Educación escolar a distancia: ¿qué hemos hecho y qué podemos hacer?

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Los tres meses de educación escolar a distancia nos han dejado algunas lecciones de cara a un eventual nuevo confinamiento. De la mano de varios expertos, analizamos los problemas que enfrentaron las familias en este tiempo y cómo optimizar la atención y el aprendizaje de los alumnos si se repite el peor de los escenarios.

Por Isis Barajas
El confinamiento del curso pasado nos pilló a todos por sorpresa. Los centros escolares tuvieron que hacer un esfuerzo titánico para adaptarse a la enseñanza a distancia sin tiempo suficiente para prepararse o reflexionar sobre cuál era el mejor modo de hacerlo. Los equipos directivos y los profesores trabajaron intensamente para adaptarse a un escenario hasta ahora insólito y tuvieron formas muy diversas de afrontar la situación. Sin embargo, y a pesar del enorme trabajo que supuso, no todas las propuestas de aprendizaje a distancia fueron igualmente acertadas. 
En un encuentro online organizado por la fundación Educatio Servanda en mayo, el filósofo y reputado escritor Gregorio Luri afirmaba que en este tiempo “los maestros han trabajado mucho, muchísimo, pero no sé si bien”. “La educación se ha centrado mucho en la actividad, en mandar tareas y tareas, y menos en el aprendizaje”, señalaba Luri. La hispanista y pedagoga sueca Inger Enkvist añadía en el mismo encuentro que “los profesores deben saber cuál es la meta del aprendizaje para no sobrecargar al alumno”. Efectivamente, muchos niños se veían abrumados por una ingente cantidad de actividades que realizar, que además requerían de la ayuda de un adulto. De esta manera, también se sobrecargaba a los padres, quienes debían gestionar las tareas de sus hijos además de seguir teletrabajando. “La mayoría de los trabajos que se han mandado a los alumnos eran muy directivos y muy poco autónomos, y esto obligaba a los padres a tener que supervisarlos”, señala Álex Visús, coach educativo y asesor pedagógico en centros escolares. 
“La educación se ha centrado mucho en mandar tareas y tareas, y menos en el aprendizaje”
Tampoco ha dado buenos frutos, a su juicio, “intentar replicar autónomos online lo que se hace en las clases presenciales, manteniendo el mismo horario a través de videollamadas”. Esta forma de trabajar no solo ha sido extremadamente estresante para los profesores que tenían que conciliar con el cuidado de sus propios hijos, sino que además ha sido un rompecabezas para las familias que no tenían suficientes dispositivos digitales y ha provocado una saturación de pantallas. “No podemos tener a los niños todo el día enganchados a una pantalla”, subraya Visús. Esto ha provocado dolores de cabeza, estrés, irritabilidad… Y los alumnos mayores acababan “desconectando” de las clases apagando la cámara y metiéndose en TikTok en paralelo. 

Priorizar al alumno 

Con la perspectiva del tiempo, muchos expertos señalan que lo que mejor funcionó fue priorizar al alumno y su familia, y no tanto el currículo. De hecho, algunos centros educativos se preocuparon en primer lugar de conocer el contexto del niño (si tenía un sitio donde estudiar, si había una situación económica difícil derivada de la crisis, si los padres teletrabajaban, si estaban separados, etc.) para poder atender sus necesidades emocionales y flexibilizar los contenidos. Por esta razón, en opinión de Visús, los profesores que han “triunfado en esta situación son aquellos que han acompañado emocionalmente a sus alumnos” , ya que el verdadero aprendizaje se produce cuando el profesor se vincula a su alumno: “El docente que se ha dedicado a mandar trabajos y ha seguido con el currículo ha provocado que sus alumnos se descolgaran y además ha generado conflictos con las familias. Es como el conejo de Alicia en el país de las maravillas, que tiene mucha prisa para llegar a ninguna parte”.

Conectar sin “desconectar” 

Otro de los problemas que ha puesto de manifiesto esta crisis es que “la brecha social se ha hecho mayor en aquellas familias que no han tenido acceso a la tecnología, por lo que la digitalización va a ser importante en el futuro”, asegura Carmen Pellicer, pedagogay presidenta de la Fundación Trilema. En su opinión, “es necesario que los sistemas políticos garanticen el acceso a Internet en las escuelas y en los hogares como un derecho universal; este es el punto de partida para que si hay rebrotes podamos responder mejor”. Sin embargo, la digitalización no basta para educar a los alumnos, sobre todo en edades tempranas. 
“Han triunfado los profesores que han logrado acompañar emocionalmente a sus alumnos”
Pellicer apuesta por fortalecer a los estudiantes en competencias como la autonomía y en su gestión emocional. “Quien ha sobrellevado mejor el confinamiento no es el alumno con más dispositivos, sino el que tiene mejor dominio de la atención, capacidad de concentración, persistencia, resiliencia para superar los estados de ánimo y autogestión en el aprendizaje”, señala. Por eso, “antes de la digitalización es necesario cumplir unos requisitos previos para el trabajo autónomo, como son la disciplina personal y el equilibrio emocional”. Desde luego, el reto es grande, pero ahora contamos con la experiencia previa para reflexionar y tomar decisiones.
Puedes encontrar este artículo en el número 57 de la revista Misión.
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