Christopher West: «El ataque actual al matrimonio y a la sexualidad es por envidia diabólica de nuestro cuerpo»

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Christopher West. Experto en teología del cuerpo y presidente de Theology of the Body Institute.

Christopher West es uno de los grandes divulgadores de la teología del cuerpo de san Juan Pablo II. Su gran virtud es que con un lenguaje fácil, lleno de analogías, hace accesibles las enseñanzas del Papa polaco. En 1993, West leyó sus catequesis sobre el plan divino para el amor humano y encontró “una cura contra el cáncer” de la sociedad. De inmediato, supo que quería dedicar su vida a divulgarla. “Quiero que las personas sepan que no están locas por aspirar a más de lo que el mundo les ofrece”, aseguró a Misión durante su última visita a España, para impartir el seminario “El Éxtasis de la Belleza” en la Universidad Francisco de Vitoria.

Por Isabel Molina Estrada
Fotografía: Dani García
Sus cursos llenan auditorios por todo el mundo. ¿Por qué cree que tantas personas quieren escucharlo?
La mayoría de nosotros piensa que el cristianismo es como una dieta en la que se pasa hambre: que debemos reprimir nuestros deseos y seguir unas reglas. Pero el mensaje que yo comparto es lo que aprendí de san Juan Pablo II: la invitación de personas hambrientas a un banquete que puede satisfacer los deseos más hondos de su corazón. La cultura secular es consciente de que tenemos hambre, entonces nos ofrece comida rápida, que sabe bien cuando la tomas, pero que te intoxica cuando se convierte en tu dieta permanente. Mi experiencia me ha mostrado que te puedes morir de inanición (por reprimir tus deseos) o de intoxicación (por exceso de comida rápida), pero en las enseñanzas de Juan Pablo II descubrí un mensaje curativo. Creo que por eso la gente quiere escucharme.
Usted asegura que tenemos que rehabilitar la palabra eros en nuestro lenguaje. ¿A qué se refiere?
Juan Pablo II fue el primero en decirme que el anhelo de plenitud y felicidad que yo había experimentado toda mi vida en lo más hondo de mi ser tenía un nombre, y para mi sorpresa lo llamó eros. Yo creía que el eros era lo erótico, y que lo erótico era sinónimo de pornográfico. Confundía la palabra griega eros con la palabra griega porneia: la perversión de lo erótico.
La “Teología» de nuestro cuerpo
¿Qué es realmente la teología del cuerpo? Christopher West explica en su blog que san Juan Pablo II habla del cuerpo como una “teología”, es decir, como un estudio de Dios, porque Dios dio al cuerpo el “signo” de su propio misterio divino. Como los hombres no podemos ver a Dios pues como Espíritu puro Él es invisible, en Cristo, ‘Dios ha revelado su secreto más íntimo: Dios mismo es un intercambio eterno de amor, Padre, Hijo y Espíritu Santo, y nos ha destinado a compartir ese intercambio’. De alguna manera, el cuerpo humano hace visible este eterno misterio del amor, específicamente a través de la belleza de la diferencia sexual: “la unión del hombre y la mujer presagia nuestro destino eterno de unión con Cristo”. Más información (disponible en inglés) en www.tobinstitute.org
¿Qué es entonces el eros?
Juan Pablo II lo define como el impulso ascendente del espíritu humano hacia todo lo verdadero, bueno y bello. Cuando vemos un atardecer o una noche estrellada y sentimos que nuestro corazón se estremece, eso es el eros. Todo ser humano está buscando lo verdadero, lo bueno y lo bello. La buena noticia del Evangelio es que Dios nos dio el eros como combustible de un cohete que puede lanzarnos a las estrellas. El problema es que con el pecado original nuestros cohetes ya no apuntan al infinito. Por eso vamos por el mundo buscando amor, plenitud y felicidad, y nos sale el tiro por la culata. Juan Pablo II me mostró que Cristo vino al mundo para redirigir nuestro cohete al infinito. Es lo que san Pablo llama la redención de la carne. El verdadero destino de nuestra pasión es un amor infinito y una plenitud que no acaba.
Usted explica que ser cristiano es disfrutar correctamente de los placeres del mundo. ¿Eso cómo se logra?
La definición teológica de adicción es aquello que ocurre cuando dirigimos nuestros deseos de plenitud infinita hacia los placeres finitos. Los placeres finitos no pueden satisfacernos, así que buscamos más y más…  La vida cristiana no es reprimir las pasiones ni los deseos de completitud, sino dirigirlos hacia lo infinito. Cuanto más dirijamos nuestros deseos hacia lo eterno, cualquier cosa bella en la creación (una cerveza, la buena música, hacer el amor con nuestro cónyuge…) se convierte en un icono de la felicidad eterna que nos espera. Los místicos, y todos estamos llamados a ser místicos de lo ordinario, se regocijan en el éxtasis de este mundo como símbolo del éxtasis eterno. Eso es la libertad.
Christopher-West
¿Cree que los ángeles tienen algo que “envidiarle” a nuestro cuerpo?
Hay dos tipos de ángeles: los ángeles caídos y los ángeles santos. A los ángeles santos el cuerpo les genera asombro; a los caídos les produce envidia. Con frecuencia, el cristianismo es acusado de demonizar el cuerpo, pero solo los demonios demonizan el cuerpo. El ataque contra el matrimonio y la sexualidad tan extendido en nuestro mundo es por la envidia diabólica a nuestro cuerpo, que se manifiesta. Somos imagen de Dios con nuestro cuerpo, y podemos participar del poder creador de Dios a través de nuestra sexualidad. Los ángeles no pueden hacer esto. Satanás odia nuestro cuerpo y quiere que nosotros también lo odiemos. Cristo ama el cuerpo: tomó cuerpo, y murió y resucitó en su cuerpo. En esto consiste la teología del cuerpo en su pleno éxtasis.
En España, hay más de 100.000 divorcios al año. ¿A qué atribuye tanta insatisfacción en los matrimonios?
Para explicarlo con una imagen bíblica, es porque se nos ha acabado el vino. Jesús hizo su primer milagro en las bodas de Caná precisamente porque el hombre y la mujer no saben amarse el uno al otro tal y como han sido llamados a amar. El vino en la escritura simboliza el amor divino, y “quedarse sin vino”  es símbolo del pecado original. El propósito de la relación entre el hombre y la mujer es compartir ese vino, ese amor de Dios. Si los matrimonios se divorcian es porque no están bebiendo de ese vino. Necesitamos un milagro, pero el milagro ya ha ocurrido. En Caná, Cristo restaura el vino, restaura la relación entre el hombre y la mujer a la superabundancia. Necesitamos aprender a abrirnos al amor divino y dejar que nos transforme para aprender a amar, es decir, a sacrificarnos el uno por el otro. Todo el mundo quiere disfrutar del éxtasis de la Pascua, pero pocos quieren abrazar la pena del Calvario. Tenemos que morir con Cristo para llegar a vivir con Él.
¿En qué cambiaría el mundo si entendiéramos la teología del cuerpo?
Sería como el Cielo en la tierra: los matrimonios perdurarían, los niños crecerían en hogares estables… Es muy difícil encontrar problemas en la sociedad que no tengan como base la ruptura de la relación entre el hombre y la mujer. Por eso, si la sociedad tiene cáncer, tenemos que tratarlo a nivel celular. La célula fundamental es la familia, y su núcleo es la unión del hombre y mujer.
La búsqueda de un placer estéril
¿Qué nexo existe entre la cultura de la anticoncepción y la profunda confusión que vivimos actualmente?
Como cultura, necesitamos desesperadamente recuperar lo que debería ser una verdad obvia: el sexo genera vida. Cuando no respetamos que los genitales están destinados a generar vida, comenzamos a degenerar. En una entrevista de 1984, el futuro Papa Benedicto XVI predijo que en nuestros días pagaríamos “las consecuencias de una sexualidad que ya no está vinculada a la procreación”. Observó que en una cultura así las personas se vuelven “libres de dar a su libido el contenido que consideren más adecuado para sí mismo. Por lo tanto, todas las formas de gratificación sexual se transforman en ‘derechos’ del individuo”. ¿Quién puede negar que este es el mundo en el que vivimos? A lo largo de la historia, se había entendido que la fertilidad era la luz que iluminaba la relación sexual, y que hacer estéril una relación sexual arrojaría una sombra sobre la civilización. La ley civil solía defender y proteger el matrimonio, el sexo y los hijos como una unidad, y en ese orden. Cuando comenzamos a desatar el estrecho nudo matrimonio-sexo-bebés, terminamos redefiniendo los tres. Los bebés se convierten en “grupos de células”. El sexo se convierte en un intercambio de placer no comprometido entre parejas que consienten (el género es irrelevante y maleable). Y el matrimonio se convierte en un “sello de aprobación” social y gubernamental exigido dentro del método preferido de intercambio de placer sexual. Por esto, abrazar la anticoncepción entre otras muchas cosas ha normalizado la conducta homosexual. La esterilización de la relación sexual anula el significado natural y esencial de la diferencia sexual. Cuando reconocemos esto, descubrimos la dura verdad de que los mismos cristianos comenzamos a “homosexualizar” el matrimonio cuando empezamos a abrazar la anticoncepción. Es imposible elevar lo que dos hombres o dos mujeres podrían hacer con sus genitales al nivel de lo que Dios invita a un hombre y una mujer a hacer con sus genitales en el matrimonio: engendrar la siguiente generación. Pero es posible reducir lo que los hombres y las mujeres hacen con sus genitales en el matrimonio a lo que las parejas del mismo sexo hacen con los suyos: participar en la búsqueda del placer estéril. La anticoncepción ha reducido el matrimonio a lo mismo que se buscaba en las uniones del mismo sexo: un placer estéril.
¿Pueden los esposos disfrutar del placer sexual de su unión sin tener que estar siempre abiertos a la vida?
La unión conyugal es un signo sacramental que comunica el misterio eterno del amor vivificante de Dios. La unión que no está abierta a la vida es una señal que falsifica el misterio divino y ataca directamente a nuestra creación a imagen y semejanza de Dios. El efecto dominó del primero es una cultura de la vida y una civilización del amor; el efecto dominó del segundo es una cultura de la muerte y una anticivilización de la lujuria. Por supuesto las parejas casadas se regocijan con la alegría y la bondad de su unión sexual. ¡Dios creó el placer sexual! Pero lo creó para vislumbrar la alegría de amar como Él ama. El amor de Dios es generoso: genera. Y es por eso que Dios nos dio genitales: para que pudiéramos participar en su amor generoso y generador. Hacer estéril el acto sexual hace del placer sexual en la meta del acto, en lugar de un fruto de amor divino. Así, nos convertimos en utilitarios en nuestras actitudes y conductas sexuales, y tratamos a otras personas como objetos de placer y no como personas hechas a imagen y semejanza de Dios. Eso no significa que las parejas estén obligadas a tener tantos hijos como sea físicamente posible. Las parejas que usan los métodos de reconocimiento de la fertilidad, cuando tienen una razón justa para evitar el embarazo, nunca vuelven sus actos sexuales estériles. No están usando anticonceptivos. Rastrean su fertilidad, se abstienen cuando son fértiles y, si lo desean, se abrazan cuando son naturalmente infértiles. Quienes no estén familiarizados con los métodos modernos de reconocimiento de la fertilidad deben tener en cuenta que tienen una efectividad del 98 al 99 por ciento para evitar el embarazo cuando se usan correctamente. Y cualquier mujer, independientemente de la regularidad de sus ciclos, puede usarlos con éxito.
¿Qué diferencia existe entre volver estéril una unión conyugal y esperar hasta que sea naturalmente estéril si el resultado final es el mismo: ambas parejas evitan a los hijos?
Cuando me hacen esta pregunta respondo: ¿Cuál es la diferencia entre matar a la abuela o simplemente esperar hasta que ella muera naturalmente? El resultado final es el mismo: abuela muerta. Sí, pero un caso implica un pecado grave llamado asesinato, mientras que, en el otro caso, la abuela muere, pero no hay pecado en absoluto. Piénselo: quienes entienden la diferencia entre la eutanasia y la muerte natural pueden entender la diferencia entre la anticoncepción y la planificación familiar natural.
En el curso que impartió el pasado mes de junio en la UFV concluyó con una invitación a la oración, la Eucaristía y la confesión, y mostrando a la Santísima Virgen (el Totus Tous de san Juan Pablo II) como camino. ¿Por qué acudir a Ella para lidiar con nuestros anhelos insatisfechos?
El ciclo del mal se rompió y se detuvo en María, porque Ella fue la primera en recibir la plenitud de la redención en Cristo. Fue la primera en resistirse a la seducción de la “moneda falsa” y abrir su anhelo de infinitas riquezas a la “moneda genuina”: Jesucristo. Si queremos detener el mal de nuestra cultura pornográfica de la muerte, no debemos condenar el cuerpo y el sexo, ni buscar apagar el fuego del eros que está en el centro de nuestra humanidad. Debemos redescubrir el significado del cuerpo y del sexo como signo del “gran misterio” del amor de Cristo por la Iglesia, redirigiendo el eros hacia su verdadero objeto. Así es como se detiene el mal: “Debemos llegar a desear a Dios”, dice el Papa Benedicto XVI. En otras palabras, aprender a orar. Porque la oración es desear a Dios. Como la primera de las discípulas del Señor, María es nuestro principal testigo y modelo de oración. Ella es  “el recipiente abierto del anhelo, en el que la vida se convierte en oración y la oración se convierte en vida”, dice el Papa Benedicto. María nos muestra que, al abrir nuestro anhelo a Dios, el eros se convierte en una fuerza para nuestra salvación, en lugar de para nuestra destrucción, y en el medio por el cual Cristo entra al mundo y prende su fuego.
¿Qué mensaje le gustaría dejar a quienes están descubriendo su trabajo por primera vez en España?
Quiero que sepan que no están locos por aspirar a más de lo que el mundo les ofrece. Existe un gran banquete para el hambre más honda del corazón humano. A san Juan Pablo II se le llamó el testigo de la esperanza, y eso es lo que quisiera ser yo también: un testigo de la esperanza.
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