El padre perfecto

126

Mi hijo primogénito, de ocho años: “Cuando sea mayor, quiero ser como mi padre”. Mi marido, henchido de orgullo, le pregunta:  “¿Ah, sí? ¿Y en qué te quieres parecer a mí?”. A lo que el niño contesta, con perplejidad: “¡A ti no!, ¡tú eres un pecador!  Yo me quiero parecer a mi Padre del Cielo”. Los niños tienen la habilidad de ponernos en nuestro sitio de un plumazo. Así, sin contemplaciones.

Por Isis Barajas

Ilustración: Marta Jiménez
Cada vez leo más consejos sobre todo aquello que no deberíamos hacer como padres: que si el castigo atenta contra la dignidad del niño, que es mejor educar en las consecuencias, que gritar a los hijos daña su autoestima, que hay frases que nunca deberíamos pronunciar… Probablemente, muchas de estas advertencias tengan toda la razón del mundo –y yo, de hecho, intento aplicármelas–, pero también veo que poner el acento en todo esto puede llegar no solo a perder de vista el fin último de la educación, sino a generar demasiada inseguridad y frustración en los padres. Inseguridad, porque, con tal bombardeo de opiniones de expertos, podemos perder hasta nuestro propio criterio como padres y, por ese miedo a actuar erróneamente, se puede acomodar en nosotros un inmovilismo educativo probablemente mucho más perjudicial a largo plazo.
A esta inseguridad se le suma la frustración que supone vernos limitados, extremadamente limitados. Caemos una y otra vez en los mismos errores en la relación con nuestros hijos, perdemos los nervios a la primera de cambio, regañamos al niño equivocado o cometemos injusticias, a veces, incluso, sin darnos cuenta… ¿O soy yo la única a la que le pasan estas cosas? Quizá por eso, leer a Franco Nembrini me ha dado cierta paz en todo este asunto de la educación y nuestra limitación humana.
En su obra El arte de educar. De padres a hijos (Ediciones Encuentro, 2014), explica lo siguiente:  “No tengáis miedo a equivocaros, para vuestros hijos sois los mejores padres […]  Tus hijos no son estúpidos, saben que eres incoherente y venderles la idea de un padre especialmente bueno y coherente no les convencerá, no conseguiréis engañarlos”. Y continúa: “Nuestros hijos nos perdonan nuestra debilidad moral, pero no nos perdonan la falta de valentía, la falta de responsabilidad ante la realidad, la ausencia de una certeza última respecto al destino: esto no nos lo perdonan”.
Ciertamente, los niños tienen una capacidad asombrosa para perdonar a sus padres. Y, reconozcámoslo, tienen mucho que perdonarnos. Ellos –después de mi paciente marido– son los primeros en darse cuenta de que soy una auténtica incoherente que les regaña por reproducir mis propios comportamientos. Soy una madre imperfecta –como gusta decir ahora–, aunque, para no andarme con paliativos, lo mejor es reconocer que soy una pecadora redomada. Por eso, creo que si un día me paso de decibelios –que no debería, lo sé– o si castigo a alguno de mis hijos en vez de hacerle ver pacientemente las consecuencias de sus actos, es menos trascendental que mostrarme como una madre que reconoce sus errores, les pide perdón cuando se equivoca y sigue caminando –torpemente– hacia una meta clara.
Por eso, más importante que detenernos en exceso en la corrección de nuestros modos es convertirnos para ellos en testigos de ese destino del que habla Nembrini. Para mis hijos no quiero ser yo misma el destino, ni siquiera el modelo a seguir. Sí un instrumento que los acompañe hacia él. Como testigos imperfectos, nosotros, los padres, podemos conducirlos hacia Uno que sí es perfecto y justo, que siempre perdona, que ama hasta el extremo y que no pierde la paciencia ni se enfada por nuestra debilidad. Si nuestros hijos aprenden a mirarle más a Él, su Padre del Cielo, y un poquito menos a nosotros, meros testigos, quizá no lo estemos haciendo del todo mal.