Helena y la alegría de Dios

Si alguna vez tengo que hacerle a usted algún regalo -porque me invite a cenar, por ejemplo-, apareceré en su casa con la corta novela Helena o el mar de verano de Julián Ayesta bajo el brazo. Regalar un libro más extenso es exigir demasiado tiempo; otro menos feliz, ser cenizo; otro menos perfecto, desagradecido.

Por Enrique García-Máiquez

Por tanto, cuando una amiga me pidió que le recomendase un título para su hija adolescente, canté las alabanzas de Helena o el mar de verano. Cuando me la volví a encontrar, me dijo que no le había gustado nada porque ya no se veranea en grandes casonas familiares, ni los veranos son tan largos, ni los amores tan intensos. Quedé perplejo.

Desde luego, Julián Ayesta (Gijón, 1919) no es un autor actual que adule a los adolescentes. Su novela no es de ayer: se publicó en 1952. Pero si un lector no es capaz de sobreponerse a las coordenadas circunstanciales y temporales para disfrutar lo invariable, ¿cómo leerá La Ilíada, la Divina Comedia o las Coplas a la muerte de su padre? Que la madre me diese ese argumento para defender el desinterés de su hija me hizo perder toda esperanza.

Toda esperanza perdida en ese caso, ojo, jamás con ustedes. Por eso, vuelvo a la carga y recomiendo la misma novela. No cabe mayor delicia. Y en menos páginas, y sin dejar fuera ninguno de los grandes temas: la muerte, la soledad, la naturaleza, el pecado, Dios, el perdón, la familia, el amor…

La obra tiene una estructura muy pensada y, a la vez, muy ligera, como un concierto de Mozart. Está compuesta de impresiones de gran intensidad de unos sucesos cotidianos (pero trascendentes) en la vida de su protagonista infantil, primero, preadolescente y joven, después. Ignacio Garmendia afirma: “La colección de momentos estelares tiene algo de conjuro para apresar la felicidad perdida”.

¿Perdida? La verdad es que es una felicidad ganada. En el intermedio que es la segunda parte, en principio un adagio musical y un rito de paso, acabamos dándonos de lleno –confesión sacramental mediante– con la alegría de Dios, nada menos. Luego, cuando parecía que no se podía llegar más alto, llega el amor, en comunión con la naturaleza y el universo entero.

Bildungsroman

Helena o el mar de verano trata de muchas cosas (el verano, el mar, Helena…), pero, sobre todo, del ingreso en la madurez de un niño. Es un Bildungsroman con todas sus letras, esto es, una novela de formación. Literariamente, lo más magistral es que vemos crecer al protagonista no solo por lo que nos cuenta, sino por cómo nos lo cuenta. Le oímos la voz, y esa voz se va haciendo más grave y profunda.

También en El guardián entre el centeno oímos la voz del joven Holden Caulfield, pero en la novela de J. D. Salinger la voz no crece. Ni en el Diario de un artista adolescente, de Joyce. El mayor parentesco de Helena es con La vida nueva de Pedrito Andía (1951), de Rafael Sánchez Mazas, novela donde pasan más cosas, pero, sobre todo, lo mismo: un chico se hace hombre a través de una fe más profunda y de un amor limpio. Ninguna de las dos novelas va, en efecto, con los tiempos, pero falta le hacen.

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