Intolerancia a la lactosa: Cuando la leche nos enferma

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Casi cuatro de cada diez españoles sufre alteraciones estomacales provocadas por la lactosa

Por Carmen Ledesma

Cada vez es un problema más común. Entre el 20 y el 40 por ciento de la población española podría sufrir intolerancia a la lactosa, según datos de la Fundación Española del Aparato Digestivo (fead), que ha advertido que se trata de una enfermedad infradiagnosticada. La adilac (Asociación española de intolerantes a la lactosa) eleva la cifra al 54 por ciento de la población, “teniendo en cuenta que muchas personas aún no saben que lo son”, manifiesta Conchi Maximiano Alonso, dietista y nutricionista del portal iNutralia.
Lo cierto es que es difícil determinar la prevalencia real de esta patología, debido a que los afectados pueden confundir fácilmente los síntomas (hinchazón, dolor y gases abdominales, diarrea, flatulencia, retortijones, náuseas y vómitos) con otras enfermedades digestivas.
Muchos creen que sustituir la leche y sus derivados por otras opciones vegetales como la leche de avena, almendras, soja o arroz, es suficiente. Sin embargo, la lactosa es el azúcar de la leche (ya sea de vaca, de oveja, de cabra o humana) y también está presente en algunos productos industriales como los conservantes, por lo que se puede encontrar en carnes procesadas (salchichas, patés…), margarinas, helados, salsas, algunos fiambres y embutidos, cereales enriquecidos, sopas instantáneas, comidas preparadas, medicamentos, etc. Es decir, la lactosa está presente no solo en la leche, sino también en una gran cantidad de productos que se consumen a diario, por lo que hay que vigilar siempre el etiquetado de cada uno.
¿Alergia o intolerancia?
Con frecuencia confundimos los términos alergia e intolerancia en relación con la lactosa. Por eso, los médicos subrayan la importancia de diferenciarlos: “A la lactosa no se tiene alergia, se tiene intolerancia”, precisa Isabel Higuera, de la Unidad de Nutrición Clínica y Dietética del Hospital Universitario Gregorio Marañón de Madrid. Asimismo, Maxi­miano detalla en qué consiste cada una: “La alergia a las proteínas de la leche de vaca es una respuesta del sistema inmunitario frente a la presencia de las mismas, es una reacción exagerada cuyos síntomas incluyen desde una urticaria hasta un shock anafiláctico, pudiendo causar incluso la muerte. Las personas que la padecen deben evitar totalmente el contacto con la leche y sus derivados. Sin embargo, la intolerancia es la incapacidad para digerir la lactosa o azúcar característico de la leche. No poder digerir dicho nu­triente ocasiona síntomas como hinchazón, diarreas o dolor estomacal”.
La solución para la alergia es la supresión total de cualquier derivado lácteo, mientras que en el caso de la intolerancia depende del grado de la misma. “Aunque en el mercado existen variedades sin lactosa, no todos los lácteos tienen la misma concentración de la misma. Por ejemplo, el queso y el yogur tienen menos cantidad, por lo que hay personas que, según su tolerancia, podrían tomarlos”, subraya Maxi­miano.
Antes de hacerse un autodiagnóstico, hay que pasar por la consulta médica, ya que, como apunta Federico Argüelles, experto de la fead, solo las pruebas clínicas pueden determinar el grado de la intolerancia. Muchas personas asocian sus trastornos gastrointestinales a la ingesta de productos lácteos o derivados y optan por dejar de tomarlos, pero eso puede entrañar riesgo para la salud por falta de calcio, vitaminas A y D, ácidos grasos y proteínas. Las pruebas para detectar este trastorno son sencillas y permiten adecuar las medidas preventivas al paciente.
Una moda
Hay corrientes de opinión que afirman que no es necesario tomar leche, salvo en las primeras etapas de la vida, sin embargo, Maxi­miano explica que “en principio, no está demostrado que la leche pueda dañarnos”. “Sí es cierto –añade– que en adultos es mejor tomar las versiones desnatadas, y que este es un alimento más que enriquece nuestra alimentación”.
Lo que debes evitar si tienes Intolerancia a la lactosa
Evitar la leche de cualquier mamífero, así como sus derivados (yogur, queso, mantequilla o nata) en función del grado de intolerancia.
Leer bien el etiquetado de alimentos y medi­camentos, ya que en ocasiones incluyen lactosa en su composición.
Alergia a las proteínas de la leche de vaca
Seguir una dieta exenta de leche de cualquier mamífero, de sus derivados y de otros alimentos que pudieran contenerlos.
Tomar más alimentos ricos en calcio como sardinas, salmón, gambas, espinacas, tofu, judías, brócoli… y exponerse al sol para favorecer la síntesis de vitamina D.
Leer el etiquetado de los alimentos y de los medicamentos para comprobar que no lleven componentes derivados de la leche.

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