Cuerpo Glorioso

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Ilustración: Ester García
“Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra predicación y vana también nuestra fe”, afirma san Pablo; y, en efecto, solo la Resurrección de Cristo da sentido completo a la Encarnación, a la Redención y a la vida futura que alcanzará su plenitud tras la Parusía. Pero ¿cómo fue esa resurrección? ¿Ocurrió realmente, tal como se nos describe en los Evangelios, o fue tan solo una “experiencia” de los discípulos de Jesús, una especie de “autosugestión” que los impulsó a creer que su Maestro seguía presente en sus vidas, a través de un nuevo modo de existencia espiritual?
La escuela de crítica racionalista pretende que la Resurrección de Cristo no fue un acontecimiento histórico, sino una especie de singular vivencia mística de los discípulos. Tal configuración de la Resurrección como experiencia espiritual es el producto inevitable de la grieta que se ha introducido entre lo que los seguidores del método histórico-crítico denominan el “Jesús histórico” y el “Cristo de la fe”. Una grieta que ha terminado por contaminar la cristología, hasta conseguir inocular el veneno de la incredulidad entre los propios creyentes. Así, la figura de Jesús se ha ido haciendo cada vez más nebulosa, irreal e inexplicable; y las reconstrucciones peregrinas que sobre ella se hacen resultan cada vez más antitéticas: hay quienes lo presentan como un revolucionario que combate los poderes establecidos; y quienes ven en Él a un moralista benigno que predica una suerte de amor omnicomprensivo que todo lo aprueba. Tales reconstrucciones adolecen siempre de la misma falla: Jesús es presentado como un hombre, todo lo excepcional que se quiera, y hasta en sintonía especial con Dios, pero desenraizado de Él.

Entre todos los milagros obrados por Jesús, ninguno resulta tan desafiante para la mentalidad contemporánea como el de la Resurrección

Pero basta una lectura somera de los Evangelios para que nos tropecemos con un hecho insólito. A diferencia de los grandes fundadores de religiones –pensemos, por ejemplo, en Mahoma o Moisés–, Jesús no se presenta como un mero profeta o representante de Dios, no se limita a indicar el camino que nos conduce a Dios, ni a señalar la verdad, ni a erigirse como ejemplo para la vida de otros hombres, sino que Él mismo se proclama camino, verdad y vida. Jesús jamás se presenta en los Evangelios como un creyente, ni siquiera como el primero entre los creyentes; jamás nos dice que crea en el Padre, como cualquier otro hombre de fe, sino que conoce al Padre como ningún otro hombre puede conocerlo, mediante un conocimiento mutuo único, mediante un amor recíproco exclusivo y una unidad en la acción que hace que los dos sean uno. Jesús se sitúa en una condición de igualdad con el Padre; y proclama sin ambages que las obras milagrosas del Padre se realizan a través de Él.
Y entre todos los milagros obrados por Jesús, ninguno resulta tan desafiante para la mentalidad contemporánea como el de su Resurrección, piedra angular de la fe cristiana.
Joseph Ratzinger acepta que se trata de “un proceso que se ha desarrollado en el secreto de Dios, entre Jesús y el Padre, un proceso que nosotros no podemos describir y que por su naturaleza escapa a la experiencia humana”. En las apariciones posteriores de Jesús a sus discípulos comprobamos que el Resucitado no está sometido a los impedimentos y restricciones propios de la materia; y, sin embargo, como Él mismo se encarga de mostrar, no es un mero espíritu. No ha perdido la materialidad del cuerpo, pero ese cuerpo es de una sustancia distinta a la nuestra; no está ligado al tiempo y al espacio como nosotros, ni está sujeto a las fuerzas destructoras que nos hacen envejecer y enfermar. San Pablo llama a esta nueva forma de existir “cuerpo glorioso”; y es la forma de existir que nos ha sido prometida al final de los tiempos.