La fuerza del perdón

Conocí hace algunos años a José Luis Álvarez Santacristina, alias Txelis, uno de los máximos dirigentes de la banda etarra durante los llamados  “años del plomo”. Fue durante una visita a la cárcel de Logroño, donde di una charla a los reclusos. Por entonces, Txelis se hallaba inmerso en un proceso de conversión; y fue, entre los asistentes a mi charla, el más inquisitivo y perspicaz.

Por Juan Manuel de Prada

Ilustración: Silvia Álvarez

Recuerdo que hablaba con pasión y a la vez con prevención, como si pusiera gran énfasis en cada palabra, y también una gran carga expiatoria. En el turno de preguntas, se interesó por un artículo que yo acababa de publicar por entonces, en el que fantaseaba con las razones que podrían haber conducido a un patricio romano a convertirse al cristianismo.

Enseguida advertí que Txelis era hombre de gran inteligencia, con una notable formación filosófica y teológica. Pero mucho más que sus erudiciones me impresionaron la sed de Dios que vibraba en sus palabras, y también el arrepentimiento que mostraba hacia su vida pasada de terrorista.

Algunos años después, Txelis publicó una extensa carta en la que pedía perdón por sus pasados crímenes. Muchos pensaron entonces que aquella carta era el aspaviento de un criminal que trataba de tocar la “fibra sensible” de los crédulos; yo siempre supe que Txelis estaba hablando sinceramente, porque había hablado con él y lo había mirado a los ojos. Sabía que en su interior se estaba librando un formidable combate en el que había empeñado todo su ser.

Me ha dado gran alegría leer en Misión un reportaje de José Antonio Méndez en el que Álvarez Santacristina nos brindaba un testimonio luminoso sobre su conversión, que describía como una “gracia concreta y palpable” en la que el arrepentimiento se acompaña de un “sí definitivo a la fe de Jesús de Nazaret”. A continuación, Álvarez Santacristina describía muy sabiamente la naturaleza del perdón, sin olvidar que la víctima que ha sufrido el daño no siempre acepta la petición de perdón; y con frecuencia ni siquiera está dispuesta a escuchar a quien se lo pide.

Pues, en efecto, perdonar a quien nos ha infligido un grave daño es algo de naturaleza sobrenatural. Cristo nos pidió que amásemos a nuestros enemigos, una forma de caridad extrema que no es posible realizar mediante las meras fuerzas humanas, sino que requiere una asistencia especial de la gracia divina. Imagino que Álvarez Santacristina, en la vida nueva que inició tras su conversión, se habrá tropezado más de una vez con una víctima que no ha perdonado sus crímenes; pero tal vez también haya encontrado víctimas tocadas por la gracia con las que haya podido llorar, a las que haya podido confortar, mediante el bálsamo sanador del perdón. Se lo deseo de corazón.

Recuerdo que, al acabar aquella charla en la cárcel de Logroño, Txelis me regaló un Crucificado que varios reclusos habían confeccionado en el taller de la cárcel. Cuando me lo entregó, cohibido y atolondrado, vi en sus ojos un ansia de misericordia que me sobrecogió. Celebro que Álvarez Santamaría encontrase el perdón de Dios que le ha permitido pedir perdón a sus víctimas. Y no dejó de recordar las palabras del Evangelio:  “Habrá más alegría en el cielo por un pecador que se convierta que por noventa y nueve justos que no tengan necesidad de conversión” .