En el Hospital Nacional de Parapléjicos se cura el cuerpo, la mente y el espíritu para “aprender a vivir de nuevo”, cuando una lesión medular se cruza en el camino. Sus paredes rebosan optimismo y confianza serena. Y es que, a pesar de las limitaciones, “se puede ser igual de feliz que cualquier otra persona”.

Por Blanca Ruiz Antón

]José Ramón del Pino tenía 32 años y su mujer estaba embarazada de cuatro meses cuando, estando  de copiloto en un coche, otro vehículo se les cruzó en el camino. Sufrió una lesión medular. Hoy en día está en silla de ruedas eléctrica y solo puede mover la cabeza.
Su hija nació mientras él estaba ingresado en el Hospital Nacional de Parapléjicos de Toledo. Su llegada al mundo le supuso una inmensa alegría que fue determinante para comenzar su camino de recuperación, sin tirar la toalla:  “Ver a mi hija me hizo superarme. Sufrí el accidente cuando éramos muy jóvenes y por eso mi mujer y yo quisimos construir una familia lo más normal posible. Que mi hija viera que podíamos hacer lo mismo que los demás, en la medida de nuestras posibilidades”, explica para Misión.
José Ramón es ahora presidente de la Fundación Aspaym y se dedica a trabajar para conseguir que otros afectados por lesiones medulares puedan tener una vida mejor: “Cuando hablo con otros lesionados no les digo que esto es un camino de rosas, pero sí que se puede vivir bien y ser muy feliz. Superar las dificultades y vivir como cualquier otra persona, ni mejor ni peor. Igual”.
Carmen Hernández, psicóloga clínica del Hospital Nacional de Parapléjicos, asegura que “en la evolución psicológica del proceso de adaptación a la lesión medular, plantearse si se quiere vivir así o no es algo normal”. Sin embargo, “son muy pocos los que mantienen la decisión de no querer vivir al final de ese proceso de adaptación”. Y recuerda el caso de un paciente que con 16 años quedó tetrapléjico e incluso tuvieron que hacerle una traqueotomía: “Él decía que podía llegar a comprender a quienes querían morir en una situación similar a la suya, pero que la felicidad con la familia y los amigos eran más fuertes que las limitaciones que vivía”.
Del Pino recuerda los meses de ingreso en el Hospital Nacional de Parapléjicos como un tiempo “tremendamente duro y de mucha impaciencia”, porque el cuerpo va respondiendo muy poco a poco, pero con la lógica aplastante del sentido común, subraya que el primer paso es aceptar la realidad, por dura que sea, y ponerse a trabajar.
Alcanzar lo máximo
A sacar lo máximo de sí mismo le ayudaron los profesionales de este Hospital, por el que desde su inauguración en 1974 han pasado miles de lesionados medulares con historias similares a la de José Ramón.
Su director, el doctor Juan Carlos Adau, destaca la importancia de las áreas especializadas del hospital: “Hay una parte de medicina clínica donde se trata al paciente con fisioterapia, para recuperar capacidades que ha perdido con la lesión medular. Pero es igualmente importante la parte psicológica, la terapia ocupacional y el deporte”, asegura.
El modelo que sigue el hospital es el de Guttmann,  “el padre del movimiento paralímpico”. Porque alcanzar el máximo, después de una lesión medular, ha llevado a numerosos pacientes no solo a ser autónomos, sino a encaminarse directamente al medallero.
Cuerpo y mente
José Miguel López, monitor de deporte del Hospital, cuenta que hace poco tuvo la oportunidad de charlar con Luis Miguel Marquina, campeón de España de handcycling. “Le felicité por estar en la selección y por sus últimos logros. Él me contestó que una de las cosas que siempre recuerda del Hospital fue que no le tratamos como un discapacitado, sino como un deportista”.
Y justamente ese es el secreto de la terapia que sigue López con sus pacientes:  “Les miro a los ojos y veo a una persona.  Y los trato como tal”. Además, destaca que  “tras una lesión no se puede vivir eternamente en un entorno clínico”, y el deporte ayuda en la recuperación.
“Cuerpo y mente están ligados. Si la mente está en shock, es importante tratarla para avanzar en el proceso de rehabilitación física”, asegura la psicóloga clínica del Hospital, Carmen Hernández.
La pérdida de movilidad conlleva un duelo que hay que tratar, pero Hernández subraya que además es necesario “aprender que puedo seguir siendo madre, hijo, profesional… dentro de mis posibilidades”.  Y matiza que  “no hay que luchar contra la lesión medular: la valentía y el arrojo están bien, pero hay que aceptar que la nueva situación y yo estamos en el mismo bando y rehacer la vida en esos términos”.

“Es más fácil si tienes fe”

Ante una lesión medular, la parte espiritual es decisiva. El sacerdote Francisco Almoguer fue médico antes que capellán, y desde hace cuatro años ayuda a curar el alma de los pacientes del Hospital Nacional de Parapléjicos.
Habla con la claridad que da el conocimiento en Medicina, pero también con la esperanza de quien sabe que, en muchos casos, el alma tira del cuerpo: “No todos los pacientes van a salir caminando, pero todos sí tendrán que afrontar una nueva situación, y depende mucho del espíritu con que lo hagan.
Tras cuatro años, puedo decirte que a quienes tienen fe les cuesta menos afrontar los momentos durísimos que se viven al principio de la lesión”. Incluso hay quienes se han encontrado con Cristo a través de una lesión medular.
“Yo paso por todas las plantas y saludo a todos los pacientes, sin importarme la religión. Les doy la oportunidad de hablar, porque les escucho”, explica. Subraya que ve “el milagro del día a día, y cómo el Señor actúa y entra en el corazón de las personas”.
Y pone un ejemplo que muestra cómo, incluso en los casos más extremos, siempre merece la pena apostar por la vida: “Recuerdo un paciente que tenía síndrome de Guillain-Barré, que paraliza el cuerpo. Solo podía mover el dedo gordo del pie y los músculos de la barriga. Nos comunicábamos con preguntas sencillas de sí o no.
Cuando recobró el habla, lo primero que hizo fue pedirme confesión y recibir la comunión. Fue una confesión muy larga porque le costaba vocalizar y del corazón le salían lágrimas. Para mí fue un momento muy emocionante. Me dijo que durante ese tiempo paralizado él sabía que no estaba solo, que lo acompañaba Dios. Y le pedía al Cristo de su pueblo que le ayudara.

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