Hay que erradicar el tópico de que las nulidades son solo para ricos y famosos, porque no es cierto: yo tuve el patrocinio gratuito, por lo que solo tuve que pagar las tasas del tribunal que son unos 50 euros, nada más”. “Es cierto que hay que acelerar los procesos, pero la nulidad es un tema muy delicado, porque estamos hablando de la existencia, o no, de un vínculo, y eso no se puede resolver de cualquier manera”, concluye

La piedra de toque

No animan, ni mucho menos, a que todos los matrimonios en dificultades inicien un proceso de nulidad, pero sí a aquellos que sospechen realmente que su matrimonio nunca existió. Con su libro Un juego de amor (LibrosLibres, 2014), en el que cuentan su historia al detalle, desean, sobre todo, enviar un mensaje de esperanza a todos aquellos matrimonios que atraviesan graves crisis para que se apoyen en Dios y valoren el preciado don que reciben con el sacramento. “El dolor es la piedra de toque del amor. El Amor, con mayúscula, requiere sacrificio y entrega, querer a Dios y, por amor de Dios, querer a los que tienes al lado. Si confías en Dios, al final Él obrará en tu vida. El Señor está ahí para ayudarnos”.

 

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