Ya en el vientre materno, los médicos diagnosticaron a su primer hijo un caso severo de labio leporino del cual solo se conocen 50 casos en el mundo. Además de ser ciego y prácticamente mudo, su hijo Christian tiene problemas de deglución. Sin embargo, para Lacey Buchanan y su marido Chris abortar nunca fue una opción.

Por Blanca Ruiz Antón / Fotografía: Cortesía de la familia Buchanan

A pesar de todas las complicaciones, las salas de espera y la cantidad de lágrimas derramadas, Lacey Buchanan está convencida de que su hijo Christian es uno de los dones más grandes que ha recibido en su vida: “Me ha enseñado a no despreciar un regalo porque no me guste el envoltorio. Él me muestra lo que es el amor incondicional, lo que significa la alegría en la tribulación y me ayuda a ser mejor persona”.
Esta lección de vida comenzó en el verano de 2010, cuando Lacey supo que estaba embarazada. Tenía 23 años, acababa de casarse, estudiaba Derecho y su sueño era construir una familia. Sin embargo, esa alegría se convirtió en angustia tras una revisión rutinaria en el ginecólogo donde le dijeron que algo iba mal en el desarrollo de su hijo. Los médicos no supieron decirles a ella y su esposo el alcance de los problemas que tendría el bebé, pero parecían serios. “Fueron momentos muy duros en los cuales nos aferramos a nuestra fe”, recuerda Lacey hoy bajo la perspectiva que da el paso del tiempo. A pesar del pronóstico desolador, ni ella ni su marido se plantearon en ningún momento abortar: “Christian era querido y esperado antes y después de saber que algo iba mal. Enterarnos de que vendría enfermo no cambiaba nada”.
Christian Buchanan nació en febrero de 2011, afectado por un raro y agresivo tipo de labio leporino del que tan solo hay documentados unos 50 casos en el mundo. Rodeado de tubos, médicos y medicinas en la unidad de cuidados intensivos del hospital, tuvieron que pasar varios días hasta que su madre pudo tenerlo en brazos. “La primera vez que vi a Christian me enamoré profundamente de él. No veía su deformidad, en absoluto. Simplemente tenía delante a mi hijo queridísimo que respiraba por sí solo, aunque los médicos habían dicho que no podría hacerlo, y estaba profundamente agradecida de que estuviera vivo”, recuerda Lacey.
Desde entonces, el hospital ha sido su segunda casa y el quirófano parte de su rutina, porque Christian se sometió no solo a una cirugía plástica, sino también a intervenciones para la reconstrucción del paladar. Debido a la especial atención que requería, Lacey dejó su diplomatura en Derecho para ser madre a tiempo completo. De esto hace ahora cuatro años. La decisión nunca ha sido para ella una carga, al contrario, está agradecida por cada día que puede pasar con su hijo. “Es un honor ser su madre, criarlo y verlo crecer. Me tomo bastante tiempo para rezar y aceptar que mi niño tiene una discapacidad y que no puedo ayudarle, pero nunca me he sentido incómoda por ello. Solo quiero lo mejor para él y estoy convencida de que se lo merece”, asegura.
Ser ciego no lo limita
Christian disfruta más que ninguno de cada pequeña cosa del día a día y, sobre su ceguera de nacimiento, su madre afirma que “ni siquiera eso es una limitación para él porque no es consciente”. Su hijo solo debe aprender a hacer las cosas de manera distinta a la del resto de niños, pero “eso no significa que sea malo o peor. Tampoco significa que él no pueda ser feliz y hacernos muy felices a todos”. Por eso Lacey no permite que se tenga compasión de Christian: “Nuestro valor no procede de cómo somos, sino de que Dios nos quiso a cada uno y eso la gente lo olvida. No somos más por tener salud y dinero, porque eso puede cambiar de un momento a otro. Hay mucha gente que tiene salud y dinero y es muy desgraciada”.
Crece la familia
Cuando Christian tenía poco más de un año y medio, Lacey descubrió que estaba embarazada de nuevo. Según unas pruebas que el matrimonio se hizo poco después del nacimiento de Christian, las malformaciones que este sufre no son de origen genético, pero sí revelaron que ante un segundo embarazo las posibilidades de que el bebé tuviera una malformación similar eran del 25 por ciento. “Nos asustamos porque no sabíamos qué hacer si el bebé venía con el mismo problema que Christian, pero enseguida nos dimos cuenta de que esa no era una actitud propia de un cristiano. Debíamos estar agradecidos por un nuevo hijo que vendría a nuestra familia”.
En mayo de 2013 nació Chandler sin ningún tipo de complicación. Según sostiene su madre, el apoyo de la familia en este tiempo ha sido “más fuerte que nuestros miedos”. Y subraya que su familia y amigos han cuidado de Christian tratándolo como uno más de la familia y disfrutando de verlo crecer al igual que ella. “No puedo imaginar todo lo que nos estaríamos perdiendo si hubiéramos abortado. Cuando sugieren que en casos así hay que abortar ‘por compasión’, yo les digo que la vida siempre es la respuesta, la verdadera compasión es amar a tu hijo a pesar de sus discapacidades y ofrecerle cada día la oportunidad de vivir una vida feliz dándole amor y recibiéndolo de él”.
Lacey tiene varias páginas web y perfiles de Facebook en las que, como cualquier otra madre, publica fotos de su hijo. “He tenido a Christian dentro de mí durante nueve meses, lo he dado a luz y en los últimos cuatro años no he hecho más que criarlo. Estoy orgullosa de él, de cómo es y de ver el niño en que se está convirtiendo, por eso me gusta publicar sus fotos”. Sin embrago, ella sabe que algunas personas miran a Christian y no ven un niño, sino su deformidad. “Intento explicarles que es un ser humano como el resto de nosotros, que es feliz, que está sano y que es amado. Sus discapacidades son solo algo que tenemos que gestionar, así que lo hacemos y seguimos adelante”. Por eso Christian no utiliza gafas de sol o gorra para esconder sus problemas. “No nos da vergüenza, tampoco nos asustan las reacciones del resto. Nunca en mi vida haré que Christian se esconda o se sienta avergonzado de ser como es. Es un ser humano increíble, fuerte y maravilloso, y no hay nada que ocultar”.