El regalo de su presencia

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Ilustración: Marta Jiménez

Por Isis Barajas

En un instante vi su coletita asomar en la superficie del agua de la piscina. Todo su cuerpo estaba sumergido menos esa coletita que llevaba en lo alto de su cabeza y que poco a poco se iba hundiendo también en el agua cristalina.
Había muchos niños y varios adultos en aquella piscina. Yo me había ido un momento para cambiarme y, al volver, me sumé a la conversación de los adultos. De repente, el nombre de mi hija de dos años me vino a la cabeza como un susurro. Fue un ángel quien me dio el soplo; eso lo tengo por certeza. “¿Dónde está Celia?”, pregunté sobresaltada. Me di la vuelta y allí vi su coletita hundiéndose hacia el fondo de la piscina. No la vi caer ni la vi saltar. Ninguno la vimos. Fue en un instante. Un instante aterrador.
No pensé en nada. Solo me tiré al agua. Llevaba unos vaqueros cortos, una camiseta de rayas y mis zapatillas azules de camping. No lo olvidaré jamás. Como tampoco me quito de la cabeza el recuerdo de esa coletita sumergiéndose poco a poco en el agua. Cogí a mi pequeña, me impulsé con los pies en el fondo de la piscina y la subí con todas mis fuerzas para sacarla a flote. Mi marido, quien se lanzó un segundo más tarde, la cogió en volandas y la sacó del agua.
Estaba viva.
Estaba bien.

Nos acostumbramos fácilmente a la existencia del otro, como si siempre hubiera estado y como si siempre fuera a estar, imperturbable. Y, sin embargo, todo puede cambiar

Salí de aquella piscina con el alma arrastrada, la ropa chorreando y las zapatillas pesadas por el agua. En ese momento fui consciente de todo. Me dolí de aquel instante imperdonable y rompí a llorar pensando en lo que pudo haber sido y, gracias a Dios, no fue. Entonces la vi a ella, tranquila, sentada en una pequeña silla mirándome dulcemente. Nunca antes me había conmovido de ese modo ver bien abiertos y vivaces sus maravillosos ojos azul cielo. La abracé. Lo hice sin querer soltarla nunca más, como si aquella fuera mi última oportunidad.
Aquello me revolvió enormemente. Durante días la miraba y no podía dejar de contemplar la belleza de su presencia. Me embriagaba un profundo agradecimiento por su existencia, por toda su vida, por esta inmerecida prórroga que se abría ante mí.
La vida es tan frágil… Y, al mismo tiempo, es regalo. Regalo son los labios de mi niña con su insistente “mami” y su mano aferrándose a la mía. Su vida es un don maravilloso, cada minuto a su lado es una caricia de lo Alto, un tiempo de descuento, un extra, un aliento, una sorpresa. La vida no es debida, es una gracia inconmensurable.
Nos acostumbramos fácilmente a la existencia del otro, como si siempre hubiera estado y como si siempre fuera a estar, imperturbable. Y, sin embargo, todo puede cambiar. Es entonces cuando volvemos a ver lo extraordinario en los detalles más corrientes, cuando nuestra mirada se renueva y nos volvemos capaces de admirar la belleza de una palabra, lo profundo de una sonrisa, la calidez de un abrazo y la eternidad encerrada en la presencia del otro –tan única y singular– que se nos revela como un inmenso e inmerecido don.