Católicos a prueba de nubarrones: cómo vivir en un mundo que ha dejado de ser cristiano

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Católicos a prueba de nubarrones

Un alud de cambios sociales está creando un nuevo escenario en el que la fe católica y la visión del mundo que ha nacido con el Evangelio parecen abocadas a ser insignificantes. Esta situación afecta de lleno a España y, según los expertos, genera entre los católicos desconcierto ante el futuro y temor a la hora de actuar en su entorno. Las dudas se amontonan: ¿Tenemos que resignarnos a ser perseguidos? ¿Cómo educar a los hijos sin ponerlos en riesgo? ¿Pueden cambiar las cosas?

Por José Antonio Méndez

La televisión del bar pasa casi desapercibida mientras da una noticia con los últimos datos del aborto, después de otra sobre el adoctrinamiento de género en las aulas. Junto a la pantalla, la puerta entreabierta de los aseos deja ver una máquina expendedora de preservativos. Del murmullo de un grupo de amigos, una voz se levanta hacia uno de los matrimonios que comparte aperitivo con los demás: “Oye, vosotros que sois católicos: ¿cómo podéis estar contra la eutanasia en casos como el de la exmujer de mi cuñado, que lleva tres años en fase terminal? ¿O me vais a decir que si hay Dios quiere que sufra tanto una mujer tan joven?”.
Si algo de esta escena inventada te ha sonado familiar, no te extrañes: en los últimos años, la rápida transformación de la sociedad ha dibujado un nuevo escenario global que afecta de lleno a España, y que parece poner a los católicos ante una doble dificultad: se ven arrinconados en sus entornos inmediatos (el trabajo, el colegio, los amigos…), a la vez que la política y la cultura de masas parecen cada vez más alejadas de la visión del mundo y de la persona que nace del Evangelio.
Oración, acción y formación
“Ese escenario es real y, ante esas circunstancias, la respuesta de los católicos no es uniforme: algunos reaccionan reafirmándose en su fe y en su compromiso, otros se retraen porque tienen demasiados líos en su vida (y porque la fe no es una realidad fuerte para ellos), y otros muchos dudan y no acaban de asumir una postura clara. Y no es de extrañar, porque la situación es confusa”, explica para Misión Yago de la Cierva, experto en comunicación corporativa y eclesial, y coautor del exitoso libro Cómo defender la fe sin levantar la voz (Palabra, 2016) junto a los periodistas Jack Valero y Austen Ivereigh.
La pregunta surge de inmediato: en este contexto, ¿qué puede hacer un católico, si es que puede hacer algo? “Ante situaciones difíciles no se pueden negar los hechos ni pensar que nada podemos hacer, porque siempre podemos hacer mucho”, afirma De la Cierva. E indica que un camino que se construye sobre tres ejes: la oración, la acción y la formación. O lo que es lo mismo, de lo cercano a la transformación social: “La respuesta de los católicos ha de basarse, primero, en una fe que da esperanza y mueve montañas. La fe no puede ser solo unas prácticas ascéticas o de piedad, sino un modo de vivir que responde a la realidad de que Jesús existe y nos ha redimido”. Y cuando la vivencia de la fe se convierte en una relación personal con Cristo a través de la oración diaria y la vida de sacramentos, “se manifiesta en cómo trabajamos, cómo pagamos impuestos, cómo cuidamos la naturaleza…”.

 

Cuatro pautas básicas

En Cómo defender la fe sin levantar la voz, los autores dan 10 claves muy efectivas para debatir temas polémicos, defendiendo la postura de la Iglesia. Resumimos cuatro:

1. Reformula. Quien critica a la Iglesia suele defender inconscientemente valores cristianos. Por ejemplo, con la eutanasia se apela a la compasión y a la libertad individual. En vez de pensar en los argumentos a los que te vas a enfrentar, busca los valores a los que apelan y a la ética cristiana (a veces escondida) detrás de su propuesta… y amplía el foco, con los valores cristianos que el otro ignora. Por ejemplo, en la eutanasia: que la dignidad de la persona exige garantizar que el dolor sea paliado; que el Estado debe cuidar la vida de los individuos, no quitársela; que quien esté solo debe ser acompañado y que un enfermo quiere ser libre, sí, pero de dolores.

2. Ojo a los sentimientos. Las personas no recuerdan qué dijiste, sino qué sintió al escucharte. Tras los temas polémicos suele haber heridas personales. Ser compasivo rompe los prejuicios.

3. Cuenta historias. La gente prefiere escuchar historias, no clases magistrales. Mejor que hablar en abstracto, pon casos concretos.

4. Mostrar, no convencer. Se trata de dar testimonio, no de vencer a nadie. No pretendas convertir por la fuerza de tus argumentos (si ocurre, ¡genial!), sino ayudar a entender qué defiende la Iglesia.

 

Ser lo que representas
Y cómo evangelizamos: “El enemigo de la conversión es el deseo de derrotar al adversario. Rivalidades, vencedores y vencidos, nosotros y ellos, son categorías mundanas. Jesús nos enseña un camino distinto. El Evangelio muestra que, a pesar de que le acosaban y atacaban, Jesús nunca respondió con violencia ni reaccionó con victimismo, sino que permaneció firme en el amor. Sé lo que representas, recuerda a quién representas”, señala el libro Cómo defender la fe sin levantar la voz.
De este modo, la oración da paso a la acción: “La principal resistencia –explica De la Cierva– está en la vida personal, en la vida de la propia familia y en la vida de las comunidades pequeñas: hemos de implicarnos en la asociación de padres del colegio, el club cultural o deportivo, o la comunidad de vecinos. Si somos fermento donde estamos, ¡claro que hay esperanza!”. Y añade: “El enemigo no son tanto los ataques externos como la frecuente inconsistencia o incoherencia de nuestra fe. El gran adversario de la fe es el católico desnatado”.
Compromiso juntos
De resistencia comprometida sabe mucho Javier Lucia, de FamiLiaE, una asociación que nació en 2019 para frenar el adoctrinamiento de género en los colegios públicos de Navarra. Como explica Lucia para Misión, en los próximos años el protagonismo social va a corresponder a las familias católicas: “No me cabe duda de que la respuesta es ser santos, viviendo estos tiempos martiriales en el mundo, sin ser del mundo. Tenemos la responsabilidad, como bautizados, de dar la cara en la sociedad. Ya han pasado los tiempos en que el mundo era de los curas. Hoy los seminarios están vacíos y los sacerdotes se multiplican para atender a fieles cada vez más dispersos. Ha llegado nuestra hora, la de los laicos, la hora de las familias, para sembrar la Palabra de Dios en nuestro entorno”.
Y Lucia –que intervendrá en el encuentro Ven y Verás que se celebra en Boadilla este 7 de marzo– da pautas concretas: “Lo primero es la naturalidad de quien vive feliz en su familia. No hay mayor testimonio que el ejemplo: ser amables y disponibles, no criticar, tener paciencia, sonreír… Parecen remedios de iluso, pero poco a poco tu entorno te mirará distinto, y llegará un día en que hables de tus convicciones, y ese día lo debes hacer de forma firme, pero ya te habrás ganado la autoridad moral ante tu entorno”.
El segundo paso es “implicarse personalmente, creando o recuperando asociaciones, espacios culturales, grupos de música, etc. que sean una lluvia fina en la sociedad”. Y aunque todo ello es necesario, por sí solo no basta: “En una sociedad que nos ha dejado disgregados, tenemos que hacer frente común. Es importantísimo crear lazos entre nosotros. Como colectivo, tenemos que estar en todas las batallas. Pero individualmente es imposible ser activo y efectivo en todos los frentes. Hay que seleccionar, mirar a nuestro alrededor y detectar dónde echar una mano”.
Sin olvidar, apunta De la Cierva, que “nuestras batallas se ganan cuando no son batallas, con bandos, etc., sino cuando se hace pensar a la gente, porque el mensaje de Cristo está bien enraizado en los corazones”.
Y concluye Lucia: “Tenemos la obligación de dar un paso al frente y defender con orgullo y sin miedo nuestra fe. Si pasamos el temporal en el hogar familiar sin dar un paso atrás, el sol volverá a salir (no importa cuándo). Eso no significa apartarnos de la sociedad, sino vivir en el mundo sin dejarnos amedrentar, mostrando nuestra fe y nuestra visión de la vida, y transmitiéndola a nuestros hijos. Nos va a tocar educarles con valor, llevar la alegría a sus corazones, desarrollar en ellos un espíritu crítico de lo que ven y oyen fuera de casa… Y con la gracia de Dios, ellos serán los que hagan desaparecer las nubes para que salga de nuevo el sol”.

Católicos a prueba de nubarrones

Cómo frenar un entorno agresivo

El trabajo, los vecinos, el colegio… Cualquier escenario cotidiano puede haberse convertido en un entorno en el que cada vez sentimos que todos son más hostiles hacia nosotros a causa de nuestros principios. Pero, aunque tal vez sea cierto, la realidad puede ser diferente. Como explica a Misión el psicólogo Bernardo Stamateas, autor de la saga de best sellers Gente tóxica (Ediciones B), lo que suele ocurrir es que en todo grupo hay personas que comparten nuestros valores, un pequeño grupo contrario, y una mayoría que prefiere no significarse. Stamateas da pistas para reconocer y neutralizar la influencia de las personas hostiles en aquellos entornos de los que no podemos desaparecer.

1. Si pocas personas crean mal ambiente por ir contra mis valores, ¿puedo revertir esa espiral? En los grupos a veces se establece una lucha de poder que nace de la comparación y la envidia: “No te soporto por tu éxito [tu coherencia, tu felicidad, tu estatus en el grupo…] y necesito destruirlo”. Entonces usan la descalificación. En todo grupo hay tres tipos de personas: los que quieren al líder [o a ti, por los valores que representas], quienes lo detestan y los neutros. La clave está en construir empatía con los neutros, y convencerlos de que quien no persigue el objetivo común [buscar el bien de los niños de la clase, cuidar una amistad, sacar adelante el trabajo con buen ambiente…] no está aportando ningún bien al resto.

2. ¿Y entonces cómo puedo contra­rrestarlo? La gente trata a otros como fue tratada. Quien te agrede te hace saber que fue agredido. Debes enseñar al otro “cómo quiero que me traten” y emplear dos palabras poderosas: “sí” y “no”, es decir, establecer límites que mejoran la relación.

3. ¿Hay pautas concretas? Preguntar más, afirmar menos y abandonar el pensamiento adivinatorio (interpretar comentarios o actitudes del otro). Podemos preguntar: “¿Qué me quieres decir?” o “¿Lo que me estás queriendo decir es…?”. También generar empatía: ponernos “en la piel del otro” para entender por qué ve la vida así, y buscar puntos de conexión. Y a partir de ahí, establecer los límites.

Puedes encontrar este artículo en el número 55 de la revista Misión

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