La Europa laicista que ha sacado pecho tras los asesinatos de Charlie Hebdo es el mejor humus para el desembarco del islamismo

Por Juan Manuel de Prada

Los viles asesinatos de los caricaturistas del pasquín Charlie Hebdo han servido para resaltar el estado de postración en que se halla el “pensamiento católico” (expresión que pronto se convertirá en un doloroso oxímoron), suplantado por jenízaros que entonan fofas loas a la libertad de expresión y la entronizan como diosa a la que se debe reverencia y a la que se debe permitir, incluso, la ofensa inferida a Dios. Este “chorlitismo” (quintaesenciado en ese lema infumable, “Je suis Charlie”, que muchos católicos han hecho suyo) vuelve a demostrar algo que explicábamos en algún artículo anterior: la descristianización de las sociedades católicas, llevada a cabo desde medios de comunicación sedicentemente católicos, que se han convertido en palestra donde liberales y progresistas evacuan su bazofia ideológica, imponiendo conceptos nefastos (como el de la libertad como un fin en sí misma) que, poco a poco, van provocando el resfrío de la fe.
El modus operandi de estos jenízaros lo ha explicado a la perfección el filósofo Francisco Soler, en un artículo memorable publicado en Infocatólica: “Ratisbona y la razón en los tiempos del terror”. Se les hace creer a los católicos que, ante los viles asesinatos de los caricaturistas de Charlie Hebdo, no cabe sino estar con los “defensores de la libertad”, frente a los fanáticos islamistas pues, de lo contrario, nuestra posición podría considerarse “equidistante”, lo cual no haría sino fortalecer a los “liberticidas”. Se trata, naturalmente, de una falacia insidiosa; lo cierto es que los fanáticos islamistas se hallan en el mismo bando que los defensores de esa libertad ilimitada, ya que, aunque sus métodos son diversos (unos emplean el asesinato, que mata los cuerpos; otros postulan el laicismo, que mata las almas), unos y otros anhelan la amputación de nuestra razón (tal como Benedicto XVI denunciase en su discurso de Ratisbona): los islamistas, imponiendo un culto impío, fundado en la fe en un falso dios que llama a la violencia; los jenízaros de la libertad, pretendiendo que se pueda blasfemar contra Dios y que la fe que ha fundado nuestra civilización pueda ser ultrajada del modo más abyecto. Esta “libertad de expresión” pretende, al igual que el fanatismo islamista, torcer la vocación sobrenatural del ser humano, amputando su razón.
Y, con su pretensión, demuestran, además, un apabullante desconocimiento de la naturaleza humana. Piensan estos jenízaros que confinando la fe en la más estricta intimidad y convirtiendo el foro público en un zoco donde la fe pueda ser ultrajada, se alcanzará una suerte de utópica paz universal, en la que los hombres seremos grotescos adoradores de su religión democrática. Ignoran que la vocación sobrenatural del ser humano es irrefrenable, por la sencilla razón de que el hombre es un ser religioso; y que, cuando esa vocación se reprime o altera, suele engendrar monstruos. Un hombre al que arrebatan su fe en los misterios sobrenaturales no la sustituye por una grotesca fe en la democracia o en los derechos humanos, sino que acaba entregando su fe a los misterios demoníacos. La Europa laicista que ha sacado pecho tras los viles asesinatos de los caricaturistas del pasquín Charlie Hebdo es el mejor humus para el desembarco del islamismo; porque la sinrazón solo puede engendrar en su seno otra sinrazón.
No hagan caso a los chorlitos que hacen proclamaciones de “charlismo”: esos jenízaros son enemigos de su fe, de la razón y de la naturaleza humana.