Elogio al cansancio

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Hay quien tiene un miedo cerval al cansancio. Es capaz de los más sostenidos esfuerzos, de los más intrépidos movimientos, de las más incómodas posturas, con tal de no ponerse en condiciones de agotarse un poco. No sabe lo que se pierde. Quienes están en el paro lo saben, y por eso entenderán este elogio mejor que nadie.

Por Enrique García-Máiquez

Ilustración: Natalia Vélez

Del pavor a cansarse se podrían hacer lecturas psicológicas, sociológicas y político-económicas, pero las palabras tan largas no combinan bien con el cansancio: es otra de sus ventajas. Saque otro, pues, las conclusiones de adónde llegaría nuestra productividad si nos despreocupásemos de mantenernos a toda costa fuera del radio de acción del esfuerzo. Yo doy para una perspectiva poética. Tampoco haré la loa moral, en plan “la satisfacción del deber cumplido”. Eso, quien lo probó lo sabe. Quisiera hablar hoy aquí de una sensación mucho más física.

El cansancio produce una visión muy dulce de la vida. “Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo, / y más la piedra dura, porque esa ya no siente”. Se pueden compartir esos espléndidos versos de Rubén Darío sin tener que pasar por el trance de su angustia existencial rayana con el nihilismo. Basta un poco de cansancio para mirar con una ligera envidia la inmovilidad (mecida por la brisa) de los árboles dorados y la calma cerrada, contundente, contumaz, de un canto de río.

Pero es una envidia muy pasajera. El cansancio da un sabor inigualable a llegar a casa. Es su mayor virtud. “La casa es el lugar del que partimos”, creo recordar que dijo T. S. Eliot, y es un verso imperioso, madrugador, para otras horas del día. Ahora mismo, la casa es adonde da gusto llegar; y esta sensación la define mejor que la idea de Eliot, que hablaría de la casa de sus padres, y que luego no tuvo especial suerte con la suya de casado. Pero volvamos a nuestras casas. Los niños pequeños, que se acuestan –tras resistirse– tan pronto, benditos sean, dejan en el aire –al fin– un silencio muy delicado. Y dan con más ternura sus besos de buenas noches si el padre o la madre están derrengados.

Hablando de besos, el matrimonio es una institución perfecta para llegar cansados. Al noviazgo le pega (y pide) un punto de hiperactividad y sobreactuación. El matrimonio funciona bien –siempre que no sea siempre– a media luz, a media voz, a media vida, a media noche. Todo a medias; juntándose, completo. No he visto nada que descanse más que compartir dos cansancios. Se suman, mas se diría que se restan.

Hay mucha gente ahora que practica mucho deporte. Acabo de oír en el telediario que puede convertirse en una obsesión. Yo llevo ya varios años observándolo y advirtiendo en mis artículos de la manía contagiosa de correr por gusto. Pero estoy dispuesto a desdecirme. Si lo hacen por cansarse, entonces los entiendo. Si no puede ser trabajando, el cansancio, aunque sea corriendo, merece la pena.