La herencia que nos dejaron

Sus manos cuadradas, chatas y mullidas me transportan a otro tiempo. A aquellos años de infancia en los que, sentada en las rodillas de mi padre, disfrutaba cogiéndole la mano. Era tan gordita, suave y, sobre todo, blandita, que me entretenía apretándola con las mías, tan pequeñas y huesudas. Mi padre reía divertido; le parecía graciosa esa predilección mía por su manos grandes y fuertes, a la vez que suaves y achuchables. En los días previos a su muerte, junto a la cama de la UCI de un gran hospital, me despedí de él mientras volvía a acariciar esas manos, ya menos rellenas pero igualmente blanditas que todavía hoy recuerdo con todos sus detalles.

Por Isis Barajas
Ilustración: María Olguín Mesina

Hace ya un año, cuando nacieron los mellizos (nuestros cuarto y quinto hijo) un escalofrío me invadió cuando reconocí en el niño las manos a pequeña escala de mi padre. Me descubro muchas veces mirándolas embelesada. Contemplo cómo el parecido aumenta con el paso del tiempo, no solo en la forma de cada uno de sus deditos e incluso de sus uñas menudas, sino en los movimientos tan característicos que tenían aquellas manos del abuelo Ángel.

Es hermoso descubrir el legado que dejan nuestros antepasados en nuestros hijos. Es como si de algún modo siguieran vivos y físicamente reconocibles en los genes que portamos y dejamos por herencia.

Cuando era pequeñita, mis hermanos, divertidos, llamaban a mi segunda hija “abuela Eugenia”, porque la forma de la cara y su nariz aplastadita eran el vivo retrato de su bisabuela. Me impresiona mucho ver en los ojos azul cristalino de tres de mis hijos los “ojos de gato” –como los llamaban en el pueblo– de mi abuelo Saturnino. Al igual que me enternece apreciar en los mofletes gorditos y caídos de dos de mis chicas los rasgos propios del rostro de mi suegro.

Dios nos hace estos regalos a través de los juegos precisos, y nada caprichosos, de la genética. Ciertamente, creo que nuestros mayores están disfrutando de la vida del Cielo, pero es un detalle precioso –como una dulce caricia– que Dios nos conceda seguir viéndolos y recordándolos en los rasgos de aquellos que nos suceden y que prolongarán sus años –y con ellos los nuestros– en la Tierra. No hay herencia mayor, ni fincas más valiosas, que ver a los tuyos retratados, y de algún modo perpetuados, por generaciones sin fin.

Quién sabe, quizá dentro de 70 u 80 años alguien mire a un recién nacido y diga sonriendo: “¡Mira! Tiene las mismas manitas que la abuela Isis”.