“Chema se nos ha ido al Cielo para siempre, para siempre, para siempre…”

La Familia Postigo Pich-Aguilera es un ejemplo de amor, de generosidad y de lucha. Padres de 18 hijos, Rosa y Chema han sido, desde que se casaron, un testimonio vivo de fe y de esperanza inigualable. Los conocimos en el número 31 de Misión y hemos querido recuperar su maravilloso testimonio hoy que Chema se ha ido al Cielo a seguir cuidando a su numerosa familia desde allí arriba.

Por Margarita García

Familia Postigo Pich-Aguilera

Después de que sus tres primeros hijos nacieran con cardiopatías congénitas severas, los médicos les dijeron que no debían concebir más. Hoy viven quince, tres están en el Cielo. Los Postigo Pich-Aguilera son una familia peculiar, de hecho, son el matrimonio con más hijos escolarizados de España. Al ser su caso tan llamativo, han despertado la curiosidad tanto de medios de comunicación como de amigos y familiares que, admirados, preguntan a Rosa: “¿Cuál es tu secreto?”, a lo que ella ha decidido responderles escribiendo ¿Cómo ser feliz con 1, 2, 3… hijos? (Palabra, 2013), el libro que acaba de publicar.

¿Cómo se organizan 17 personas en un piso?
Rosa: En mi familia somos 16 hermanos y en la de mi marido son 14. Siempre he vivido así, por lo que para mí no tiene mucho misterio. Mi marido y yo habíamos sido tan felices en nuestras familias que mi mentalidad no concebía una familia con uno o dos hijos. Para comer en familia –una de las citas más importantes y divertidas del día–, encargamos una mesa con una rueda en el centro que facilita la distribución de los alimentos. Para dormir, tenemos literas de tres; y en cuanto a la comida, hago una compra on-line al mes: 1.300 galletas, 240 litros de leche, 96 rollos de papel higiénico… Y si se acaba el jamón y te apetece un sándwich, te lo haces solo de queso, que no pasa nada. En esto, nuestro ejemplo es muy importante. Queremos educar a nuestros hijos para que no dependan de las cosas, de las chucherías; que no sean esclavos de lo material. En comida es posible que gastemos menos que familias de dos o tres hijos porque consentimos pocos caprichos.

En su casa, cada hijo mayor se encarga de cuidar a uno pequeño. ¿Se rebelan los niños por tener que trabajar más que en cualquier otra familia?
R: En la última presentación que hicimos del libro, en el turno de preguntas, una señora dijo: “¡Soy la mayor de diez y es horroroso!”. Entonces, le pedí a mi hija Tere, de dieciséis años, que estaba de azafata, que contestara ella. Le dijo: “No sé qué ha vivido usted en su familia, pero yo soy muy feliz con mis hermanos. Es verdad que tenemos un pequeño encargo, ¡pero no estamos pringados todo el día! Un día te toca poner la mesa, otro día recogerla, pero todos tenemos nuestros amigos, nuestro estudios y nuestro tiempo libre”. La señora vio que era verdad, que nos organizábamos muy bien.

¿Cómo pueden viajar todos juntos?
Chema: En una Volkswagen de cuatro filas, un poco más larga. La pedimos con medio metro más. Tenía que ser esa, porque el resto de marcas solo las tienen con asientos individuales, de modo que quien se sienta en medio no puede hacer viajes largos porque acaba con dolor de espalda. Hemos pedido permiso a la dgt para que nos dejen llevar más niños. Después de dos años negociando, lo conseguimos. Ahora hemos participado en la nueva ley de seguridad vial para que otros disfruten de este derecho.

¿No es desesperante vivir tantos bajo el mismo techo?
R: La naturaleza humana está hecha para convivir unos con otros, y la gente busca la felicidad. Esa felicidad no está en: “Yo, conmigo mismo, me voy a comprar, voy a hacer un viaje…”. Está en darte a tu marido, a tus hijos, a tus ami­gos… en el día a día; en el despertarte por la mañana con tu marido, en desayunar y caerse otra vez el vaso de leche…
En España ya nos estamos dando cuenta de que la pirámide no solo está invertida, sino que cada vez somos menos, que hay más ancianos y menos niños. Antes nos pasaba que la gente nos veía y gritaba: “¡Qué horror, tantos hijos! ¿Cuánta comida necesitáis?…”. Ahora nos miran con agradecimiento. El problema hoy no es la falta de comida, es la soledad de los mayores… La gente muere sola y esto es muy triste.
Ch: Con esta situación, se está privan­do a los niños de la experiencia vital de los abuelos. Mi suegro, Rafael Pich-Aguilera, cuando hablaba de la presencia de los mayores en la familia, solía decir: “¿Os habéis fijado en las puertas de los colegios cuando van los papás con sus niños? Van corriendo, tirando del niño, y el pequeño casi llorando… Pero los que van con el abuelo van tranquilos porque la misma naturaleza los acompasa”. Por un paso que da el abuelo, lento y largo, el niño da dos pasos normales. Hasta la naturaleza nos sincroniza.

¿Cuál es la prioridad en su economía familiar?
Ch: La educación, que consideramos la mejor inversión en los hijos. Los nuestros van a colegios privados que nos cuestan dinero. Es verdad que hay públicos fantásticos, pero buscamos cierto carisma y valores. Como no siempre nos ha sido posible pagarlos, hemos ido a la puerta de los abuelos en busca de su ayuda.

¿Cómo viven la paternidad responsable?
R: Durante cada embarazo me encuentro muy mal, devuelvo casi todos los días… Así que, con cada nacimiento, piensas cómo estás anímica y económicamente. Es una valoración que hacen papá y mamá, no la hace el Estado, ni la tía, ni el sacerdote… En nuestra cama no se mete nadie.
Mi hermana pequeña me pregunta muchas veces: “Pero a ver, Rosa, ¿tú, cuanto gastas?”. Es verdad que los gastos se multiplican, que no salen las cuentas, pero mi experiencia es que no podemos contabilizar la vida en euros, porque hoy tienes trabajo y mañana quién sabe. Las personas piensan en lo que tienen hoy y no en que Dios proveerá. Aparte de esto, yo siempre me he considerado un poco loca de la vida: no estoy todo el día programando. A lo mejor son cuatro…o diez. No soy tan inflexible en materia de paternidad.
Ch: Creo que la gente no se ha leído bien la Humanae Vitae. El Papa Pablo VI consideraba que no se puede separar el significado unitivo del procreativo. En la relación íntima, si separas el significado unitivo del procreativo, lo que haces es romper la esencia de esas personas que están hechas para amar. Y un amor que no da fruto es un amor muerto. En cambio, si el amor es amor de verdad, genera amor, genera otra criatura, y en esa criatura los esposos se gozan. No se habla en negativo. La paternidad responsable habla sobre la bondad del matrimonio, la bondad por la que hemos sido creados.

¿Qué les ha sostenido en la pérdida de tres de sus hijos?
R: Nos casamos con la ilusión de tener una familia numerosa. Llegó nuestra primera hija y, al nacer, nos dijeron que no viviría más de tres años, si es que llegaba. Al año nació el segundo y luego el tercero… y en cuatro meses se nos murieron el segundo y el tercero. Nosotros nos preguntábamos: “Señor, ¿por qué nos estás haciendo esto? Nos quitas un hijo, ahora vamos a enterrar al segundo…”. Y no entendíamos. Pensamos que lo podemos todo y no conocemos los planes de Dios. Yo soy la primera que me hubiese tirado por la ventana… pero gracias a Dios tenemos fe. Porque si no, no hay nada, ni pastilla, ni consuelo humanos… Con el tiempo, hemos reflexionado y llegado a comprender por qué el Señor quiso llevar­se tan pronto a estos niños. Tenemos unos ángeles en el Cielo que tiran de la familia porque, en reali­dad, nacemos para ir al Cielo. Esta vida es de paso.
Las historias de sufrimiento, para cualquier familia, suponen oportunidades para conocer a Dios muy de cerca y darnos cuenta de que el tiempo es muy breve y de que hemos nacido para la eternidad.

¿No se plantearon que hubiera sido mejor no tener más hijos?
R: A mi madre le decían que yo era una inconsciente y los médicos nos decían que la probabilidad que teníamos de que nuestros hijos murieran era del cien por cien. Nos lo decían con toda su sabiduría: “¡No tengáis más hijos!”. Pero en la ciencia, no siempre dos más dos son cuatro, y a día de hoy viven quince hijos y otros tres en el Cielo, viven para siempre; son hijos para la eternidad.
Ch: Que exista o no un niño depende de la voluntad de los padres. Si no están abiertos a la vida, Dios no tiene la posibilidad de traer esa vida al mundo. Atas las manos a Dios. Pero Él es tan bueno que te da libertad y te deja hacer. Qué bonito pensar que Dios te da esa confianza… Y cuando te los envía en­fermos, los quieres más, porque con un hijo necesitado se abre el corazón de los padres. Dios lo tiene todo medido y, cuando hace falta, te da la fuerza para llevarlo, no con dignidad, si no con alegría. La experiencia de la muerte de tres de nuestros hijos, –la mayor, de veintidós años, murió el año pasado–, ha sido una caricia de Dios, que se los ha llevado a su lado para tenerlos cerca y cuidarnos, para que le digan: “Acuérdate de mi familia”. Haber vivido la muerte tan cerca ha sido un don.

¿Cómo les transmiten la fe a sus hijos?
R: La vida de piedad es muy importan­te para nosotros. Les decimos que el de­­mo­nio anda suelto, tenemos la clínica abortista más grande de Bar­celona en la acera de enfrente de nuestro hogar… Y para que el demonio no entre en casa creamos una muralla rezando el Rosario. Cada misterio lo reza un niño con una intención concreta. Y para mí, la Eucaristía diaria es mi fuente de energía.

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