Gabrielle Finaldi, director de la National Gallery: “La Iglesia no está siendo brillante a la hora de desarrollar el talento artístico”

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Gabriele Finaldi ha alcanzado algunas de las cimas más altas para un historiador del arte: director de la National Gallery, director de conservación en El Prado… Un mérito mayor si se tiene en cuenta que lo ha logrado sacando adelante una familia con seis hijos y sin esconder su fe en un entorno muchas veces hostil.

Por José Antonio Méndez
Fotografía: Isabel Permuy

Es muy probable que a la mayoría de los lectores españoles, incluidos los de Misión, apenas les suenen ni su nombre, ni su cara. Sin embargo, Gabriele Finaldi (Londres, 1965) es una de las personas más influyentes en el ámbito de la cultura mundial. Como director de la National Gallery de Londres (antes fue director adjunto de conservación en El Prado), sus decisiones afectan no solo a las obras de uno de los principales museos del planeta, sino que tienen también un peso determinante a la hora de marcar las líneas de pensamiento que comparten (o combaten) las instituciones culturales de occidente. Y eso, en un contexto como el actual, son palabras mayores.
La Universidad de Yale ha suprimido un curso de Historia del Arte porque era “demasiado occidental, blanco y masculino”…
Estamos viviendo un momento muy complicado, y muchos tratamos de hacer un esfuerzo grande para comprender por dónde va nuestra sociedad. La historia del arte ha sabido incorporar nuevas metodologías y puntos de vista, y se ha visto muy influida por las preocupaciones sociales. El de Yale se puede considerar un caso extremo, o un caso emblemático. Pero lo cierto es que tenemos que saber responder a las preocupaciones de cada momento, porque no todas las cuestiones de actualidad son efímeras y pasajeras, sino que apuntan a cuestiones esenciales. En la National Gallery, por ejemplo, nos planteamos por qué la colección es solo de artistas hombres. Es una pregunta que se hace la sociedad y que debemos hacernos.
¿Y cuál es la respuesta?
Que quizás hemos mirado al pasado con una visión demasiado limitada. Revisar cuáles son nuestros planteamientos es un ejercicio válido. Pero ha de hacerse con libertad. Lo bello de la creación artística, y de su contemplación, es cómo nos libera el pensamiento. El arte te permite ver cosas que en circunstancias normales no ves, y eso tiene mucho que ver con la libertad que nos ha dado Dios.
¿Hay una censura de lo políticamente correcto en la creación artística, o más bien una connivencia ideológica de los artistas con el pensamiento dominante?
Es una pregunta muy interesante. Hoy hay una cultura dominante que va atando las manos de los creadores y de las instituciones, así que tenemos que buscar espacios de libertad para plantear las cuestiones que presentan las nuevas ideologías, porque son ideologías de nuestro tiempo y tenemos la obligación de intentar dialogar con ellas. Pero, al mismo tiempo, es importante hacer lo que dice el Evangelio: sacar del baúl lo nuevo y lo viejo, y seleccionarlo. Tenemos que rescatar de nuestro bagaje cultural lo bueno, llevárnoslo con nosotros y mantenerlo como algo valioso. Y eso no es fácil, porque muchas veces las ideologías del momento quieren deshacer o destruir el pasado.
¿Se quiere reescribir la historia?
Sí. Por eso, nuestras instituciones museísticas tienen la responsabilidad de traer lo que viene del pasado y traspasarlo a las generaciones futuras con una interpretación de nuestro tiempo, pero sin dejar atrás lo importante de lo que hemos heredado.
O sea, que la cultura del pasado puede ser un salvavidas para las nuevas generaciones, ¿no?
No lo dudo. Algunas personas dicen que el arte está tomando el lugar de la religión. No sé si es así, pero desde luego el arte puede servir para plantearte temas que, si no tienes presente la religión en tu vida, no tendrás la oportunidad de enfrentarte a ellos.
Ha dicho en alguna ocasión que conocer la Biblia, aunque sea como marco cultural, permite un mayor crecimiento personal.
Para entender nuestra sociedad es necesario entender nuestras creencias, nuestra historia, de dónde venimos, las raíces del tiempo que vivimos. El arte es un lenguaje muy sensible al paso de la historia, a lo esencial de una sociedad y del ser humano. Por eso habla un lenguaje universal y se convierte en una ventana para mirar hacia atrás y para interpretar lo actual.

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Viene de una familia numerosa, de ocho hermanos, y sus padres le transmitieron la fe. ¿Cómo le ha influido esa experiencia familiar y religiosa?
Soy historiador del arte y director de museo, y creo que cada uno trae a su ámbito el bagaje cultural, histórico y familiar que tiene. Supongo que por ser creyente llevo conmigo una cierta sensibilidad hacia la belleza, el hecho religioso y el arte sacro. No veo la fe solo como una expresión cultural, sino como expresión de verdades profundas. Creo que la fe tiene un enorme valor para la sociedad. Y, de alguna manera, quiero ser intérprete de eso para los demás.
Hay quien pide que la fe no tenga incidencia pública. En la vida, ¿varía algo creer o no en Dios?
¡Sí! Ante la experiencia de Dios, que es la belleza perfecta y máxima (así lo describe Dante), los creyentes desarrollan una mayor sensibilidad hacia la belleza y hacia aquello que está en la base de lo que nos hace vivir. Contemplar la belleza divina nos permite reconocer la belleza y la dignidad en las personas, en los pobres, en las necesidades sociales, y también en la pintura, en la música…
Sin embargo, salvo honrosas excepciones, la creación artística ha sido abandonada dentro del catolicismo. ¿Dónde están los creadores católicos?
Este ha sido un fenómeno del siglo xx, en el que el cristianismo ha sido apartado de la cultura. Es muy interesante ver que hasta la Segunda Guerra Mundial, la voz de los creyentes (de la Iglesia anglicana en Gran Bretaña o de la Iglesia católica en Europa) tenía peso en la sociedad, y había un grupo significativo de artistas que se identificaban con los valores cristianos. Hoy sigue habiendo artistas así, pero no se les quiere dar protagonismo en la sociedad. Muchas veces la voz de la Iglesia es apartada. Por otra parte, creo que la Iglesia misma no ha sido muy brillante a la hora de desarrollar el talento artístico. Y eso es preocupante, porque una de las grandes tradiciones del cristianismo es el arte. En este campo, los creyentes deberían estar contribuyendo de una manera muy potente y generosa, y no es así.
¿Y qué hacer para lograrlo?
No tengo la respuesta a esta pregunta. Aunque pienso que lo más importante es que, donde haya fe, que sea fe verdadera. Y ya Dios dirá.
Tiene seis hijos. Hoy parece que tener familia está reñido con el éxito profesional. ¿Cómo ha logrado llegar a los puestos más altos de su ámbito y sacar adelante una familia numerosa?
Sinceramente, no conozco otra manera de vivir. Lo hacemos como podemos. Desde luego, depende mucho del matrimonio, y del apoyo y la colaboración que está dispuesta a darme mi mujer. La tarea de la familia es compartida y, al final, mi tarea profesional también está compartida. De todas formas, creo con sinceridad que Dios da fuerza para hacer cosas que a primera vista parecen imposibles.
¿Construir bien el matrimonio es una obra de arte?
Desde luego. Nosotros somos un matrimonio católico, y queremos que la base de nuestra familia sea siempre la base sólida de roca, esa de la que habla Jesús en el Evangelio de san Lucas. En el matrimonio, el amor y el servicio mutuos son esenciales.
¿Cómo quiere terminar?
Estamos en una universidad [la Francisco de Vitoria, donde Finaldi fue investido Doctor Honoris Causa justo después de esta entrevista] y creo que las universidades tienen un papel fundamental en la definición de la persona. No se trata solo de dar conocimientos. Mañana, esos jóvenes van a ser padres de familia, políticos, van a actuar en lo público… Así que la universidad ha de ser un ambiente de formación total.
Pinceladas

¿A qué pintor le hubiese gustado conocer? A José de Ribera. Le preguntaría cuáles fueron sus motivaciones, qué le fascinaba del carácter humano, o el porqué de su pasión por la vejez.

Si solo pudiera salvar un cuadro de El Prado y otro de la National Gallery ¿cuáles serían? De El Prado, El tránsito de la Virgen, de Andrea Mantegna. Esto ya lo dijo Eugenio d’Ors en el famoso libro Tres horas en el Prado. Hay cuadros, como este, que encapsulan toda una cultura, casi toda una civilización. Y de la National Gallery, El matrimonio Arnolfini, de Jan van Eyck.

¿Un cuadro para rezar? La Anunciación, de Fra Angélico. Está lleno de ternura humana y, a la vez, de historia de salvación, tanto personal como para la humanidad.

¿Y cuál le regalaría a su mujer? ¡Bonita pregunta! La Adoración de los Reyes Magos, de Velázquez. Es muy familiar, celebra el nacimiento de ese Niño. Mi mujer ha tenido seis hijos nuestros, así que es como homenajear a la madre.

¿Y un cuadro que quisiera que sus seis hijos conocieran? La Adoración de los Reyes, de Rubens. Es un pintor que rebosa vida. A pesar de haber vivido en tiempos tan revueltos en Europa, mantenía una especie de exuberante optimismo. Es un cuadro enorme, que merece que se conozca bien y se reflexione sobre él. A mi hija Ana, que es historiadora del arte, le encanta, y me gustaría que lo explicara ella, más que yo.

 

Puedes encontrar este artículo en el número 55 de la revista Misión

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