Grégoire Ahongbonon: “En África, los enfermos mentales son considerados desechos humanos”

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Grégoire Ahongbonon
Grégoire Ahongbonon

Grégoire Ahongbonon no es psiquiatra. Ni siquiera es médico. Sin embargo, en los últimos 25 años ha aliviado el sufrimiento psíquico de más de 70.000 personas en Togo, Costa de Marfil, Burkina Faso y Benín, su país natal. “No tengo estudios; yo no sé nada. Lo que hago es amar a los enfermos como si fueran el mismo Jesús”.

Por Isabel Molina Estrada

Fotografía: Dani García y cortesía de la Asociación San Camilo de Lelis

“En 1994, una mujer vino a vernos para pedirnos ayuda pues su hermano padecía una enfermedad mental. Viajamos a su pueblo y, al llegar, le dijo a su padre que veníamos de la Asociación San Camilo. El padre comenzó a gritar: ‘¿Por qué los has traído? Tu hermano está podrido; iros de aquí’. Tuvimos que acudir a la policía para entrar.  Yo nunca había escuchado que hubiese personas ‘podridas’, y lo que vi me dejó en shock. Aquel hombre tenía los pies anclados a un tronco y los brazos amarrados con alambres de hierro, como Jesús en la cruz. Y estaba infestado de bichos por todo el cuerpo”, cuenta a Misión Grégoire Ahongbonon, fundador de la Asociación San Camilo de Lelis, que se dedica a liberar, acoger y reintegrar en la sociedad a personas con enfermedades psíquicas.
Enfermos encadenados
En África occidental, estas personas son consideradas literalmente como  “locos de atar”. Así que cuando comienzan las primeras crisis de la enfermedad psíquica, los familiares encadenan a los enfermos y los dejan a la intemperie, como animales. “Yo jamás imaginé que en nuestra época pudiese haber enfermos encadenados por los pies, los brazos o el cuello…”, asegura Grégoire, para quien ese episodio significó una vuelta de tuerca en el trabajo que venía realizando desde la Asociación.
“Aquel hombre, que fue el primero que desencadenamos, estaba realmente ‘podrido’, porque los hierros habían penetrado su carne. Logramos llevarlo a uno de nuestros centros, y al terminar de limpiarlo, me miró y dijo: ‘Señor, ¿cómo puedo darle las gracias a Dios y dártelas a ti por lo que has hecho? ¿Crees que podré vivir?’. Al poco tiempo murió, pero murió dignamente. Como un ser humano”.

“Jamás me imaginé que en nuestra época pudiese haber enfermos encadenados”

Los más olvidados

El trabajo de la Asociación San Camilo, a primera vista, resulta inverosímil: rescatar a enfermos olvidados por su propia familia. ¿Esto cómo se explica? . “En muchos lugares de África, los enfermos mentales son los olvidados de los olvidados, como desechos humanos”, argumenta Grégoire. “Las familias –afirma– sienten gran dolor al encadenar a sus hijos, pero como no tienen acceso a medicamentos, cuando estos entran en crisis no saben controlarlos. Luego llegan las sectas y, con el pretexto de cazar al diablo, se los llevan a ‘campos de oración’ donde el tratamiento es hacer sufrir al cuerpo para expulsar al presunto demonio”. En definitiva, una mezcla de ignorancia, pobreza y una cultura que piensa que los enfermos han sido objeto de brujería.
Un tratamiento diametralmente opuesto es el que reciben en la Asociación San Camilo, donde les dan techo, grandes dosis de amor y, sobre todo, un trabajo que devuelve el sentido a sus vidas.  “A muchos enfermos que ya se han recuperado los mandamos a estudiar Enfermería en Burkina Faso, para que luego regresen como enfermeros. Son ellos mismos quienes hacen el trabajo en nuestros centros”, explica Grégoire.

Nuestro “método” para el tratamiento de las enfermedades psíquicas consiste en amar a los enfermos y confiar en ellos

En los centros de San Camilo, la principal “medicina” consiste en dar a los enfermos un oficio. Ellos mismos se ocupan de hacer el pan para todos.
Con ojos nuevos
Cuando se presenta a Grégoire en público, se anuncia que su método para el tratamiento de enfermedades como la depresión, la esquizofrenia o el trastorno bipolar ha tenido tanto éxito que hoy en día es objeto de estudio en la OMS. Así que le preguntamos en qué consiste este método. La respuesta dejaría perplejo a cualquiera:  “No tengo ningún método. Yo pasaba de largo ante estos enfermos por la calle, igual que lo haría cualquier persona, y les tenía miedo. Pero un día me paré a observar a un enfermo desnudo, que rebuscaba comida en la basura y de repente cambió mi mirada:  ‘¡Pero si este es Jesús, a quien yo voy a buscar a las iglesias! Y está sufriendo delante de mí’”. Eso, añade,  “dio inicio a todo lo que hago: amo a los enfermos como si fueran Jesús, porque también ellos necesitan ser amados. Mi  ‘método’ consiste en amarlos y confiar en ellos”.
La Asociación San Camilo de Lelis cuenta ya con 12 centros de acogida y 9 centros de reinserción repartidos en Benín, Togo, Costa de Marfil y Burkina Faso, y actualmente recauda fondos para construir un quinto centro en Benín. La obra sigue creciendo, porque la  “medicina” da resultados.
“En Francia me invitaron a dar una charla en un centro al que van los enfermos con problemas de salud mental a socializar –cuenta Grégoire–. Les puse un vídeo donde se ve a enfermos encadenados, pero a los enfermos franceses eso no les impactó. Su reacción fue decir:  ‘Mirad: en África hay enfermos que trabajan, en cambio aquí nos pagan para no molestar’. Y es que nuestro principal medicamento es dar responsabilidades a los enfermos”. 
La transformación no se ha hecho esperar: en las zonas donde hay centros de San Camilo de Lelis, ya nadie encadena a los enfermos.
Grégoire: cuando la fe rompe las cadenas
Grégoire: cuando la fe rompe las cadenas (Ediciones Encuentro, 2019)

“¿Cuál es la piedra que te toca a ti poner?”

Grégoire: cuando la fe rompe las cadenas (Ediciones Encuentro, 2019), de Rodolfo Casadei, cuenta la historia de Grégoire Ahongbonon, un antiguo reparador de neumáticos que llegó a ser un empresario exitoso hasta que un inesperado revés lo llevó a la ruina y a la depresión. En medio de la desesperación pensó en suicidarse. Sin embargo, el Señor lo rescató de la mano de un sacerdote misionero, que “me acogió y empezó a gastar todo su tiempo en escucharme, como si me hubiese estado esperando”, y luego pagó su billete para ir de peregrinación a Tierra Santa. “Al final de esa peregrinación, ese sacerdote dijo en una homilía que cada cristiano debe participar en la construcción de la Iglesia poniendo una piedra. Esa frase cambió mi vida. Entendí que la Iglesia no es solo de los sacerdotes y religiosos, sino de todos los bautizados. Entonces, empecé a preguntarme cuál era la piedra que yo tenía que poner”, cuenta Grégoire a Misión.

Puedes encontrar este artículo en el número 54 de la revista Misión

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