El esnobismo obliga

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Karen Christence Blixen-Finecke, que publicó bajo el seudónimo de Isak Dinesen (Dinamarca, 1885-1962), es más citada que leída. El éxito cinematográfico de Memorias de África (Sydney Pollack, 1985) ha generado la sensación en el gran público

Por Enrique García-Máiquez.

Ilustración: Marta Jiménez

 

La obra de la baronesa es de una extrema complejidad, pero tan transparente y armoniosa que apenas se percibe. Su chispeante esnobismo no es la clave final, sino una espléndida puerta de entrada. Ella lo confiesa constantemente, con ironía. En su matrimonio con un primo, que no fue feliz, pesó el interés por ostentar la baronía.
Y en el establecimiento en Kenia, hubo un regusto austiniano. En el delicioso librito de entrevistas Ser fiel a la historia (Confluencias, 2013), confiesa:  “Vivir allí [en su plantación] era, creo yo, como en la Inglaterra del siglo XVIII”.
Su buen humor forma parte de una defensa muy suya de las formas exquisitas, como su pasión por la hospitalidad, la buena mesa y su palpable filocatolicismo, lógico en una protestante tan amante del rito, del arte y de los sentidos. “Mi mayor constante en esta vida ha sido la alegría de vivir”, explica. Escogió como seudónimo Isak porque significa “el que ríe”.
Su excelente relación con el servicio doméstico, al que dedica muchísimas más páginas en su libro Memorias de África que a su historia de amor –que copa la empalagosa película– con Denys Finch-Hatton, también presupone un deslumbramiento por el señorío, tan presente en los criados como en los señores, ennoblecidos ambos por la fidelidad mutua. Por si no quedase claro, dedica al servicio otro libro: Sombras en la hierba. Ambos son altamente recomendables.
Tampoco la caza es un deporte más, ni la equitación, ni el amor por los animales. La baronesa Blixen encuentra en todo la oportunidad de hacer una vida acorde con la alegría y el sentido de la belleza. Incluso la amistad y el amor están imbuidos de un sentido feudal, casi de cuento gótico. Siete cuentos góticos se tituló, significativamente, su primer libro de relatos.
No le hubiese gustado que su historia de amor perdiese el pequeño pellizco del escándalo, un tanto provenzal, sin el que no puede entenderse bien. No fue un romance para ser envidiado ni aplaudido, sino llorado y disculpado. Por fortuna, ese gusto aristocrático por epatar al burgués lo suple su pasión por la caza.
Escandalizará a más de un lector de nuestro tiempo cuando narra cómo abate a un hermoso león, que luego despelleja para regalar la piel al rey de Dinamarca:  “Inaudito esnobismo”, la embroman sus amigos.
Y ahí sí estriba el secreto de Blixen. Ella se enfrenta sonriendo, pero sin piedad, a los prejuicios modernos. Se confesó escéptica del progreso material y tampoco consideraba que la emancipación de la mujer hubiese resultado muy buen negocio.
Contra la modernidad, la forma más incisiva de reacción es el esnobismo, porque es una marginación voluntaria de la marcha de los tiempos a través de la sensibilidad y el encanto. No faltaron en la vida de Blixen ni en su obra.
Karen Blixen prefiere retratarse en la luz refleja de los demás, ya sean las personas reales de sus libros de memorias, ya sean los personajes de sus cuentos. Su libro de relatos más redondo es, justamente, Anécdotas del destino, y allí se encuentra El festín de Babette, cuento que dio pie a la magistral película homónima de Gabriel Axel (1987).
La actitud la ha descrito perfectamente el profesor Javier de Navascués: “No llamar la atención sobre uno mismo. Solo narrar una historia con la espontaneidad de los viejos contadores de cuentos: esa parece la consigna de una escritora que, en el fondo, solo enseñaba sus cartas a quien quisiera mirarlas con más cuidado”.
La distorsión de la película Memorias de África no tiene que ver solo con el hecho de que relate una historia que Blixen no cuenta. La distorsión atañe, sobre todo, a  los primeros planos de nuestra baronesa, que le hubiesen espantado y que en el libro brillan por su ausencia. Toda su literatura está tejida a base de sutiles escorzos, de reflejos irisados, de una dulce ironía y de un pudor que apunta a la trascendencia.

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