Es Dios que pasa en medio de la tormenta

¿Y si la situación actual, que parece un total descalabro, fuera la oportunidad para encaminar tu vida en la dirección correcta?
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Por Rut Sanchez

Por Isabel Molina Estrada

Cuando se ha intentado explicar a la luz de la fe la pandemia que azota a la humanidad, han resonado varias “teorías”. Algunos, como Atanasio Schneider, O.R.C., obispo auxiliar de Astana (Kazajistán), han asegurado que es un castigo, “una intervención divina para purificar al mundo”. Esta teoría se apoya en que Dios, precisamente porque es un buen Padre, amonesta a sus hijos para reconducirlos.

Otros han asegurado que Dios no castiga, simplemente acata las leyes que Él mismo ha creado –entre ellas la libertad del hombre– y es el propio hombre quien, con su actitud prepotente y su constante fabricación de ídolos, cierne sobre la civilización su propio flagelo. Como ha dicho el sacerdote jesuita José L. Caravias, “si los humanos nos empeñamos en realizar disparates, Él no nos ataja: nos respeta con pena”. Sin embargo, este mismo ser humano observa perplejo el resultado de sus acciones y se gira hacia Dios para pedirle cuentas (o un poco de consuelo).

Subiendo un peldaño más, están quienes aseguran que Dios no solo no castiga ni maldice a los suyos, sino que Él mismo “en la cruz ha bebido, delante del mundo, el cáliz del dolor hasta las heces”. Son palabras de Raniero Cantalamessa, predicador de la Casa Pontificia, quien además añade que con este gesto Cristo “ha mostrado que el cáliz no está envenenado, sino que guarda una perla en el fondo”.

Sea cual sea la postura que cada uno adopte frente a la crisis generada por el coronavirus, lo que está claro es que este es el tiempo en el que nos ha colocado la divina Providencia y es un momento histórico. Porque como recordaba Joseph Ratzinger-Benedicto XVI en la segunda parte de Jesús de Nazaret, aunque Dios a veces deja al mal un margen demasiado grande para nuestra comprensión, “a Dios, la Historia nunca se le va de las manos”.

No cabe duda de que es un tiempo de kairós. El kairós en la filosofía griega se entendía como un tiempo en el que algo importante sucede; y en la teología se le conoce como un “tiempo de Dios”. En otras palabras, un período en el que Dios se hace patente, palpable, casi vivible. Su susurro se convierte en grito; su caricia suave se transforma en apretado abrazo. Dios no solo se deja intuir, sino que sacude de su letargo a muchos a la vez porque quiere que le miren y que recuerden que a cada uno lo ha llamado por su nombre.

Reordenar prioridades

Evidencia de esto es que, en los últimos meses, aunque cada persona ha vivido los acontecimientos de un modo diferente –desde enfrentar cara a cara la muerte, experimentar el contagio del virus y enfermar, trabajar en servicios de primera necesidad para que los demás se cuiden, o simplemente resguardarse en casa–, muchos aseguran haber estado más sensibles para reenfocar la mirada en lo esencial. Para redescubrir su vida de cara a Dios y a la eternidad.

Es el caso de Pablo Gimeno, analista económico y director de una consultora de inversión, quien vivió una conversión que califica de “brutal” en un retiro de Emaús justo un par de semanas antes del confinamiento. Gimeno hizo un vídeo durante la Semana Santa para “ocho amiguetes que lo estaban pasando muy mal por el coronavirus” en el que comentaba que este tiempo podía ser como “un Emaús en potencia”. Es decir, una oportunidad para crear “una sociedad mejor, más fuerte, más unida”, que recupere “los valores de la familia que se están perdiendo” y que pase de dedicar tanto tiempo a “cultivar la mente y el cuerpo”, a destinar más horas “al espíritu”.

En conversación con Misión, Gimeno comentaba que en aquel fin de semana de retiro pudo ver “la necesidad que hay de fe en esta sociedad que va con prisa a todos los sitios, con un orden de prioridades desequilibrado, y donde falta atención a lo importante”. Luego, decía, de la noche a la mañana, “llega un virus y te ves obligado a pensar y a reenfocar muchas cosas. Esto puede hacernos mucho bien, dentro del dolor que está causando (que no es poco)”.

«Ahora puedo atreverme sin ningún miedo a decir lo que creo porque tengo que recomendar lo bueno, y lo bueno es encontrarte con Dios«

Un paso al frente

Al plantear este enfoque del momento actual, Gimeno tiene claro que le pueden tildar “de frágil o de paranoico”, pero le da igual. “Mi madre me decía: nunca te avergüences de que te vean santiguarte. Eso solo lo he entendido ahora, que he grabado un testimonio que envié a ocho personas una noche antes de irme a la cama y que a la mañana siguiente, cuando me levanté, aunque pensé que ninguno lo habría visto, tenía 8.000 visualizaciones; y 10 días después, más de 100.000”.

Pero su vídeo no se hizo viral por lo que contaba en él (que estaba muy bien), sino porque expresaba algo que muchos más quisieran poder decir y no se atreven: “Uno de cada tres mensajes que me llegaron a raíz del vídeo me decían ‘¡qué valiente eres!’ (porque la gente sabe que salgo en medios de economía y que estoy en TV)… Pero es que ahora puedo atreverme sin ningún miedo a decir lo que creo porque tengo que recomendar lo bueno, y lo bueno es encontrarte con Dios”.

«Dios quiere que lo volvamos a descubrir como el único significado de nuestra vida«

¿Me dejas entrar?

“¿Realmente solo esperamos que pase la pandemia y vivir como antes?”, se preguntaba Verónica Berzosa, fundadora del instituto religioso Iesu Communio, en un mensaje en el que intentaba contestar a los cientos de llamadas y peticiones que habían recibido en su convento en el pico de la crisis sanitaria. “Creyentes y no creyentes expresaban todo tipo de dudas, dolor, lágrimas, impotencia, rabia, esperanza, petición de oraciones”, comentaba la madre superiora de esta pujante comunidad de religiosas, cuya pregunta no se queda en el aire. Interpela a cada persona en su situación particular. Y se podría añadir: ¿Qué quiero que cambie en mi vida después de haber comprobado que todo a mi alrededor se puede desmoronar de repente? ¿Dónde quiero anclarme?

Carla Vilallonga fue una de las primeras personas que enfermó de Covid-19 en España. Había estado en Italia y, al regresar, le dolió la cabeza durante varios días seguidos. A esa sensación le siguió una semana de hospitalización en la que Carla sintió miedo pensando que podían morir personas a las que ella había contagiado y experimentó la “impotencia de no poder salvar a los enfermos que tenía a su lado”.

“En esta lucha, cuenta a Misión Carla –que es responsable de alumnos Erasmus de la Universidad Francisco de Vitoria y miembro del movimiento Comunión y Liberación–, me vino la frase de san Pablo: ‘En la vida y en la muerte, somos del Señor’”. Por eso, cuando sus amigos y su familia le deseaban que mejorase, algo le decía que eso por supuesto era deseable, pero que aquello no era “para lo que el hombre, en última instancia, está hecho. No puede ser que mi felicidad, mi plenitud, dependa de que yo esté sana. La muerte es un hecho: tiene que haber algo en esta vida que desafíe a la muerte; que sea más grande y más fuerte que la muerte”.

Pocos días más tarde, el 27 de marzo, desde el atrio solitario de la Basílica de San Pedro, en un momento extraordinario de oración, el Papa Francisco decía: “Es el tiempo para elegir entre lo que cuenta verdaderamente y lo que pasa, para separar lo que es necesario de lo que no lo es. Es el tiempo para restablecer el rumbo de la vida hacia ti, Señor, y hacia los demás”.

Y así lo vivió Carla en el proceso de reflexión que desencadenó la enfermedad: “En este momento más que nunca nos podemos dar cuenta de que la vida es una llamada, no importa si estás enfermo o no, si estás enfadado o si estás en paz con todos. Jesús nos llama a una relación amorosa, íntima y concreta, que pasa a través de la carne: del prójimo y de mi propia humanidad. Es un tiempo para que nos preguntemos quiénes somos y cuál es el significado de nuestras vidas. Dios quiere que lo volvamos a descubrir como el único significado, porque muchos ya le habíamos dicho que se apartase, que nos molestaba; como si ya le conociéramos y no pudiésemos esperar nada más de Él. En cambio, ahora es como si llamase a nuestra puerta: ‘¿Me dejas entrar y mostrar Quién soy?’”.

Desnudos y en silencio

Pablo Gimeno ha vivido el confinamiento en casa con su mujer y sus tres hijos. Tendría que estar preocupado porque a su sector le ha caído un “tsunami”. En cambio, se le ve alegre porque percibe algo mucho más importante: el despertar de personas que tiene a su lado. “Yo salí de Emaús y me puse a proyectar en un folio cómo conseguir una propagación rápida de este fenómeno [un encuentro con Dios] porque la fe hace bien. Lo que no me podía imaginar es que nos venía un Emaús casero. Conozco al menos cincuenta personas que no han creído ni han rezado en su vida. En estos meses los he visto doblegados, y me han dicho: ‘No te he podido coger el teléfono porque estaba viendo la misa’. O personas con las que llevo 10 años trabajando y que nunca habían dicho la palabra ‘rezar’ me han comentado que acaban de hacerlo. Creo que vamos a salir de esto reforzados espiritualmente”.

Quizás sea cierto, quizás no. Porque eso depende de la respuesta de cada uno a este tiempo de gracia. En todo caso, Gimeno lo tiene claro: “Esto a mí me ha servido para poner a Dios en el centro. Antes lo tenía como un elemento más, que estaba ahí… Ahora está absolutamente en el centro y lo noto en mi familia, en mi mujer, en mis hijos, con mis hermanos… y en muchas cosas del día a día”.

Sin embargo, el peligro del que alertaba la madre Verónica es real: que todo pase, el mundo se olvide, y volvamos a vivir como antes. Así lo ha notado Carla Vilallonga, en cuanto ha vuelto a su vida ordinaria, tras recuperarse de la enfermedad: “Intentas retomar el control de todo tú solo. Porque durante la enfermedad te quedas como desnuda, sin defensas, y, en cuanto tienes fuerza, olvidas tu dependencia del Padre, que te incomoda, y te empiezas a revestir, poniéndote capas que hacen que te vuelvas a creer autosuficiente”.

Para no ceder a este riesgo, sugiere dejar espacio al silencio que requiere tu relación amorosa con el Señor. “Si le dejas un poquito de espacio, Él puede, poco a poco, invadir cada segundo de tu vida. Ojalá todos los cristianos podamos vivir con silencio interior y esperar en mitad de la jornada de trabajo, del ruido, mientras tecleamos en el ordenador o apilamos papeles, que vuelva a pasar el Amor de nuestras vidas”.  

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