El hombre se rediseña

Los cambios culturales de las últimas décadas han llevado a una pérdida de la identidad masculina. Actitudes y valores típicamente viriles se consideran hoy sospechosos, y muchos varones se atrincheran en posturas antagónicas, como el machismo o la homosexualidad, para encontrar un modo de comportarse. La solución pasa por descubrir que lo masculino y lo femenino se complementan.

Por José Antonio Méndez

Los expertos lo definen con términos como “crisis del varón”, “redefinición de la virilidad” o “varones desubicados”. En las redes sociales hay quien lo simplifica diciendo que “los tíos son las nuevas tías”. Pero en realidad, todos hacen referencia a lo mismo: en las últimas décadas se han roto los esquemas tradicionales de la masculini­dad, y millones de hombres en todo el mundo consideran que su propia virilidad es algo molesto o socialmente mal visto.

Una de las primeras voces de alarma fue, de forma insospecha­da, la filial europea de la cadena Discovery Networks. En 2008, este gigante de la televisión que se dedica a combinar entretenimiento, adrenali­na y ciencia para una audiencia mas­cu­lina, publicó el informe “Species: a user’s guide to young men” (Especies: una guía para jóvenes), con el testimonio de 12.000 varones de entre 25 y 39 años, junto al de expertos en comunicación, tendencias y psicología.

En él, se explicaba que el progreso que supone la mayor presencia social de la mujer ha coincidido con la quiebra de los prototipos culturales y publicitarios masculinos que habían imperado en el siglo XX, y como resultado, el hombre del siglo XXI tiene que buscar “una nueva forma de vivir su propia virilidad”. Aunque su búsqueda, en la mayor parte de los casos, está siendo a ciegas.

Cambio cultural

El terapeuta de pareja Nacho Tornel, autor del libro Enparejarte (Planeta, 2016), explica a Misión que “en la cultura actual, algunos aspectos tradicionalmente identificados con la masculinidad parecen sospechosos y no caen bien. Por eso, en mi consulta encuentro cada vez más varones que no saben responder a lo que se espera de ellos porque, o no están preparados, o no les interesa”.

Lo que Tornel vive en su día a día con las parejas a las que trata tiene su base en algo que sugería el informe “Species”: para la generación de varones que hoy tienen entre 60 y 70 años, ser “un buen hombre, un hombre de verdad” implicaba tres requisitos: ser un trabajador sacrificado, ser fiel en su matrimonio y ser capaz de garantizar el sustento material de sus hijos. Lo que excediera de esas pautas (ternura, ayuda en el hogar, implicación en la educación de la prole…) eran “extras”, no imprescindibles.

Aquellos hombres habían heredado estas premisas de generación en generación, y así educaron a sus hijos en los años 70 y 80. Pero aquellos niños crecieron, y ahora, de edades entre los 25 y los 40 años, se encuentran con la exigencia de ser, en su entorno laboral, trabajadores versátiles e innovadores; con su mujer, atentos, sensibles, confidentes, capaces de hacer suyos los sentimientos femeninos, buenos amantes y corresponsables en las tareas domésticas; y con sus hijos, pedagogos pacientes, bien formados, y dispuestos a salvar cualquier situación con la intuición de una madre. Las presiones de la industria de la moda y la cosmética no han hecho sino avivar el fuego.

Imitación e ideología

La antropóloga Blanca Castilla de Cortázar explica que “hasta hace poco, los hombres se han considerado superiores, y ahora advierten que las mujeres pueden hacer, y a veces mejor que ellos, aquello en lo que se creían exclusivos: son inde­pendientes y buenas profesio­nales, tienen condiciones para la política y la empresa… Esto ha provocado en muchos varones un gran desconcierto y una falta de identidad porque, en realidad, su identidad masculina estaba mal fundada”.

Castilla de Cortázar, que es doctora en Filosofía y Teología y miembro de la Real Academia de Doc­to­res de España, añade “otro motivo de desconcierto: pensar que ciertas cua­li­dades les hacen afeminados. Y no es verdad. Los sexos tienen que aprender uno del otro; lo errático es la imitación, que es patética. Y hoy hay imitación”.

Súmense “las campa­ñas que llevan a cabo los promotores de la ideología de género y del feminismo radical contra la figura del varón y con propaganda de la homosexualidad”, y el resultado es alarmante: hombres que imitan a las mujeres, que se sienten incómodos ante su virilidad, o que se atrincheran en actitudes machistas, menospreciando a la mujer. Ahí están los datos que alertan de la creciente viol­en­cia machista entre los jóvenes, el auge de la pornografía o las modas musicales que exaltan a la mujer como objeto sexual.

El 3 por ciento que lo cambia todo

A pesar de que el discurso políticamente correcto sostiene que entre hom­bres y mujeres no hay diferencias, y que las que existen deben ser eliminadas por ser herencia de una cultura superada, la ciencia se empeña en demostrar que la realidad es distinta. Jorge Alcalde, divulgador científico y director de la revista Quo, explica para Misión que “no cabe duda de que la biología del hombre y de la mujer es diferente. Hormonas, células o conexiones se comportan de manera distinta entre hombres y mujeres, igual que entre machos y hembras de otros animales. Eso determina en parte comportamientos, pulsiones o facultades como la resistencia al dolor o el crecimiento muscular”.

También Castilla de Cortázar recuerda que “hombres y mujeres somos más iguales que diferentes, pero nadie puede negar que hay diferencias. Los genetistas las calculan en un 3 por ciento. Pero esa pequeña diferencia está presente en cada célula del cuerpo y lo atraviesa todo: cuerpo, sentimientos, pensamientos y espíritu. La diferencia es biológica, pero también psicológica y está presente en todo su ser”.

 

Como un guante

La gran diferencia entre hombre y mujer, que tiene manifestaciones en todos los campos, es su modo de relacionarse. El filósofo Julián Marías lo expresó sirviéndose del símil de las manos. Así lo explica su discípula, Blanca Castilla de Cortázar: “Ser varón es estar referido a la mujer, y ser mujer, estar referida al varón. La diferencia entre ellos es relacional, como la mano derecha respecto a la izquierda. Si no hubiera más que manos izquierdas, no serían izquierdas, pues la condición de izquierda le viene a la mano izquierda de la mano derecha. Ser varón y ser mujer es estar uno frente al otro, de tal manera que esa diferencia permite, como a las manos, anudarse en un abrazo”.

Más sensibles y domésticos

La quiebra de los estereotipos masculinos también ha traído efectos positivos. Hoy el hombre expresa con más libertad sus sentimientos, reclama y disfruta su presencia en el hogar, y experimenta más cercanía hacia la mujer. Como explica para Misión Jorge Alcalde, director de la revista Quo, “el nuevo hombre ha ganado espacio privado y eso le beneficia a él y al resto de la familia, porque su presencia en la educación y el cuidado de sus hijos es necesaria para el desarrollo familiar”.

En su libro Te necesito, papá (LibrosLibres 2008), Alcalde denuncia “la muerte civil del padre”, que minusvalora el rol familiar de los varones. Alcalde recuerda que el estilo viril de educar es diferente del de la mujer, pues “los padres no son madres con barba”, y demuestra que existe un “instinto paternal”: ante el embarazo y la llegada de un hijo, se produce una alteración hormonal que reduce sus niveles de testosterona y aumenta los de prolactina y estradiol, hormonas más presentes en las mujeres.

“Esto implica menos agresividad y más sensibilidad, ternura y emotividad. Los hombres tenemos que reclamar el derecho a que se satisfaga el imperativo biológico que nos impulsa a temblar cuando cogemos a un bebé y a amar cada bendita imperfección del cuerpo embarazado de nuestra mujer”, explica.

Los genes no controlan

Entonces, si hay diferencias, ¿qué hace varón a un varón: la genética, la educación o la tradición social? Alcalde apunta que, “desde el punto de vista genético, existe un determinismo natural hacia ciertos comportamientos: hormonas como la testosterona, más presente en el varón, pueden inducir a comportamientos evolutivos diferentes” –como mayor necesidad de movimiento y acción, mayor agresividad, tendencia a la competitividad, más demanda sexual…–, así como “la estructura corporal, el reparto de la grasa, la musculatura o la masa ósea, condicionan a priori unas capacidades sobre otras” –como la tolerancia al dolor, la resistencia al alcohol, etc.–.

Sin embargo, Alcalde precisa que “el ser humano es mucho más que un saco de genes, y los comportamientos están modulados por instancias más elevadas que el ADN: educación, familia, creencias…”.

La auténtica masculinidad, por tanto, no tiene que ver con el retrato de un macho primitivo, preso de sus instintos, rudo, soez e insensible. Como señala Castilla de Cortázar, “ser descuidado, violento, brusco, dar golpes, etc., es propio de personas maleducadas. Ser sensible, expresivo, tener ternura y cuidar el arreglo personal son hábitos buenos que debería tener toda persona, masculina o femenina”.

De ahí que cada vez más varones rechacen identificarse con una falsa virilidad, que menosprecia a la mujer y no deja espacio al cariño, al aseo personal o a la sensibilidad. El error está en considerar que si un hombre no quiere ser un gañán, entonces es que quiere o debe ser como una mujer. Porque la masculinidad tiene su propio modo de expresarse, y la buena noticia es que no es un modo opuesto a la feminidad.

Los valores del varón

Castilla de Cortázar recuerda que “varón y mujer tenemos la misma naturaleza, y no hay cualidades o virtudes propiedad del varón o de la mujer, sino que todos podemos tener las mismas”. Lo que es diferente es “el modo de desarrollar esas virtudes, y lo que es más interesante, que los varones desarrollan con más facilidad una serie de valores, y los complementarios los desarrollan con más facilidad las mujeres”, señala.

Algunos de esos valores más espontáneos en el género masculinos son “el análisis, el discurso, la exactitud, la competencia, lo productivo, el pensamiento por pasos, el manejo de las cosas y la técnica, el pensamiento abstracto…”.

Y los valores más naturalmente femeninos son los complementarios: “La síntesis, la intuición, la analogía, la cooperación, lo reproductivo, el pensamiento en red, una especial sensibilidad para captar las necesidades de las personas, el pensamiento concreto…”.

En la búsqueda de su identidad, no se trata de que los hombres rechacen los valores más innatos en la mujer, atrincherándose en el machismo, ni tampoco que sustituyan unos valores por otros, como si lo masculino fuese reprobable.

El objetivo es que apuesten por el equilibrio entre todos: “El patriarcado y el igualitarismo son antagónicos, pero coinciden en mantener que la diferencia es sinónimo de subordinación. A lo largo de muchos siglos, la masculinidad, uno de cuyos factores es la mayor fuerza física, se ha utilizado para dominar a la mujer. Sin embargo, la diferencia sexual está hecha para poder ser don desinteresado de sí mismo al otro, no para someterlo”, explica.

Y añade: “Es preciso superar la afirmación de que varón y mujer son iguales en dignidad y tienen distintas funciones (ella cuida de los niños y él trabaja fuera, por ejemplo), porque responde a un esquema falaz que no resiste el contraste con la experiencia. Lo específico de cada uno no consiste en tener funciones distintas en la sociedad o en la familia, sino en el modo de realizar una misma función; en los matices que cada uno encuentra para la solución de los problemas, e incluso en cómo descubre y plantea esos problemas”.

Un proceso largo y difícil

Alcalde concluye que “el proceso de redefinición del papel del hombre está siendo largo y difícil. Por el camino, hemos tenido la tentación de perder aspectos básicos de nuestra identidad para tratar de convivir en un espacio de indefinición, mezcla y transposición de roles, que no es favorable”. La parte positiva, en palabras de Nacho Tornel, está en que “hemos aprendido a mirar a la mujer de igual a igual en todos los planos; y hemos ganado en la participación en la vida familiar, como padre, esposo, responsable del hogar y persona que busca su felicidad en casa, no solo en su prestigio profesional”.

Ahora, “la asignatura que han de aprender los varones para ser más masculinos y plenamente humanos es”, según Castilla de Cortázar, “la generosidad y el don de sí en la entrega a los demás, porque ellos más fácilmente tienen seguridad en sí mismos pero son más egoístas. Y también una armonía y una reciprocidad entre varón y mujer, en la que cada uno esté al servicio del otro, en plano de igualdad, cada uno con sus recursos, y con una actitud que puede ser paternal, pero no paternalista (el paternalismo desea proteger a la mujer pero decidiendo por ella), y sin conformarse ante una actitud maternalista, en la que la mujer se adelanta al varón sin dejarle hacer las cosas a su modo”.

En resumen, para que los varones del siglo XXI puedan vivir su propia identidad sin repetir los errores del pasado ni verse perdidos en una confusión de sexos, necesitan comprender, en palabras de Castilla de Cortázar, que “lo masculino no es lo opuesto a lo femenino, sino lo complementario”.

Quédate con esto

En las últimas décadas se han roto los esquemas tradicionales de la masculinidad y muchos hombres no encuentran referentes para vivir en plenitud su virilidad.

Varones y mujeres no somos iguales en dignidad y diferentes en nuestras funciones sociales. Ambos podemos hacer las mismas funciones, pero las hacemos de manera distinta.

Las diferencias no son solo culturales. Por genética, psicología y espíritu, los varones tienen más facilidad para vivir unos valores, y las mujeres, para vivir los complementarios.

La masculinidad no es sinónimo de ser un macho primitivo, guiado por sus instintos, rudo, soez e insensible. El varón puede ser aseado, sensible y educado.

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