Funerales

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Ilustración: Ester García

Por Enrique García-Máiquez

Recuerdo que a mi madre le hacía muchísima gracia que las fiestas y los acontecimientos sociales fuesen por oleadas, según las edades. Hay un momento en que uno tiene infinidad de bodas, incluyendo la suya. Esa época de locos la retrató bien la muy gamberra película Cuatro bodas y un funeral. Después vienen los bautizos de los hijos de los que se casaban. Luego sus primeras comuniones. Y así. Y hay un momento en que uno tiene que acudir, ay, a demasiados funerales de padres de amigos.
Esta vez, sin embargo, la primera sensación en el funeral fue de mucha extrañeza. No conocía al padre de mis amigos. Acostumbra uno a conocerlos. Más aún, a tener con ellos una relación muy sustancial, distinta a todas. Quizá a la que más se parezca sea a la que se tiene con los tíos: una paternidad en diagonal, un cariño severo, una complicidad al sesgo.
Ahora, con los amigos de la edad madura puede ser más corriente no conocer a los padres. Ya casi nadie vive con sus padres y tampoco pasamos a recogernos unos a otros a casas de los demás ni nos quedamos a dormir ni nos apuntamos a merendar sobre la marcha… La edad tiene estas cosas.

Ese padre que ha muerto a dejado a sus hijos, y porque sus hijos son mis amigos, me los ha dejado, en gran medida, a mi. Yo era un heredero principal

Vencida, pues, la extrañeza, el sentimiento más poderoso estaba todavía por venir. La falta de conocimiento no era, en ningún caso, indiferencia, sino una inesperada esperanza.
Ese padre que ha muerto ha dejado a sus hijos, y, porque sus hijos son mis amigos, me los ha dejado, en buena medida, a mí. Yo era un heredero principal. Desde Aristóteles sabemos que tener un amigo es el mayor tesoro del hombre. En mi caso, eran dos tesoros, porque, entre los hermanos, dos eran mis amigos. De manera que, a poco que me descuidaba, la oración del funeral se me iba convirtiendo en una redoblada acción de gracias. Aquel señor había tenido a sus hijos y los había educado no solo para que ahora pudiesen ser amigos míos, sino para que, además, yo pueda apreciarlos y admirarlos. De pronto, sentí vivamente que mi agradecimiento era de ida y vuelta. Que el padre me lo agradecía. No por mío, sino porque ninguna cosa le importó más en la vida que justo la que me llevaba a mí a su funeral.
La inmortalidad son palabras mayores y, por eso, estábamos en misa, rezando por él; pero hay una pervivencia en el tiempo gracias a los hijos, que el que acudía a la iglesia llevado por la amistad con ellos percibía con más claridad que nadie. Naturalmente o, mejor dicho, sobrenaturalmente, encomendé el alma del difunto; pero a la vez su espíritu se me hacía presente, allí mismo y, sobre todo, al final, en dos abrazos estrechos. A la salida todo el mundo ponderaba lo buena persona que había sido, lo inteligente, lo agradable, lo divertido… Yo casi no eché de menos haberlo conocido y tratado. Lo tenía aquí, real, heredado, desde una perspectiva filial, que le encantaría.