Anciana sostiene bebe

El envejecimiento de la población es un hecho. Hoy España tiene un 40 por ciento menos de los niños necesarios para que se dé el relevo generacional. La población en nuestro país ha envejecido de manera drástica en las últimas décadas. Los españoles tienen proporcionalmente menos hijos que durante los años de la Guerra Civil y la posguerra. ¿A qué se debe esta tendencia? ¿Qué consecuencias puede tener un mundo poblado, en su mayor parte, por ancianos?

Por Blanca Ruiz Antón

En octubre de 2015, el Gobierno chino anunció un cambio en la “política del hijo único” que estuvo vigente durante 35 años. A partir del 1 de enero de este año, las parejas ya pueden tener dos hijos en lugar de solo uno, como respuesta al envejecimiento de la población. A raíz de este cambio, se prevé que en el año 2017 nacerán unos veinte millones de niños, es decir, cuatro veces más que en el último año. Sin embargo, expertos en demografía aseguran que, aunque un incremento en la tasa de natalidad ayudará a China a hacer frente al rápido envejecimiento de su población, a la reducción de su fuerza laboral activa y a la gran diferencia que existe entre la población de niños y niñas en la actualidad (hay 34 millones más de niños que de niñas), este cambio de política no es suficiente para superar las dificultades que enfrenta el gigante asiático.
El caso de España es, desde luego, diferente al chino, pues a los matri­monios no se les coarta la libertad para decidir el tamaño de su familia. Sin embargo, en nuestro país también existe una diferencia significativa entre el número de hijos deseados y el número de hijos real. Tal como muestra la Encuesta Familia y Género, realizada por el Centro de Investigaciones Sociológicas (cis) entre abril y junio del 2012, el 83 por ciento de los españoles quisieran tener entre dos (58 por ciento) y tres hijos (25 por ciento), lo cual aseguraría el reemplazo generacional. En cambio, actualmente, España tiene un 40 por ciento menos de los niños necesarios para que se dé ese relevo. “Es decir, en treinta años, habrá un 40 por ciento menos de jóvenes que en la actualidad”, explica Alejandro Macarrón, presidente de la Fundación Renacimiento Demográfico, una entidad dedicada a crear conciencia de las graves consecuencias de la baja natalidad y el envejecimiento de la población en nuestra sociedad.
Ante esta realidad, Macarrón señala que, para ser justos, el envejecimiento de la población mundial también se debe a causas “positivas”. “Hay que tener en cuenta que la espe­ran­za de vida sigue aumentando y la mortalidad infantil y juvenil es casi nula –fallecen tres de cada mil niños menores de un año en España–, lo que, unido a la baja natalidad, hace que la edad media de los españoles se sitúe en torno a los 43 años”, precisa el experto. Pero, aunque el incremento de la esperanza de vida y la disminución de la mortalidad infantil y juvenil provocaron un gran crecimiento de la población, a este aumento, hace unos 35 años, le siguió una caída en picado de la natalidad. Se llegó a “un déficit catastrófico” que todavía permanece. En España la tasa de hijos por mujer ronda el 1,27, casi un punto –o un hijo– menos de lo necesario para que se dé el relevo generacional (2,1 hijos por mujer).
El envejecimiento del pueblo español se debe, en un 75 por ciento, a la caída de la natalidad, y en un 25 por ciento, a que cada vez vivimos más. Si se hubiese mantenido la tasa de natalidad de hace cuarenta años, el promedio de edad solamente hubiera subido dos años y medio. Además, Macarrón precisa que “con sesenta años, ahora se es mucho más joven que con la misma edad hace cien años”.
¿Un país para viejos?
El envejecimiento demográfico afecta a España, pero también a los principales países de Europa occidental y, por extensión, al mundo entero. Sin duda, el cambio en el modo de vida y los valores ha hecho que la natalidad sea especialmente baja. En España, nacen a diario unos 1.168 niños, 396 menos que en 1980. Para asegurar el relevo generacional, se necesitarían unos 712 nacimientos más al día.
España es uno de los países más envejecidos de Europa y, a la vez, es el tercer país de la Unión Europea donde más abortos se realizan, después del Reino Unido y Francia. Diariamente, se practican unos 298 abortos. “Cuando una sociedad no quiere tener hijos, legislar sobre el aborto no ayuda a solucionarlo”, asegura Alejandro Macarrón. “La eliminación de esos 110.000 bebés por año sugiere una reducción correlativa de la natalidad”, apunta Francesc Pujol, y anima a valorar con más atención que pasaría si no se pudiera abortar o no fuera tan fácil. “Una legislación permisiva sobre el aborto y el aumento de los casos tiende a generar una banalización social del aborto”. Pero Pujol hace referencia también a aquellos padres que, a pesar de querer tener hijos, deciden abortar, pues se ven forzados por la presión económica o la violencia psicológica en contra de su deseo de tener al bebé. “Una sociedad democrática y social debería ser especialmente sensible para evitar todo aborto forzado”, opina Pujol. No obstante, los movimientos abortistas argumentan que se trata de una cifra casi insignificante, que ronda el 2 por ciento de los casos totales. “Aunque solo se tratara de esa cifra, sin duda calculada a la baja, estamos hablando de la responsabilidad de salvar la vida a 2.500 bebés por año. Queda mucho por hacer en este aspecto, porque, además, se trata de un asunto en el que todas las fuerzas sociales están de acuerdo”, asegura Pujol.
Francesc Pujol, profesor de la Fa­cultad de Ciencias Económicas y Empresariales de la Universidad de Navarra, indica que “España es ya uno de los países más envejecidos del mundo, y estas dinámicas demográficas, que son muy persistentes, anuncian una sociedad ‘de viejos’ en un futuro cercano”. Por otro lado, según datos del Instituto Nacional de Estadística (ine), las personas mayores de ochenta años ya son, actualmente, más de 2,7 millones, lo cual representa un seis por ciento de la población. Y esa sociedad eminentemente envejecida o “gerontocrática”, como la llaman los expertos, hace que se generen “dinámicas sociales propias”, porque los temas que importan o preocupan a cada generación son muy distintos, y la respuesta y solución que se da a los problemas varía según la edad de la población. Como norma general, entre los asuntos que más preocupan a los mayores están los relacionados con la seguridad social, la sanidad y la inmigración. En cambio a los jóvenes, suelen interesarles, sobre todo, temas como la educación, el cambio climático y el medioambiente. Estas diferencias determinan, en definitiva, que la sociedad “mire hacia el pasado o hacia el futuro”, afirma Pujol.
Causas de la baja natalidad
Para explicar los motivos de la baja natalidad, hay que considerar diversos facto­res, entre ellos, los económicos y socio­lógicos. Pujol asegura que se trata de “una cuestión compleja que no permite una respuesta simple”. “Entre los factores económicos, se encuentran la alta tasa de paro española y la precarización de los salarios, que hace que las familias consideren como un ‘coste’ inasumible tener el primer hijo o tener más niños”, asevera. Por su parte, Macarrón comenta que, entre las causas de la caída de la natalidad, está que se tiene solo un hijo porque “se le quiere dar lo mejor, y esto solo es posible si no hay otro niño al que mantener”. Por eso, afirma que “el mejor regalo que le puedes dar a tu hijo no es un máster en Harvard, sino un hermano, ya que entre tener un hijo o dos hay una grandísima diferencia, no solo para el beneficio del país, sino también para la propia familia”.
Entre los factores socioló­gicos, Pujol destaca “la baja tasa de emancipación de los jóvenes, que no abandonan el hogar paterno, o el retraso de la edad para contraer matrimonio o asumir otras fórmulas de convivencia”. “Antes, tener hijos era una prioridad tanto para los hombres como para las mujeres, pero ahora no es así.
También es cierto que se comienza a ser adulto más tarde y no se alcanza estabilidad económica y vital antes de los 35 años, lo que, inevitablemente, repercute en la paternidad y en la maternidad”, insiste Macarrón. Algo en lo que coincide con Pujol, quien destaca que otro factor que interviene es que “además de los costes meramente económicos, cada vez adquieren más peso aquellos ligados a la percepción de pérdida de autonomía personal. Hay sociólogos que hablan de una generación en la que se ha desarrollado un fuerte rechazo a asumir compromisos vitales permanentes, y la paternidad y la maternidad son uno de ellos”, subraya Pujol. Después de todo, los datos hablan por sí solos: España y Portugal son los países donde más tarde se tienen los hijos en la Unión Europea. Además, países como Irlanda e Italia también han sufrido un descenso drástico de la natalidad.
¿Qué podría pasar?
Los datos actuales, lejos de ser alen­tadores, muestran que desde 1981 la población mayor se ha duplicado, mientras que la juvenil se ha reducido a la cuarta parte, según datos del ine. Por lo tanto, si esta tendencia continúa, en el año 2050, por cada tres mayores de 65 años, solo habrá cinco personas en edad de trabajar.
La escasa natalidad afecta a la socie­dad de una manera sorprendente. “El perjuicio económico que genera la falta de población activa se refleja en el posterior decrecimiento económico de la sociedad. El hecho de que no haya suficiente población puede ser un freno o un obstáculo para la economía y para la sociedad”, explica Macarrón.
“Una baja tasa de natalidad per­ma­nente, muy por debajo de la tasa de reemplazo generacional, unida al aumento de la esperanza de vida, conlleva a largo plazo una modificación en la pirámide de población (que ya se ha producido), en la que cada vez es más alto el porcentaje de gente mayor y muy mayor”, comenta Pujol. Ese cambio en la pirámide pobla­cional tiene graves consecuencias también en los bolsillos de todos los contribuyentes españoles. Muestra de ello es la gran partida de los Presupuestos Generales del Estado que se destina al sistema de pensiones o al sanitario. “Sin duda, las personas mayores merecen recibir ese dinero, pero se necesita una amplia población activa que pueda soportar ese gasto”, asegura Macarrón.
Se conformará un estado del bienes­tar insostenible, con un sistema de pensiones cada vez más difícil de costear, en palabras de Pujol, “se disparará la proporción de personas jubiladas por cada trabajador. Es la población activa la que tiene que generar rentas para cubrir tanto sus necesidades como las de las llamadas “clases pasivas”. Al reducirse –en proporción– el número de trabajadores, la evidencia económica anuncia cambios inevitables, que supondrán sacrificios tanto para los trabajadores como para los jubilados”. Estos sacrificios serán necesarios para mantener un alto grado de bienestar. Aunque por ahora se desconoce qué deberá asumir cada parte, está claro que “en clave de fuerza política, la cuota de poder de las personas mayores será cada vez más alta”.
Las consecuencias de ese envejeci­miento son innumerables. Por ejemplo, “la devaluación de las casas y los acti­vos”, apunta Macarrón, ya que, al haber menos compradores potenciales, se devalúa el precio de los inmuebles. En definitiva, se tenderá a la “irrelevancia en el contexto mundial”. Un país sin suficiente población activa “tiende a tener menos peso, como ocurrió con Japón, que iba a convertirse en la pri­mera potencia mundial; se estancó su natalidad, y ahora está entre los países más envejecidos del mundo. Es el primer país donde cayó la natalidad y cada vez tiene menos peso en el panorama internacional”. Aunque los datos no son esperanzadores, Pujol anima a no caer en el pesimismo, porque “este nuevo tipo de sociedad puede ser fuente de nuevas oportunidades que hay que saber identificar, valorar y explotar”.
Superar el invierno…
Macarrón denuncia que el enve­jeci­miento de­mo­gráfico es un problema al que “los Gobiernos y la sociedad civil no han prestado atención”. Recuerda que, hace algunos años, hubo una corriente de opinión muy fuerte que alertaba de la superpoblación mundial, y esta idea ha quedado latente en la forma de pensar de una sociedad que ha cambiado de hábitos y en la que se ha transformado el tipo de población. “Hace cuarenta años, este tema era recurrente porque la natalidad era mucho más alta que la mortalidad; la medicina occidental había llegado a todo el mundo y la población había crecido a un buen ritmo, pero, en las últimas décadas, la tasa de natalidad ha caído a la mitad”, insiste Macarrón.
A la hora de aportar soluciones, Macarrón asegura que hay que crear un cambio de conciencia. “Tenemos un enorme problema a corto y largo plazo que los Gobiernos ignoran, y, si no se es consciente de ello, es imposible reaccionar”. Es preciso aprobar ayudas a la natalidad, que pasan, sin duda, por los beneficios fiscales. “Mantener a un hijo cuesta dinero, pero supone un grandísimo bien para la sociedad. Por eso, quienes tienen más hijos deberían tener acceso a una mejor seguridad social y pensiones más elevadas. Actualmente, cuentan con beneficios fiscales, pero no los suficientes”. De igual manera, el presidente de la Fundación Renacimiento Demo­gráfico afirma que debe ser el Estado el que asuma el coste de la baja por maternidad. A día de hoy, “las empresas cargan con el coste, cuando debería ser el Estado el que lo asumiera, porque se trata de un bien para toda la sociedad. Así, se facilitaría el empleo femenino y la natalidad, ya que en algunas empresas, aunque no se quiera, se penaliza”. En este sentido, Macarrón pide “un cambio cultural a favor de la maternidad, que favorezca tener hijos”. “El hecho de que en las empresas se entienda que tener hijos es bueno para la sociedad marca la diferencia. Y a esa cima se llega concienciando a la clase política y la sociedad civil”, precisa el experto. “La sociedad necesita reajustarse, compatibilizar los valores positivos que posee con la creación de un sistema sostenible”, concluye.
¿Quién rejuvenece España? Oportunidad y desafío
Carrera niños
España es un año más joven si se tiene en cuenta a la población inmigrante. Aunque no se trata de un “cambio radical”, sí favorece el rejuvenecimiento poblacional. En ese sentido, los datos hablan por sí solos: el padre o la madre de uno de cada cuatro niños menores de cinco años es extranjero, los padres de uno de cada doce niños menores de cinco años son musulmanes. Según datos recientes, el índice de fecundidad de las madres españolas se sitúa en 1,27, mientras que el de las extranjeras en España ronda el 1,6. “Está claro que la siguiente generación de españoles va a ser mucho más plural tanto en el aspecto cultural como en el religioso”, precisa Macarrón. En la actualidad, la población española supera los 46,4 millones de habitantes, pero sería aproximadamente de 42 millones, de no ser por la aportación de los inmigrantes. Regiones como Cataluña, Murcia o La Rioja acogen a una gran cantidad de población inmigrante que tiende a tener más de 1,3 hijos por mujer, que es la media de las españolas. “Esto puede deberse a su cultura, pero también a que muchos de ellos emigran cuando están en edad de tener hijos”, concreta Macarrón. Sin embargo, advierte de que la mejora en la natalidad de la población inmigrante puede llevar a pensar que no existe un problema real en la sociedad, lo cual no es cierto. “La natalidad de los inmigrantes hace que los datos sean mejores, pero eso no quiere decir que no haya un gran problema de envejecimiento y de relevo generacional en España”.

 

 

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