El valor, para la vida, es una virtud fundamental.Tanto como el humor.

Por Enrique García-Máiquez

Ilustración: Julián Lozano

Nuevamente perdí otra ocasión de callarme. En una reunión cité el poema “Political Incorrectness”, de Luis Alberto de Cuenca. El poeta suplica a la amada que le diga cosas incorrectas desde el punto de vista político: que es rubia y que fuma o que no cree que Occidente sea un monstruo de barbarie. El poema sigue en esa línea y, de golpe, Luis Alberto ruega a la mujer de sus sueños que confiese que disfruta pegando a un pedagogo. Observen la aliteración (pegando-pedagogo), que da al verso cierta violencia bufa de bofetada fofa. El caso es que en la reunión estaban –yo no lo sabía– dos pedagogos. No encontraron afortunada mi cita. El poema alcanza su clímax cuando el poeta le pide lo más terrible: que le quiera a pesar de que no es de su sexo y, todavía peor, que sea para siempre. Pero ya ni ese romanticismo irónico y posmoderno pudo levantar el ambiente. Lo hundió más.
Para redimirme, trataré de hacer algo de pedagogía. Espero que los pedagogos no se lo tomen, encima, como una muestra de intrusismo. La condición de padre te capacita, espero, para el ejercicio práctico de la pedagogía y, tal vez, y con perdón, para cierto vuelo teórico. A ver.
Mi método consiste en desgañitarme. No por repetir mil veces las mismas órdenes impotentes. ¡No, eso ni hablar! Una sola vez, pero a voz en grito. Nada de sugerencias suaves a los niños, sino viriles voces brutales a pleno pulmón, con truculentas amenazas del tipo: “Si no recoges tu cuarto en una milésima de segundo, te voy a colgar de la torre del homenaje por los dedos gordos del pie y dejaré que los cuervos, de día, y los murciélagos, de noche, te piquen los ojos y el cuello”. La madre se asusta un poco y mi suegra, más, pero los niños atienden y, por si acaso, en un juego de fingida angustia y risas temerarias, recogen su cuarto.
Es un método probado con los adolescentes de mi instituto. Nada de “al que copie lo dejo para junio”, sino: “Si veo una chuleta, la rocío con gasolina, le prendo fuego y el sospechoso se la come flambeada ipso facto”. Ellos se ríen mucho y no copian, al menos hasta donde soy capaz de controlar.
Las ventajas del método son variadas. Primero, se escandaliza a los pedagogos, que es el justo medio entre abofetearlos (pobres) y acatarlos (pobres… niños). Segundo, los chicos ven que la obediencia y la autoridad son algo mucho más divertido que el run-rún rutinario de unas órdenes cansinas y desganadas. Y tercero, y sobre todo, aprenden que jamás hay que tenerles miedo a las bravuconadas ni a las amenazas hiperbólicas. Luego, cuando uno baja la voz, ellos aguzan los oídos: saben que se entra en una dimensión más trascendente. Pero, hasta entonces, han aprendido a no amedrentarse por un puñado de decibelios de más, sino a divertirse. Y el valor, para la vida, es una virtud fundamental.
Tanto como el humor.