“Desde que los hijos son pequeños es importante que conozcas a sus amigos”

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Carmen Guaita
Carmen Guaita, Carmen Guaita, autora de Los amigos de mis hijos (San Pablo, 2007).

Carmen Guaita, autora de Los amigos de mis hijos (San Pablo, 2007), un libro que brota de su experiencia como madre, maestra  y amiga, explica a los padres de familia cómo ayudar a sus hijos a cultivar la amistad, a distinguir quiénes son realmente sus amigos, y a conocerse a sí mismos para saber por qué eligen las amistades que eligen.

Por Margarita García

¿Qué es la amistad?
Es posiblemente el grado mayor de afinidad del alma con otra persona. En la relación de pareja hay un compromiso que obliga a las dos personas a un cuidado especial. En cambio, un gran amigo es aquel a quien hace mucho que no ves, pero con quien retomas la relación como si no hubiera pasado el tiempo. Un amigo es una maravillosa compañía para la vida.
¿Podemos ayudar a nuestros hijos a hacer buenos amigos?
La amistad como tal no se educa porque surge de forma espontánea. Se educan las virtudes que surgen en torno a la amistad: empatía, generosidad, respeto, tolerancia, solidaridad… Los padres pueden proporcionarles  a sus hijos ambientes donde hacer amigos: el parque, la piscina… pero no pueden hacer que sean amigos de alguien que les parece maravilloso.
¿Cuándo empezar a fomentar la amistad en los hijos?
Desde pequeños es importante abrir la casa, conocer a sus amigos y, cuando un hijo tiene dificultades para hacer amigos, es bueno que invite a otros niños al espacio que él domina. Esto favorece la seguridad y la amistad con los de su entorno, porque él es el anfitrión. En este sentido, ayudas más a un hijo diciéndole que para celebrar su cumpleaños seleccione seis amigos para invitar, a que invite a toda la clase. Esta forma indiscriminada de invitar puede frustrar al niño si invita a 30 y vienen solo 12. Y, además, le ayudará preguntarse: “¿Por qué quiero que este niño esté en mi fiesta?”. Tenemos que acostumbrar a los hijos a ver que la amistad es algo valioso, no indiscriminado, y además, les enseñamos que quienes les dan likes en las redes sociales no son sus amigos. Un amigo es con quien compartes tu vida.
¿A qué edad podemos hablar de una verdadera relación de amistad?
A partir de los 10 o12 años la amistad puede llegar a ser algo parecido al amor, en el sentido de que hay identificación. Durante la adolescencia, esta amistad desplaza a los padres, pero solo en apariencia, porque estos siguen siendo cruciales en la vida de los hijos. Esto forma parte del proceso de evolución, así que hay que prepararse para el momento y actuar como adultos. 
¿Cuál es el papel de los padres en esta etapa?
Los padres nunca van a ser amigos de sus hijos. Pueden ser cercanos, comprensivos, procurar que sus hijos les cuenten sus cosas, tener confianza con ellos… Para ello, tienen que enseñar a sus hijos a expresar bien sus sentimientos. Si saben analizar qué les pasa, cómo se sienten en una amistad, le ayudarán a distinguir un buen amigo de un mal amigo.
Justamente eso le quería preguntar: ¿qué podemos hacer si no nos gustan los amigos de nuestros hijos?
Si algo empieza a preocupar a los padres, pueden preguntarse: ¿en qué se puede parecer este amigo a mi hijo? O bien: ¿qué necesidad de mi hijo cubre esta persona? Para eso, es importante que ellos aprendan a observarse, a tener introspección, a preguntarse a sí mismos: “¿Qué me pasa? ¿Por qué estoy así?”. Igual con respecto a sus amigos: “¿Cómo me siento después de que ha venido este amigo?”.  Los padres pueden ayudarles a averiguar por qué no se sienten bien cuando están con ciertos amigos.
Es decir, ayuda que sepan poner nombre a sus sentimientos…
Sí, y esto se educa desde pequeños. De niños les preguntamos qué quieren, pero raras veces les preguntamos cuál ha sido su mejor momento en el día, cómo se han sentido… No les acostumbramos a poner nombre a lo que sienten. Si nunca hemos tenido una conversación profunda con ellos sobre sus sentimientos, no abrirán su corazón en la adolescencia, porque al corazón no se entra con llave. Para tener el corazón de un hijo abierto, hay que empezar pronto y saber qué carencias intenta cubrir con sus amigos: ¿le falta autoestima?, ¿quiere volar porque está sobreprotegido?  Y si realmente la pandilla empieza a perjudicarle, hay que pedir ayuda profesional.
¿Y cómo reconocer a un mal amigo?
Es aquel que no está sacando lo mejor de ti. Ese con el que tienes que competir, que te humilla… Si una amiga te llama gorda, no es tu amiga. Esto los niños lo saben, pero en vez de decirles:  “Una persona que te llama gorda no es tu amiga”, habría que preguntarles:  “Oye, ¿crees que una persona que te llama gorda es tu amiga?”. Que la conclusión  “no me sienta bien este amigo”  parta de ellos. Que ellos comprendan que ese amigo no es saludable. En definitiva, se trata de que ellos mismos respondan a las preguntas de su vida. Y si el amigo no llega a ser nocivo, hay que dejar un espacio para equivocarse sin llegar al  “te lo dije”.

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