Expulsado del paraíso

Sé cómo se sentían Adán y Eva. Yo también he estado en el paraíso y también me echaron. El año pasado, una afección de garganta me tuvo tres meses largos sin poder hablar y, por tanto, encerrado en casa, sin poder dar clases ni acudir a eventos sociales. El paraíso, vaya. Leí como nunca, porque en la universidad sí echaba horas, pero con cargo de conciencia por no estar estudiando Derecho Tributario. Ahora estaba en la gloria. Leyendo sin interrupciones en mi casa cumplía con las tajantes órdenes del médico. ¿Todo el rato? No, no, a veces paraba. Para escribir.  Ya digo, la gloria.

Por Enrique García-Máiquez

Ilustración: Silvia Álvarez

Había escrito un aforismo que profetizaba esta situación: “¡Cuánto trabajaría yo si fuese rico!”. No era rico, pero estaba enfermo y podía, en efecto, trabajar en la literatura, que es lo mío, como un chino (como un poeta chino, para ser más preciso; Li Po o alguno similar). Lo había advertido también Jules Renard:  “Solo estoy seguro de una verdad: el trabajo hace la felicidad. Solo de eso estoy seguro, y continuamente lo olvido”.

Yo no lo olvido, pero no me dejan, y volví al instituto a desgañitarme y a dejar de leer y escribir. Quiero precisar que mi trabajo de profesor me gusta bastante, aunque no el de gestor administrativo. La enseñanza cada vez está más burocratizada, y aún más si uno tiene el mal fario de ser jefe de estudios, como es mi caso. Menos clases, ay, y más papeleo, uf. Imaginen lo que esto supone para quien siempre se imaginó el infierno bajo la forma de una gestoría. Y añádanle recaer allí tras unas semanas de lectura intensiva y de escritura continua. Mi empatía con Adán y Eva, los expulsados del paraíso, fue total. Comprendo que, para arrancarlos del Edén, el ángel tuviera que echar mano de una espada flamígera.

Sin embargo, no todo es tan terrible. Me queda la esperanza de que Adán y Eva fueron santos tras su expulsión. Quien estuvo en el Edén lo puede reconocer mejor y más intensamente con apenas haberlo vislumbrado. Borges nos advirtió de que “no pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso”. Ahora, en mi caso, un rato de lectura o de escritura, arrancado trabajosamente, como Adán extraía después el pan de la tierra sudorosa o Eva paría con dolor, me conducen de vuelta al paraíso. A ellos hubo de sucederles igual con el suyo. Y esos fogonazos retrospectivos son la prenda de un Paraíso más alto.

Lo que nos recuerda el ejemplo perfecto. Comulgar es colarte en el Paraíso, y puede hacerse cada día. Es verdad que luego el reloj (tres agujas flamígeras) te expulsa de inmediato a los afanes del momento, pero ahí queda el hecho, la huella, la promesa futura y tan cumplida. El libro leído intensamente, aunque ya lo hayas terminado, queda dentro. Nadie que haya estado en el Paraíso (uno u Otro, todos son el mismo) puede ser expulsado del todo. Y jamás para siempre.