Cenizas

Ha causado gran recochineo en los medios de adoctrinamiento de masas (ya se sabe que el recochineo es la expresión cínica del escándalo) una instrucción de la Congregación para la Doctrina de la Fe, en la que se recuerda la preferencia de la Iglesia por la sepultura de los cuerpos (frente a su cremación) y se prohíbe la dispersión de sus cenizas o su conservación en el hogar.

Por Juan Manuel de Prada

Ilustración: María Olguín Mesina

Las burlas con que ha sido recibida esta instrucción nos recuerdan las muestras de incomprensión que san Pablo cosechó en el Areópago de Atenas. Y es que la fe cristiana en la resurrección de la carne se topó desde el principio con el rechazo del mundo, que siempre se ha reconocido en una filosofía de tipo espiritualista que considera el cuerpo una suerte de cárcel de la que el alma queda liberada con la muerte.

Lo mismo que sucedía en tiempos de san Pablo sigue ocurriendo hoy: nuestra época está dispuesta a admitir displicentemente cierta forma vaga de supervivencia espiritual más allá de la muerte, pero se pone como la niña del exorcista cuando le mencionan la resurrección de la carne. Y esta fe en la resurrección de la carne es la razón primera y última por la que la Iglesia recomienda la sepultura de los cadáveres y prohíbe la dispersión de las cenizas.

Por supuesto, para la omnipotencia de Dios nada hay imposible; y por mucho que las cenizas de un cuerpo hayan sido dispersadas por todos los confines del atlas, igualmente podrá resucitarlo llegado el momento. Pero la esperanza en la resurrección de la carne se apoya en el pedestal que la imaginación le presta; y cuando no podemos hacernos una idea concreta de lo que esperamos, tendemos a expulsarlo de nuestra mente. La ceniza se la lleva el viento; y, al llevársela, se lleva también nuestra esperanza en la resurrección de la carne. Por eso, la impiedad contemporánea prefiere la cremación sobre la sepultura de los cadáveres; por eso, aplaude la dispersión de las cenizas funerarias, o su conversión en ridículos amuletos domésticos.

Nuestro cuerpo no es la cárcel del alma, sino que está llamado a ser su antorcha resplandeciente. Por supuesto, el pobre cuerpo sujeto a achaques y quebrantos que nos acompaña en este valle de lágrimas no es el cuerpo glorioso e incorruptible que nos ha sido prometido; pero es la semilla que lo prefigura, la lenta oruga que anticipa el vuelo grácil de la mariposa.

Resulta, en verdad, portentoso que una mariposa pueda surgir de una oruga; pero que pueda surgir de la ceniza dispersa resulta demasiado inverosímil. Del mismo modo, la cremación y la dispersión de las cenizas tienden a hacer inverosímil la gloria posterior de la carne, tal vez el dogma que en nuestro mundo materialista se predica con mayor rubor y timidez. Pero la gloria de la carne es la mayor esperanza que se puede concebir y solo cabe en una religión cuyo Dios se dejó matar para que también la muerte se salvara; una religión para la que la carne tiene la misma dignidad que el alma, porque también sufre el dolor; una religión, en fin, encarnada, que siempre fue piedra de escándalo para el mundo.

Y, llegado a su fase terminal, el mundo trata a esta religión con cínico recochineo. Pero, como dice el refrán, “ande yo caliente y ríase la gente”; ande yo con mi cuerpo glorioso, con sus formas recobradas y sus venas vibradoras, y quédense los incrédulos con su urna cineraria sobre el aparador.