Dejarse cuidar por los hijos: El privilegio de acompañarte

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En una sociedad en la que los adultos mayores han alcanzado gran independencia hasta una edad avanzada, los hijos no quieren perderse el privilegio de cuidarlos y acompañarlos en su madurez. Hay una gran riqueza en esta etapa vital, en la que tanto hijos como padres son adultos y podrían vivir un vínculo paternofilial más rico y entrañable. Una relación que, como el buen vino, mejora con el tiempo.

Por Isabel Andino e Isabel Molina Estrada

Miguel, de 70 años, atraviesa una etapa de cambios. El deterioro en su salud, diversas dificultades financieras, nuevos retos en la relación con su esposa y hasta dos cambios de vivienda en tres años han llevado a sus hijos a reunirse entre ellos en varias ocasiones para buscar soluciones y tratar de ayudarle. Sin embargo, cuando los hijos le ofrecen ideas para abordar estos retos vitales, Miguel apenas los escucha. Tras varios intentos por entender el comportamiento de su padre, la verdad ha salido a flote: “Quiero que mi vida sea como en La vida es bella”, ha dicho, refiriéndose a la película de Roberto Benigni, que retrata a un padre que convierte el campo de concentración nazi en un juego con su hijo para protegerlo de la realidad. “Mis hijos no tienen por qué sufrir el peso de mis problemas. Siempre lo he querido así y eso no va a cambiar”. La confesión ha sido toda una revelación para los hijos, que, lejos de querer que su padre les “evite sufrimientos”, ven la urgencia de cuidarle –a él y a su madre – y poder dialogar con él ahora que lo ven más vulnerable y necesitado de ayuda.
Cuando los hijos se hacen adultos, la relación con sus padres cambia. Los padres siguen siendo siempre padres, con la autoridad que Dios les ha concedido ejercer sobre sus hijos, pero esa autoridad se transforma en una autoridad de prestigio en la que los hijos –con el debido amor y respeto que indica el cuarto mandamiento de “honrar a tu padre y a tu madre”– pueden también ayudarlos y aconsejarlos. Es más, los hijos “reclaman” de los padres un esfuerzo por dejarse ayudar.

«Los padres no deben ahorrar a sus hijos el ‘fastidio’ de reorganizar sus vidas para cuidarlos, pues les quitan el privilegio de hacer historia en la familia»

Cambio de papeles
“Esta es una etapa llena de posibilidades para los padres y para los hijos, pero supone para ambos un cambio de enfoque en su relación”, explica la psicóloga Ana María Llano. “En cierta manera se invierten los papeles: los hijos tendrán que cuidar de sus padres como si los padres fuese ‘niños’, del mismo modo que los padres cuidaron de ellos cuando eran pequeños”.
Esto no quiere decir que los hijos ignoren la autoridad de los padres, sino que los padres, con humildad, se descubren seres necesitados y permiten a sus hijos retribuir de algún modo el esfuerzo que hicieron para educarlos durante tantos años.
Un privilegio
Mar Dorrio, madre de 12 hijos y autora del blog whynottwelve, atraviesa una situación similar con su madre: su salud se ha deteriorado en los últimos años y requiere cuidados permanentes. A raíz de esta experiencia, Mar ha comentado a Misión que existe una tendencia marcada en los padres a sobreproteger a los hijos, incluso cuando ya son mayores. “Cuando los hijos son pequeños, parece que dedicamos nuestra paternidad a suprimirles esfuerzos, a sustituirlos en todo: les cortamos la fruta, les hacemos la mochila… Y así nos sigue pasando cuando nos hacemos mayores: queremos ahorrarles a nuestros hijos el ‘fastidio’ de reorganizar sus vidas para cuidarnos, y lo que les estamos quitando es el privilegio de dar sentido a la palabra ‘familia’ ”.
Mar declara que con esta actitud los padres le hacen un flaco favor a sus hijos: “Les impedimos ser más grandes y sentirse orgullosos de haber acompañado a sus padres hasta el final de sus días, y así, les privamos del privilegio de crecer, de hacer historia en la familia, y de comprobar cómo se vive y se muere en familia”. Y concluye: en esta etapa vital “el mayor bien que los padres pueden hacer a sus hijos, la mejor ayuda que les pueden brindar, es dejarse cuidar y acompañar por ellos”.
Aún hay tiempo
Que los hijos llamen a los padres para pasar tiempo con ellos cuando ya no viven juntos es el mejor indicador de que los padres han sabido sentar las bases para una buena relación. Sin embargo, si no es así, no hay que pensar que todo está perdido. ¡Todavía hay tiempo! Mientras haya vida por vivir, sea un día, un mes o una década, padres e hijos tienen la posibilidad de mejorar su relación. “El fundamento de toda intervención psicológica es que todo se puede cambiar”, asegura Jesús de la Fuente, catedrático en el Área de conocimiento de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad de Navarra. “Lo que ocurre es que hay situaciones que requerirán ayuda psicológica”, precisa. De la Fuente anima a buscar ayuda en estos casos, pues existen programas para cada momento de la vida, para enmendar errores y saber cómo gestionar y mejorar cada relación.

 

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