El santuario de mi hogar

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Ilustración: María Olguín Mesina

El confinamiento me reconcilió con mi casa. Cuando todo empezó, me angustiaba la idea de que ocho personas (seis menores de 12 años y otra embarazada) permaneciéramos encerradas en un piso de menos de 80 metros cuadrados. Y sin terraza (permítanme el apunte). Los roces habituales derivados del espacio podrían ahora convertirse en una convivencia infernal, con niños chocándose entre sí todo el tiempo por el pasillo y sin posibilidad de mantener una distancia mínima entre nosotros.

Por Isis Barajas
Yo que suelo soñar con cocinas americanas, jardines maravillosos y amplias estancias, dejé entonces de mirar a mis cuatro paredes y sus estrecheces, para fijarme en lo que sucedía dentro de ellas. Entre las habitaciones pequeñas y mal distribuidas de mi casa se fue abriendo un espacio amplio para la gracia. Por primera vez empecé a ver en mi hogar un santuario. No podíamos ir a la iglesia, así que nuestra casa debía convertirse en una.
Decía Chesterton que “el lugar donde nacen los bebés, donde mueren los hombres, donde se actúa el drama de la vida mortal, no es una oficina, una tienda o un despacho. Es algo mucho más pequeño en tamaño y mucho más grande en alcance”. Hoy precisamente hay una creciente fascinación por todo lo que tiene relación con la casa. La gestión del orden se ha convertido en una profesión, proliferan canales de YouTube sobre recetas de cocina, y aumenta también el interés por la decoración, el bricolaje o incluso la jardinería. Siendo todo esto bueno para crear un hogar confortable y seguro, el  “alcance”  de la casa va todavía más allá. Nuestras paredes y lo que sucede dentro de ellas pueden ser vehículo hacia lo eterno.
“Entre pucheros anda también el Señor”, decía santa Teresa de Jesús. Por eso tiene sentido que nuestra casa nos hable de Su presencia en lo cotidiano de la vida doméstica. Y puede hacerlo de muchos modos: con esos crucifijos que antaño se ponían sobre las puertas, con imágenes de los santos importantes en nuestra historia familiar, reservando un espacio para un sencillo oratorio que nos congregue para rezar, entronizando el Sagrado Corazón de Jesús, bendiciendo a nuestros hijos con el agua bendita de una pequeña pila dispuesta en la entrada o rezando el Rosario ante una escultura de la Virgen… Las paredes de casa, sean cuales sean, hablan de quiénes somos, de aquello que es importante para nosotros y también, cómo no, deberían hablarnos de Dios.

Las paredes de casa hablan de quiénes somos, de aquello que es importante para nosotros y también deberían hablarnos de Dios

El espacio material es espacio para la gracia. Ese Jesús que vivió 30 años en el hogar familiar y que luego anduvo entrando en casas de toda condición puede habitar también en la nuestra. Se hace presente cada vez que hospedamos a amigos y familiares, cuando educamos a nuestros hijos, cuidamos nuestro amor conyugal, nos reunimos alrededor de la mesa o sencillamente descansamos. “¿Aspiras a grandes cosas? Empieza por las pequeñas”, decía san Agustín.
Mentiría si dijera que ya no anhelo tener una casa más grande… Pero si seis niños pueden estar jugando durante horas en un cuarto de siete metros cuadrados sin quejarse por la apretura es porque más importante que los metros es el modo en el que los habitamos. Hacer de la casa nuestro santuario es dejar espacio para que actúe la gracia. Solo así es posible que la precariedad de nuestro hogar (que en realidad es la de nuestra alma) se convierta en posibilidad de redención y comunión familiar.

 

Puedes encontrar este artículo en el número 57 de la revista Misión.
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