Halagar al mundo

Toda la historia de la Iglesia se resume en la misión de ser levadura del mundo, modelando su propia contraposición a la mentalidad del mundo según las diversas circunstancias históricas. Esa contraposición no siempre ha sido de completo rechazo. Así se percibe, por ejemplo, en su lucha contra el paganismo: a la vez que la Iglesia combatía el politeísmo, la idolatría, el imperio de los sentidos o la pasión de mando propios del paganismo, asumía muchas de las costumbres paganas, de sus leyes, de su filosofía, incluso su lengua.

Por Juan Manuel de Prada

Ilustración: María Olguín Mesina

Aunque el antagonismo de la Iglesia con el mundo es invariable, a lo largo de la Historia han variado mucho sus modalidades: la Iglesia proclama la pobreza cuando el mundo se postra ante la riqueza, la mortificación cuando el mundo se entrega a la concupiscencia, la razón cuando el mundo se entrega al sentimentalismo, la fe cuando el mundo se rinde al racionalismo cientifista, etcétera.

El halago al mundo se produce cuando la Iglesia se allana a la mentalidad del mundo, cuando la religión del Dios hecho hombre se pliega ante la nueva religión del hombre hecho Dios. Ya no se trata de reconocer la justa autonomía de las realidades seculares, que la Iglesia siempre había reconocido, sino de aceptar la total y radical independencia de tales realidades, que con frecuencia se configuran no solo al margen de la religión, sino incluso enfrentadas a ella.

Así se ha producido un paulatino desenganche de la sociedad en sus formas de organización política y en sus expresiones culturales de la visión cristiana, hasta el extremo de que los propios creyentes e incluso los religiosos, empujados por un espíritu camaleónico de asimilación al mundo, han adoptado como propias actitudes que excluyen la intervención de lo sobrenatural.

Todos estos procesos habían sido combatidos por la Iglesia durante siglos. Pero tras la Segunda Guerra Mundial, y muy especialmente desde los años sesenta, la Iglesia entraría en un proceso que Pablo VI denominó “autodemolición”, que aceleraría el declive religioso en las sociedades occidentales.

Tal declive, aunque retardado, golpearía crudamente a nuestra sociedad, donde ya el treinta por ciento de los españoles se declara abiertamente ateo, y donde la práctica religiosa ha decrecido hasta hacerse minoritaria, a la vez que la doctrina católica en cuestiones de moral pública y privada es cada vez menos escuchada; e incluso tergiversada y oscurecida desde altas instancias, en un esfuerzo por acomodarse al mundo, o siquiera de no “molestarlo”.

Entretanto, la acción caritativa se dedica a remediar las consecuencias del pecado, y no a combatir el pecado mismo. Y la liturgia ha sido sometida a un proceso paulatino de desacralización.

Pablo VI se preguntaba en cierta ocasión: “¿Es así como debe entenderse el significado de la palabra magistral de Jesús, que nos quiere en el mundo, pero no del mundo? ¿No ha llamado y escogido Él a sus discípulos, a aquellos que debían extender y continuar el anuncio del reino de Dios, distinguiéndoles, más aún, separándolos del modo común de vivir, y pidiéndoles que lo dejaran todo para seguirle solamente a Él?”. Esta misma pregunta me hago cuando veo a tantos clérigos obsesionados en halagar al mundo.