El código paterno: “Papá no renuncies a mí”

La cultura actual exalta hasta tal punto la sensibilidad femenina que se juzga a un “buen padre” por su emotividad. Como resultado, millones de niños se quedan “huérfanos” de padre antes de nacer, o crecen frente a un progenitor que desconfía de su instinto masculino para educar y termina por “abdicar” su paternidad en la madre. El resultado: niños inseguros, agresivos y a los que les cuesta encontrar su lugar en el mundo.

Por Isabel Molina Estrada

Se hizo viral hace unos meses un anuncio en el que una madre se prepara para salir con sus amigas, dejando a su marido a cargo del bebé. “¿Seguro que estaréis bien?”, pregunta ella mil veces antes de marcharse. Tan pronto cruza la puerta, él, sirviéndose de rollos de plástico adhesivo, reinventa el modo de dar la papilla a su hija, reorganizar los juguetes y sujetarse el biberón en “manos libres” alrededor del brazo. Cuando la madre regresa, se la ve atónita al encontrar la casa ordenada y a un padre sereno que asegura: “Ha sido muy fácil”.

La divertida “caricatura” del estilo práctico del padre para enfrentar las situaciones cotidianas en la crianza de sus hijos no deja indiferentes a hombres ni a mujeres, pues en nuestro tiempo ese recelo natural que experimenta la madre al dejar a los hijos bajo el cuidado del padre se ha magnificado hasta el punto de que muchas mujeres optan por enfrentarse solas a la mater­nidad.

La experta en educación diferenciada María Calvo Charro asegura a Misión que el padre se ha convertido, “por intermediación materna, en el inoportuno, el no deseado, aquel que no tiene espacio entre madre e hijo”. El fenómeno es consecuencia de la ideología de género, que ha negado la importancia de la alteridad sexual y ha optado por desprestigiar al padre. Y en su intento ha encontrado el terreno allanado, pues hoy las mujeres lo tienen fácil para ser madres sin contar con el padre: muchas acuden a técnicas de reproducción asistida u ocultan al padre biológico el momento de su fecundidad pues, tal como explica Calvo, “consideran al niño como un bien propio y exclusivo”. 

Un padre ¿muy madre?

Aunque numerosos estudios han demostrado el papel insustituible del padre, cada vez más niños nacen fuera del matrimonio, lo que supone un escaso o inexistente contacto con su padre. Según datos del Instituto Nacional de Estadística (ine) la cifra alcanzó el 40,9 por ciento de los niños nacidos en 2013, en comparación con el 4,4 por ciento que suponía en 1981.

En el informe “La importancia de la figura paterna en la educación de los hijos: estabilidad familiar y desarrollo social” (ftw, abril de 2015), la profesora Calvo, explica que “existe una tendencia generalizada a pensar que los padres no son necesarios para el correcto crecimiento y desarrollo personal de los hijos”, o se les acepta y valora solo si hacen las veces de “segunda madre”. Esta exigencia proviene de la sociedad, y también “de las propias mujeres, que les recriminan no ser capaces de cuidar, atender o entender a los niños exactamente como ellas lo hacen”.

“El padre te hace capaz”

Sin embargo, datos del National Center for Fathering –citados en este informe– muestran que los niños que cuentan con un padre presente y activo en su vida académica, emocional y personal “tienen mayor coeficiente intelectual y mejor capacidad lingüística y cogni­ti­va, son más sociables, tienen mayor autocontrol, sufren menos dificultades de comportamiento en la adolescencia, sacan mejores notas, son más líderes, tienen una autoestima más elevada, no suelen tener problemas con drogas o alcohol, desarrollan más empatía y sentimientos de compasión y, cuando se casan, tienen matrimonios más estables”. Entonces, ¿qué hace al padre tan determinante en la vida de un hijo?

Osvaldo Poli, autor del libro Corazón de Padre: el modo masculino de educar (Palabra, 2013), da la clave en una frase sencilla: la madre protege al hijo, mientras que el padre lo hace capaz. Según el autor, esto ocurre porque la madre vive al hijo como parte de sí, hasta el punto de “sentir” con acierto sus deseos, y de saber protegerlo y tranquilizarlo con una misteriosa y espléndida naturalidad.

Sin embargo, Poli asegura que esta fortaleza femenina –ya que el padre no cuenta con estos “sensores tan profundos”– es, a la vez, la mayor limitación de la madre, quien suele sentir una inexplicable voluntad de sustituir al hijo en su fatiga y en su dolor. En cambio, el padre, por estar  “menos identificado” con el hijo desde el principio, puede impulsarlo a hacerse fuerte para afrontar sin miedo las adversidades de la vida. Y, a través de este empuje, lo capacita para vivir  “a pesar del dolor que inevitablemente experimentará”.

El estilo masculino de educar

María Calvo Charro explica a Misión que el estilo masculino de educar es “difícil de comprender, tanto para las madres como para los hijos, porque no está exento del dolor y de la exigencia, del sentido de la prueba, de la aceptación de la culpa y del reconocimiento de la propia responsabilidad”.

Sin embargo, la tendencia materna a adelantarse a las necesidades del hijo puede dar lugar a personalidades impulsivas, egoístas e insaciables.

“Por ello –advierte Calvo–, la intervención del padre compensando esa tendencia femenino-maternal es fundamental.

El padre tiene un papel decisivo en el desarrollo del autocontrol y la empatía del niño, dos elementos esenciales para la vida en sociedad, ya que la capacidad de controlar los impulsos es necesaria para que una persona pueda funcionar dentro de la ley”.

En su libro Padres destronados: la importancia de la paternidad (El Toro Mítico, 2014), Calvo explica que “un niño con tendencia a la tiranía comprende que no es él quien dicta la ley, sino otra instancia exterior, en este caso representada por el padre”.

Y concluye que esta labor del padre de fijar límites exige enormes dosis de afecto y amor, pues hay que amar mucho a un hijo para “limitarlo, frustrarlo y orientarlo, aun a costa de confrontaciones y enfados”.

Un tándem insuperable

Contar con el padre es clave, pero lo que el hijo real­mente necesita para madurar es la alteridad sexual, es decir, “la interacción e influencia del código femenino maternal y del masculino paternal, que se coordinan, acompasan y compensan entre sí”, advierte Calvo.

Por eso, para superar la crisis actual de la paternidad, recomienda a la mujer “acostumbrarse a no exigir imposibles al hombre” y, a la vez, “permitirle cola­borar sintiéndose respetado en sus pautas masculinas”. Por su parte, Poli indica que el padre “debe hacer progresivamente propia, a través de un traspaso de sensibilidad, la riqueza interpretativa del amor femenino”. Esta apertura de ambos a complementarse y crecer en la fortaleza del otro favorece la integración del padre en la vida diaria de la familia y le devuelve su protagonismo en la crianza de los niños. “Cada uno a su manera enriquecen la personalidad de los hijos”, concluye Calvo.

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