La familia, escuela de misericordia

Cuidar del otro cuando está enfermo, acoger al huésped en casa, dar de comer al que tiene hambre, consolar al que sufre, perdonar cuando nos hieren o corregir al que se equivoca, son obras de misericordia que hacemos a diario en la vida familiar.

Por Isabel Molina E. y Blanca Ruiz Antón

El próximo 8 de diciembre, en la solemnidad de la Inmaculada Con­cepción, comienza el Año Santo de la Misericordia. En este tiempo de gracias especiales, la familia no solo está llamada a ser hogar y escuela de misericordia, sino también a redescubrirse a sí misma como expresión de la misericordia. Y es que la misericordia de Dios no tiene un reflejo más perfecto en la Tierra que la propia familia. El Papa Francisco lo expresa muy bien en la bula de convocatoria del Ju­bileo Extraordinario, Misericordiae vultus: “La misericordia de Dios no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo […]”. Así es el amor familiar: mientras que en la sociedad a veces se rechaza a las personas por incapaces, o porque no hacen bien su trabajo, o si cometen un error, “en la familia no se descalifica al hijo, ni al marido, ni a la esposa. Se acepta a cada uno tal como es”, asegura Carlos Augusto Mesa, director de la Corporación Santa María de la Paz y doctor en Filosofía.
Para comprender la misericordia divina hay que comenzar por entender la familia, porque “el mejor modelo que tenemos para hablar de ella es la figura del padre”, asegura Mesa. “Hoy en día, muchos niños crecen sin un padre pero, para vivir la misericordia, hay que rehabilitar esta figura, para que se comprenda la parábola del hijo pródigo, que es la parábola de la misericordia por excelencia”. “‘Trátame como a uno de tus jornaleros’, le dice el hijo a su padre. Lo único que quiere es pan para saciar su hambre, pero el padre no le da lo mínimo, sino que lo restituye a su dignidad original”, recalca Mesa.
En esta sintonía, un primer paso para vivir el año de la misericordia en la familia consiste en restablecer plenamente las relaciones familiares. “Si hay un hermano o un primo con el que se ha creado distancia es hora de retomar el diálogo”, reclama Mesa. Y es que dar y recibir perdón es la expresión máxima de la misericordia del Padre. Antonio Prieto Lucena, rector del seminario mayor San Pelagio, en Córdoba, y doctor en Teología Moral, subraya que “el rencor es un veneno que va circulando por nuestras venas y nos corroe. Por el contrario, el perdón es la virtud que predispone a vivir la misericordia al estilo de Dios”.

Sin perdón no hay familia

familia cocinandoLa convivencia en la familia es imposible sin el perdón. “Si los esposos no se perdonan permanentemente, si padres e hijos no se perdonan todo, si los hermanos no se perdonan entre sí, se deterioran las relaciones familiares”. A la vez, en la familia se ama mucho y, cuanto más se ama, más fácil es perdonar. Pero cuesta más perdonar las heridas más profundas que van calando poco a poco. “Por eso, en la familia, tenemos que ser muy prudentes, para no crear heridas que después son difíciles de cerrar”, advierte Mesa.
Ahora bien, hay que comprender qué supone el acto de perdonar, porque, según explica Prieto Lucena, “no significa que yo olvide la ofensa que me han causado, sobre todo cuando es una ofensa grave. Lo importante es ir haciendo un camino para que, poco a poco, se vaya recordando sin dolor y, sobre todo, sin rencor. A base de hacer actos de perdón, van cambiando los sentimientos de nuestro corazón, pues el perdón es, sobre todo, una decisión; un acto de la voluntad”.

Acoger toda vida humana

La misericordia, sin embargo, no se reduce al perdón, sino que se vive de forma cotidiana en la familia. De hecho, un gesto por excelencia de la misericordia es acoger el don de la vida, y más aún hoy en día, cuando la cultura promueve la fragilidad del vínculo, la violencia o la satisfacción del deseo sin límite. “Dios es misericordioso porque nos ha dado el ser”, afirma Mesa. De igual manera, los padres, al dar a los hijos la vida, expresan un amor infinito que es misericordia en esencia pura.
Esto lo sabe bien la familia Bocca­nera. Elizabeth y Pablo son padres biológicos de dos jóvenes de 24 y 22 años, y, además, familia de acogida permanente de dos niños de 10 y 9 años con discapacidades severas y de un bebé de 13 meses. Pero en su casa todavía hay sitio para más. “Un día, me llamó una trabajadora social y me dijo que tenía una chica con cita para abortar a las 11 de la mañana y que no lo haría solo si encontraba una familia que la acogiera. Eran ya las 11. Me moví por todos lados, pero nadie podía. Así que fuimos nosotros quienes dijimos que sí y, pocos días después, se vino a vivir a casa”. Y así han acogido, hasta ahora, a dos madres en esta situación.
Según Pablo Boccanera, no tienen grandes dificultades más allá de la logística, y es que, aunque no tiene un empleo, asegura que tanto él como su mujer decidieron “darle un sentido positivo a esa situación de paro”. Por eso, aprovecha para cuidar de esta peculiar familia formada en torno a la convicción de que “estos niños están puestos en nuestra vida para que seamos mejores”.
Todas las obras de misericordia se pueden vivir de un modo especial en la familia entendida en su sentido amplio: incluyendo a parientes cercanos y lejanos e, incluso, a aquellos que llaman a nuestra puerta. Los padres de esta familia, pertenecientes a la fundación Familias para la Acogida, unida a Comunión y Liberación, aseguran que poder compartir su experiencia es fundamental, porque, según explica Pablo, “nunca te sientes capaz”, lo importante es “responder a las necesidades reales que se presentan” porque al final, tanto los niños como las madres o cualquier persona “buscan lo mismo, alguien que les quiera”.
Como ellos, existen muchas familias que ayudan a resolver situaciones de carencia material. Familias que han creado fundaciones o que se asocian a algunas ya existentes, y que animan a sus hijos a participar para que aprendan el valor de las cosas, agradezcan lo que tienen y se vuelvan sensibles a las necesidades de los demás.
La familia es también en sí misma misericordia de Dios en la medida en que es una prolongación de la infinita Providencia: “Dios, que provee todo para todos, provee primero a través de la familia”, explica Mesa. A veces, como en el caso de Pedro, falta el empleo, pero Dios ha pensado la familia de tal manera que ni él ni los que están bajo su cuidado padezcan hambre ni sed, y que los hijos tengan un techo que les dé cobijo y reciban estudio y medicinas para curar su enfermedad. Que no les falte de nada.

Una familia en salida

Vivir nuestra vocación al amor supone sentirnos amados y acogidos, pero el amor en su plenitud es la donación de nosotros mismos. Por eso, la misericordia supone dos movimientos: sístole y diástole. “Salir de nosotros mismos suele ser la mejor terapia para curar nuestro desamor, nuestra soledad y nuestra necesidad de amor”, indica Prieto Lucena. “La madre Teresa de Calcuta decía que cuando uno se siente solo y necesitado, tiene que pedirle a Dios poder encontrar a alguien a quien ayudar y consolar”, añade.
El Papa nos invita a vivir una Iglesia en salida, a ir a las periferias, a abrir nuestros ojos para observar las miserias del mundo y escuchar su grito de auxilio: “Cuántas heridas sellan la carne de muchos que no tienen voz […]. En este Jubileo la Iglesia será llamada a curar aún más estas heridas, a aliviarlas con el óleo de la consolación, a vendarlas con la misericordia y a curarlas con la solidaridad y la debida atención”.

Las obras de todos los días

La vida en familia está llena de ocasiones para vivir las obras de misericordia corporales:
La batalla de la comida: “Cuando los hijos no quieren comer porque no les gusta, podemos recordarles la obra de misericordia de ‘dar de comer al hambriento’”, indica Antonio Prieto Lucena. “Aprovechar estos momentos del día para insistir en la necesidad de compartir, de dar gracias a Dios por los bienes de los que disfrutamos, y para explicar el sentido de la generosidad y de administrar lo que hemos recibido”.
El arte del cuidado: monseñor José Ignacio Munilla, obispo de San Sebastián, indica la importancia de educar la sensibilidad de los hijos: “‘Cuida de tu hermano enfermo’, ‘Cuida de tu hermano débil’. Una de las cosas más sagradas es cuidar del débil. Por eso, en la familia, todo se reordena cuando hay un enfermo”.
La relación con la ropa: en la elección de la vestimenta se juega también la educación. “Hay que dar criterio en la forma de vestir”, dice monseñor Munilla. Y añade: “Conviene educar en la austeridad. Pasar la ropa de unos a otros es signo de psicología equilibrada y sensata” .
La hospitalidad: otra de las obras de misericordia corporales es “dar posada al peregrino”. La capacidad evange­liza­dora de una familia pasa por su capacidad de acoger: “Tengamos un modelo de familia de puertas abiertas. Con discernimiento, pero que la familia tenga unas fronteras más allá de su carne y de su sangre”, dice Munilla.
La lección de la muerte: “Hacer pedagogía de la muerte implica no ocultarla y darle sentido: acude al catecismo y dale a tu hijo una explicación en la esperanza cristiana”, recalca Munilla.

Un regalo

La oración en familia es clave para vivir la misericordia porque, como indica Prieto Lucena, “la misericordia es un don: no brota solo de nuestras fuerzas”. Cada día está lleno de momentos para ensanchar el corazón para que pueda llenarse de la misericordia de Dios, y, desde ahí, convertirnos en testigos de la misericordia: la bendición de la mesa, el ofrecimiento de obras, la Eucaristía dominical o el rezo del Rosario en familia. Prieto Lucena plantea un plan diario, semanal y mensual para vivir en familia en este año de gracia: cada día, al caer la noche, dar gracias a Dios por el día que termina y hacer balance de la jornada, subrayando una obra de misericordia. Cada semana, elegir un día para hacer una catequesis familiar donde se expliquen las obras de misericordia y para reflexionar: ¿cómo podríamos practicar esta obra de misericordia? Y, cada mes, elegir una obra de misericordia corporal y otra espiritual. Se puede buscar la que encaje mejor con el tiempo litúrgico. “En el mes de diciembre, que celebramos la Navidad, como Jesús no encontró posada, podríamos practicar la obra de ‘acoger al forastero’, acogiendo al que no es estrictamente del círculo familiar. Y la obra de misericordia espiritual podría ser, por ejemplo, ‘enseñar al que no sabe’: proponer a los hijos que hablen de Jesucristo a sus amigos”.

Obras de misericordia espirituales

A fondo 5En su conferencia “Familia, hogar de misericordia”, monseñor Munilla nos da unas pautas para vivir las obras de misericordia espirituales en el seno de la familia. Está disponible en YouTube, en el canal de la Diócesis de San Sebastián.

1. Enseñar al que no sabe. A la familia le corresponde educar con paciencia. Además, tiene la responsabilidad de inculcar a los hijos la disciplina del ‘aprender a aprender’. También el marido y la mujer, a través de su comunión, pueden enseñarse mucho el uno al otro, pues ambos tienen costumbres y habilidades diversas.

2. Dar buen consejo al que lo necesita. La familia es el lugar en el que con mayor espontaneidad se practica el buen consejo. En una educación equilibrada, hay que ir pasando gradualmente de dar órdenes a dar consejos. Cuando llegue el momento en que los padres acuden a sus hijos para pedirles consejo, se sabrá que la educación ha ido bien.

3. Corregir al que yerra. Fuera de la familia muchas veces no hay suficiente amor para corregir, en cambio, en la familia la corrección fraterna se hace con plena naturalidad. Una corrección es un consejo que está dispuesto a contrariar, que supera el amor complaciente.

4. Perdonar las injurias. En el seno de la familia se enseña a pedir perdón y a perdonar. Son dos caras de la misma moneda. Una supone superar el orgullo y la otra, superar el rencor. La única manera de educar en el perdón es reconocer que somos queridos gratuitamente porque quien es amado con gratuidad es capaz de amar del mismo modo.

5. Consolar al triste. En la familia se educan los estados de ánimo; se aprende a tolerar el fracaso y a relativizar la tristeza y los disgustos (que muchas veces no son objetivos). En el matrimonio, también los esposos han de animarse mutuamente en sus estados de tristeza.

6. Sufrir con paciencia los defectos de los demás. En la calle, los defectos se disimulan, en la familia, no. El amor maduro sabe compaginar la corrección fraterna con la aceptación de los defectos del otro. Además, muchas veces, cuando la persona se siente aceptada como es, y querida incluso con sus defectos, tiene la fuerza suficiente para empezar a cambiar.

7. Rogar a Dios por vivos y difuntos. La familia es escuela de oración. Si en la familia no se enseña a rezar, ¿entonces dónde? Conmueve la experiencia de ver a los padres recogerse en oración, de ver que, para la mujer o para el marido, la oración es algo en lo que les va la vida.

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