El orfanato de Etiopía que cambia corazones en España

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En uno de los rincones más pobres del planeta, la capital etíope Adís Abeba, la congregación fundada por la Madre Teresa de Calcuta cuida de 200 niños enfermos gracias a la ayuda de voluntarios españoles. La experiencia de la entrega gratuita y de la confianza en la Providencia es tan fuerte, que nadie regresa igual que se fue.

Por Alejandro Carballo. Adís Abeba (Etiopía)

“Si solo a un pequeño niño infeliz se le hace feliz con el amor de Jesús, ¿no valdrá la pena darlo todo por ello?”.  Esta frase de Madre Teresa de Calcuta, sacada del libro Ven, sé mi luz (Planeta, 2009), recoge lo que se vive, día tras día, en cualquiera de las casas de las Misioneras de la Caridad fundadas por la santa albanesa.
Aquella labor que Madre Teresa empezó en la India sigue haciéndose realidad hoy en los lugares más humildes del mundo, como el orfanato de niños con sida que la congregación mantiene en la capital de Etiopía, Adís Abeba. Aquí cientos de niños conviven como si fueran de la misma sangre. Unos fueron abandonados por sus padres, otros no tienen familia conocida, los hay que llegan solos, llamando a la puerta…
Naview, de 3 años, es un chiquillo al que su condición de espina bífida no impide derrochar alegría e ingenio.
Una nueva historia
Da igual la circunstancia que lleve a cada niño hasta aquí. Su verdadera historia de amor comienza el día que cruzan la puerta azul celeste del orfanato, con el lema “Missionaries of Charity”. Basta conversar con ellos para comprobar que ninguno sabe qué es el rencor, y solo dan gracias por tener una nueva familia tan numerosa y bien cuidada por unas hermanas, que se desviven por ellos.
La mayoría no solo están enfermos de sida, sino que sufren un sinnúmero de enfermedades asociadas que les impiden respirar con normalidad, tragar alimentos sólidos, curarse dolencias menores…
Todos son atendidos por siete Misio­neras de la Caridad junto a un puñado de trabajadores que ayudan en todo, más un nutrido grupo de voluntarios que, a lo largo del año, llegan desde diferentes países (también de España), en una experiencia de entrega abnegada que no deja a ninguno indiferente.
El periodista Alejandro Carballo ha sido voluntario en cuatro ocasiones detrás de esta puerta azul celeste.
Vivir de la Providencia
A los voluntarios les da igual despertarse a las 6 de la mañana y acostarse en camas viejas e incómodas. Pasar un día en el orfanato es un regalo para ellos y para los niños.
Nuria, una joven madrileña que en 2017 vivió aquí su primera experiencia de voluntariado, lo explica así:  “En Adís Abeba me encontré ante una realidad nueva, que me sobrepasó por completo. Descubrí el poder de la oración, que hacía posible en mí, cada día, lo que al principio vi como imposible: estar ante situaciones humanamente muy duras y poder responder con amor. Mi mayor regalo fue descubrir que yo no tenía mérito alguno, sino que todo venía de Dios”.
La Providencia de la que vive el orfanato incrementa la conciencia de estar en manos de Dios, y de que Él va a llevar a esta familia de niños, religiosas, trabajadores y voluntarios por el mejor camino.
“Cuando no sabes qué van a comer casi 200 niños al día siguiente, tienes que confiar más en Él”, dice una de las hermanas. Porque es en esos casos cuando una donación inesperada o una visita no prevista llena las despensas del orfanato. Y cualquiera que lo vive en primera persona desea llevarse esa lección de vuelta.
La actividad de las hermanas se sostienen en su oración diaria frente al Santísimo.
La clave: a la vuelta
Nuria, que tras su primera experiencia ha vuelto dos veces más al orfanato y ya prepara su cuarto viaje, relata cómo  “una persona que conocí allí compartió conmigo el verdadero sentido del voluntariado: que ese tiempo no sea un paréntesis en tu vida, porque la verdadera misión comienza al volver a casa y llevar a tu realidad lo que descubres en el orfanato, poniéndote al servicio de los que tienes cerca”. De hecho, la frase  “No vas a poder cambiar el mundo” es una de las que más escuchan los voluntarios, y es una de las grandes enseñanzas: es imposible cambiar el mundo en unas semanas, pero sí es posible hacer más felices a unos niños que no olvidan a los voluntarios.
“Cambia tú para cambiar el mundo”: esa debería ser la frase. Y se hace realidad porque, tras unos días en este lugar, nadie vuelve a ser igual. Cada gesto de las hermanas, que tratan a los niños como si fueran sus hijos, o el cariño de los mayores hacia los pequeños confirman a los voluntarios que, en realidad, son los niños quienes operan el cambio en ellos.
Wonderson, de 14 años, no puede hablar . Sin embargo, con sus miradas y sus gestos cariñosos conquista el corazón de voluntarios como Nuria.
Lo que Dios enseña
Como comenta para Misión uno de ellos:  “Dios te enseña mucho en esos momentos en los que, aparentemente, no pasa nada. El último día, notas que esas semanas no han dejado a nadie igual. Las hermanas te miran felices al ver cómo te rodean los niños para despedirse; te lo agradecen con la mirada y te piden que reces por ellas. Los niños no te sueltan y no paran de recordarte que les has prometido volver. Y tú haces por no llorar, mientras te sientes la persona más afortunada por haber estado aquí, donde has alcanzado una felicidad que difícilmente habías experimentado antes”.
Y concluye:  “Y cuando a tu espalda se vuelve a cerrar la puerta azul, son incontenibles las ganas de que el tiempo y la Providencia, te permitan en algún momento regresar”.

 

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