Jesús, el mejor espejo

El modelo de vida de Jesucristo es válido para hombres y mujeres: por su masculinidad pone ante los varones el mejor espejo en el que mirarse, y ante las mujeres, el ideal de santidad y entrega que están llamadas a encontrar.

Por José Antonio Méndez

Puestos a buscar un modelo de masculinidad, ¿quién mejor que Jesús, el más perfecto de todos los hombres? A fin de cuentas, como explica uno de los documentos eclesiales más importantes del siglo xx, la constitución del Vaticano II Gaudium et Spes, “el Hijo de Dios trabajó con manos de hombre, pensó con inteligencia de hombre, obró con voluntad de hombre y amó con corazón de hombre”.

Y aunque el modelo de Jesús es universal y no entiende de sexos, razas o naciones, numerosos santos (desde san Ambrosio hasta santa Teresa, de san Policarpo a san Juan Pablo ii) han puesto el acento en la masculinidad de Cristo para poner ante los varones el mejor espejo en que mirarse, y ante las mujeres, el ideal de santidad y entrega que están llamadas a vivir ellas mismas y a encontrar en ellos.

Respeto, no oposición

Y, ¿qué es lo que Jesús, como varón, enseña a los varones? Primero, que lo masculino no es lo opuesto a lo femenino. Como explica para Misión el obispo de Córdoba, monseñor Demetrio Fernández, “Jesús, por su masculinidad, es el prototipo de lo masculino. Sin embargo, Dios ha creado al hombre y a la mujer en igual dignidad, y son distintos para ser complementarios física y psicológicamente.

La luz de Dios nos enseña a valorar lo específico de cada uno, y no a contraponerlo, agradeciendo a Dios lo que cada uno puede aportar por ser varón o mujer. Y esto también lo vivió Jesús”. 

Ejemplo y gracia en toda situación

Monseñor Demetrio Fernández especifica otra de las enseñanzas de Jesús: la de vivir su sexualidad de forma ordenada, con un dominio de sí que no tiene nada que ver con el voluntarismo ni la represión, sino con la entrega libre a la voluntad de Dios. “No solo los varones célibes, también los casados encuentran dificultades para vivir su sexualidad ordenadamente, como en todas las demás virtudes. Jesús, que fue célibe, vivió su sexualidad de forma ordenada, y nos da no solo el ejemplo, sino la capacidad por su Espíritu Santo de encuadernar todas nuestras tendencias, incluso las más desordenadas”.

Lejos de toda visión machista, Jesús da ejemplo de respeto integral a la mujer, sabiéndose complementario y unido a ella. “Jesús trata a las mujeres respetando de un modo nuevo su dignidad: la samaritana y la adúltera que aparecen en el Evangelio se consideran tratadas como nadie las había tratado nunca; y en el grupo de Jesús hubo también mujeres, lo que constituyó una novedad enorme para su tiempo”, especifica monseñor Fernández.

Esta especial deferencia de Jesús por la mujer ya llevó en el siglo iv a uno de los Padres de la Iglesia, san Juan Crisóstomo, a aconsejar a los hombres que tratasen con delicadeza a las mujeres, y en concreto a los esposos, a hablar con sus esposas “nunca sin más, sino con lisonja y consideración, con mucho amor” pues  “a la compañera de tu vida, a la madre de tus hijos, a la que es fundamento de toda felicidad no hay que sujetarla con miedo y amenazas, sino con amor y afecto”.

Entrega y constancia

Precisamente san Juan Crisóstomo apuntaba otras de las cualidades que Jesús enseña a los varones: la fortaleza y la constancia, pero nunca desde la agresividad, sino desde la entrega apasionada. Así, refiriéndose a los casados, pedía cuidar de sus mujeres “como Cristo cuida de la Iglesia: aunque haya que dar la vida por ella, aunque haya que dejarse golpear miles de veces, cualquier cosa que haya que aguantar y padecer por ella, no lo rehusarás. E incluso si llegas a pasar estos sufrimientos, todavía no has sufrido por ella nada comparable a lo que pasó Cristo”.

Como explica Ángel Castaño, sacerdote y profesor de Cristología en la Universidad Eclesiástica de San Dá­maso, en Madrid, “Jesús encarna el ideal humano para varones y para mujeres porque en su humanidad hay algo peculiar: siendo varón, es engendrado por Dios a partir de la carne de una mujer.

Su único principio humano, por decirlo de algún modo, es femenino, así que en Él cabe descubrir la perfección de los valores más usualmente masculinos y también los femeninos”.

Entre los primeros, “podría estar la exactitud de Jesús, su capacidad de elaborar discursos y usar palabras convincentes, su ajustarse a su norma única (la voluntad del Padre) y su modo de luchar sin denuedo, hasta la muerte, por la justicia en su propio corazón y en las relaciones entre los hombres. Mostró actitudes propias de la virilidad, como la capacidad de salir de sí mismo y, desde sí mismo, darse por entero al Padre y a los hombres”, apunta Castaño.

Ternura y afecto

Del mismo modo, en Jesús se encuentran valores más presentes en la mujer, vividos con virilidad: “La atención a lo concreto, la fuerza que tiene para defender a los niños, su misericordia con los enfermos y los pecadores, su modo de flexibilizar la rigidez con que los fariseos interpretan la norma de Moisés, su juego con símbolos y analogías, pero sin perder de vista el plan de Dios…”, añade el sacerdote.

Frente a una cultura que presenta a los hombres como insensibles e incapaces de mostrar sus sentimientos, Jesús actúa con total libertad y, como señala el obispo de Córdoba, “se compadece de los enfermos, de los necesitados y de los pobres; llora ante la tumba de Lázaro, deja que los niños se acerquen a Él y los bendice, mira con cariño al joven rico, mantiene relaciones de amistad… porque Él es el rostro de la misericordia del Padre, que adquiere tonos de ternura en muchos momentos”.

Y concluye: “En Jesús tenemos el mejor ejemplo y, sobre todo, el auxilio de su gracia. Cuando le dejamos entrar en nuestro corazón, es posible la armonía de todas las virtudes humanas, masculinas y femeninas. Con Él es posible vivir en la gracia de Dios”.

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