Disciplina positiva

Un estilo educativo que transforma a los padres antes que a los hijos
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Por Rut Sanchez

Por Belén Huertas y José Antonio Méndez

Durante la cuarentena, los padres han tenido la oportunidad de observar más a sus hijos… y también de reflexionar: ¿Les estoy educando bien? Y si es así, ¿por qué a veces nuestra casa es una jungla llena de gritos? La Disciplina Positiva es una metodología educativa basada en la neuroeducación y en el sentido común, que permite hacer frente a los retos educativos que surgen a diario en las casas, sin recetas ni chantajes emocionales, y combinando la comprensión y la exigencia.

“Sitúate dentro de 20 años. Estás en casa. Llama tu hijo a la puerta. ¿Cómo te gustaría que fuera esa persona?”. Bibiana Infante es psicóloga y psicoterapeuta. Fue la primera persona en España en acreditarse como entrenadora en Disciplina Positiva, y es cofundadora de la Asociación Disciplina Positiva España (ADPE). En sus conferencias, lanza al público la pregunta que abre este reportaje. Las respuestas suelen coincidir: responsable, respetuoso, maduro, optimista, empático… Al final, ella explica: “La única manera de conseguir esas habilidades para la vida es a través de retos”.

Unos retos que, según la Disciplina Positiva, no son complicados comportamientos maquiavélicos o perversos, sino dificultades que se dan en todas las familias: peleas, rabietas, palabras destempladas, gritos, desobediencias y estallidos de variada intensidad. Es decir, los variopintos estados de ánimo que se dan a diario en los hogares. Esos momentos “constituyen la materia prima para enseñar a nuestros hijos habilidades para la vida”, explica Infante. Las herramientas que da la Disciplina Positiva –basadas en el funcionamiento del cerebro y en su desarrollo evolutivo– no eliminan las dificultades, pero ayudan a reducirlas al mínimo y, sobre todo, a afrontarlas y transformarlas con eficacia y serenidad… empezando por los padres.

«No es un estilo hippie, ni una disciplina militar camuflada, sino que se aleja del permisivismo y del autoritarismo, poniendo límites de manera respetuosa y afectiva»

El primer cambio

Como explica uno de sus principales exponentes, Daniel J. Siegel, en Disciplina sin lágrimas (De Bolsillo, 2018), el gran cambio se da primero en los adultos, que pasan de aspirar a “sobrevivir y sobrellevar” la educación de sus hijos, a implicarse en ella y disfrutar de la crianza. Porque la Disciplina Positiva no es un estilo hippie, ni una disciplina militar camuflada, sino que se aleja del permisivismo y del autoritarismo, poniendo límites de manera respetuosa y afectiva.

Buscar soluciones

Una de sus claves es que huye de las clásicas recetas conductistas que premian o castigan a los niños según sus acciones. Más bien busca –sin caer en buenismos irresponsables– que los niños sean capaces de reconocer sus pensamientos y emociones, y elijan por sí mismos aquello que sus padres les han mostrado como bueno. De ahí que la Disciplina Positiva vea la realidad de forma optimista, no ingenua; y fije la mirada en el largo plazo, partiendo de lo cotidiano.

Según cuenta Infante para Misión, “tras años de experiencia como psicóloga, descubrí patrones erróneos en la educación de los niños y me di cuenta de que hacían lo que el adulto quería solo cuando lo tenían delante”. La disciplina positiva, en cambio, ayuda a crecer en la virtud porque se centra en buscar soluciones a los problemas, más que en sancionarlos con castigos. Así, cuando una situación quiebra la armonía familiar (por ejemplo, un hermano que pega a otro), la respuesta no se centra en qué castigo merece el infractor, sino, primero, en cómo puede reparar el daño, además de reconocer y expresar por qué se ha comportado así para que no vuelva a ocurrir.

“Si alguien trata mal a un niño, este, en vez de contestar con un golpe, un mordisco o un insulto, aprende, poco a poco, a verbalizar cómo se ha sentido«

Ester Cerezo, directora de Infantil del colegio María Teresa, en Madrid, llegó a la Disciplina Positiva en busca de alternativas: “Me interesaba que mis hijos y alumnos eligieran el bien por sí mismos, no por evitar un castigo”. Junto con su equipo, se formó en Disciplina Positiva y ahora la aplican en su centro. Y da ejemplos: “Si alguien trata mal a un niño, este, en vez de contestar con un golpe, un mordisco o un insulto [reacciones instintivas en niños que no saben expresarse aún], aprende, poco a poco, a verbalizar cómo se ha sentido, y a decir con firmeza: ‘Eso no me gusta, no lo vuelvas a hacer’”. Niños de solo cuatro años son capaces de resolver conflictos de manera asertiva.

Conectar para reconducir

 Los grandes aliados son los propios pequeños, que aprenden a reconocer sus emociones, a expresarlas y a encauzarlas. Incluso, a tratar de controlarlas, previendo situaciones de tensión o retirándose en momentos de enfado.

A su vez, el adulto logra comprender las causas de las malas conductas, y aplacarlas siguiendo la pauta de conectar con el niño, antes de reconducirlo. Como señala Jane Nelsen, cocreadora de esta filosofía pedagógica, en Cómo educar con firmeza y cariño (Editorial Medici, 2004), situarse por debajo de sus ojos, tocarles con afecto y firmeza, hablar con voz serena, preguntar “¿qué ha pasado?” o “¿qué hacemos ahora para arreglarlo?”, o hacer una pausa antes de atajar un conflicto son pequeños hábitos que, a la larga, resultan más eficaces que los gritos, azotes o castigos. Además, gracias a ese paso, no solo se logran resultados más eficaces y menos lesivos, sino que el adulto aprende a reconocer sus propias reacciones y a controlarse antes de actuar en caliente.

Un hogar feliz

La Disciplina Positiva no es magia ni un adiestramiento canino. Para lograr resultados, pequeños y mayores han de asumir su parte. Sin dejar que los niños tomen el control, la Disciplina Positiva invita a que participen al poner las normas de la casa y acuerden las consecuencias de quebrantarlas, en reuniones de familia cortas, periódicas, participativas y con un final agradable.

De ese modo, cuando los niños hacen algo malo, no perciben la sanción como un castigo, sino como una consecuencia justa y esperable. Y, sobre todo, se sienten parte activa de la familia: reconocen su importancia en el hogar, y ven las normas no como una imposición, sino como algo propio. Y como el objetivo no es castigar lo negativo, sino crear un hogar feliz, pueden fijar días concretos para ver una película en familia con palomitas o cenar en un barco pirata en el salón. En palabras de Siegel, “disfrutar del hogar, no sobrevivir a él”.

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