La ética finalista

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Ilustración: Loreto Fernández

Por Juan Manuel de Prada

En El drama del humanis­mo ateo, Henri de Lubac acer­­taba a desentrañar la gan­gre­na que, tarde o temprano, corroe a las sociedades que actúan “como si Dios no existiera”. En Dios, las sociedades religiosas descubrían una serie de atributos (justicia, bondad, misericordia, etcétera) que cristalizaban en normas inspiradas por tales atributos; normas que actuaban, antes que como frenos legales, como frenos morales, confrontando a los hombres con su conciencia, que era una suerte de “depósito de divinidad” que nos religaba con el origen de la norma.
Pero llegaron filósofos como Kant o Feuerbach, que pretendieron que aquellos atributos divinos que inspiraban las normas podían ser establecidos por nuestra racionalidad ética, sin necesidad de profesar la fe en un Dios que los encarnase; y que, por lo tanto, los hombres podían distinguir dónde se hallaban la justicia y la iniquidad, la belleza y la fealdad, la misericordia y la crueldad. El siguiente paso, una vez desgajados esos atributos de su fuente, consistió en que el hombre se erigiera en una suerte de diosecillo, capaz de imponer los criterios para determinar lo justo y lo bueno; e, inevitablemente, se impuso una ética “finalista”, en la que la naturaleza moral de los actos humanos dejó de establecerse en su raíz, para determinarse en su finalidad. Así fue como los hombres llegamos a creer que, haciendo un mal, podríamos alcanzar un bien.

«Si este actor pudo recoger su premio Goya es porque sus padres no hicieron caso a los que se lo dieron, que predican el exterminio en fase gestante de los niños con deficiencias»

Esto mismo es lo que le ocurre a Macbeth, en su propósito de ceñirse la corona de Escocia. El personaje de Shakespeare piensa que asesinando al durmiente Duncan (esto es, haciendo un mal) podrá alcanzar el bien que anhela; pero, a la postre, descubre que aquel asesinato sigue clamando justicia, y para acallar ese clamor tendrá que perpetrar otros crímenes más horrendos aún que acabarán acarreándole la perdición. Esta ética finalista que guía a Macbeth es la que se ha impuesto en las sociedades occidentales contemporáneas, incapaces ya de determinar la naturaleza moral de sus actos ab initio. Ocurre así en todos los ámbitos de la vida: el aborto, por ejemplo, se justifica para obtener un bien (evitar un embarazo no deseado) que se alcanza mediante una acción deplorable o criminal; las medidas decretadas contra la crisis económica se justifican para obtener un bien (el saneamiento de la deuda pública) que se alcanza mediante acciones injustas (recorte de sueldos y pensiones); y podríamos seguir poniendo ejemplos ad infinitum. Pero ese hipotético bien alcanzado a través de males que renunciamos a calificar moralmente acaba pasándonos factura, más pronto que tarde; porque el bien conseguido a costa del mal es un bien viciado de raíz, que provoca daños irreparables por mucho que nuestra sensibilidad embotada trate de negarlo.
La ética finalista se envuelve siempre en los oropeles de un humanitarismo merengoso; y, una vez perpetrado el mal que supuestamente sirve a un bien ulterior, no tiene empacho en ocultarlo bajo una costra azucarada. Algunos de estos ocultamientos se nos antojan especialmente abominables y abyectos. Ha ocurrido así, por ejemplo, con los derramamientos sentimentaloides que ha procurado la concesión de un premio Goya a un actor con deficiencias. Pero lo cierto es que si ese actor pudo recoger su premio es porque sus padres no hicieron caso a los que se lo dieron, que predican (con gran éxito) el exterminio en fase gestante de todos los niños con deficiencias psíquicas, para que sus padres puedan ser felices y comer perdices, sin tener que cuidar toda la vida de ese niño defectuoso. Pero, en el colmo de la desfachatez maligna, quienes postulan esta monstruosa ética finalista pueden luego posar de solidarios en la galería, premiando a los escasos supervivientes de su holocausto buenista.
Todos estos enjuagues y trapacerías de la ética finalista, sin embargo, servirán de poco, porque la sangre de esos niños deficientes, como la sangre de Duncan en la tragedia shakespeariana, jamás podrá borrarse. Llegará el día en que vendrá hacia nosotros, como el bosque moviente de Birnam, para cobrarse su deuda.