La santidad de andar por casa

Ir a misa un domingo con varios hijos pequeños puede llegar a ser una proeza más incierta que intentar cruzar a nado el Canal de la Mancha. Es posible que acabemos al fondo de la iglesia –o fuera de ella– con alguno en brazos o correteando, después de haber desplegado todas nuestras habilidades para retenerlos diez minutos en el banco. Entre el  “quiero agua”,  “Fulanito me ha quitado el sitio”,  “yo estaba primero”  y el bebé que rompe a llorar, la esperanza de escuchar la segunda lectura se esfuma antes de entonar el salmo.

Por Isis Barajas

Ilustración: María Olguín

En ocasiones, el panorama no me­jora cuando rezamos en casa: rosarios de diverso tamaño y color acaban sobrevolando cabezas, los niños discuten por quién se sienta al lado de mamá y, mientras tanto, los padres luchamos interiormente para que el Espíritu no nos abandone al tercer Avemaría. Más trepidante, si cabe, es ese día en el que por fin dormimos cuatro horas seguidas y conseguimos levantarnos antes para hacer oración en la quietud de la noche.  Y es que suele ser el mismo día en el que todos deciden amanecer al alba pidiendo el desayuno, tan solo un minuto después de abrir el salterio.

Pareciera que los hijos son un impedimento para vivir nuestra fe. O de eso nos quejamos tantas veces cuando vemos truncados uno detrás de otro nuestros elevados planes espirituales. Por eso resulta tan esperanzador leer la exhortación apostólica Gaudete et Exsultate del Papa Francisco:  “Muchas veces tenemos la tentación de pensar que la santidad está reservada solo a quienes tienen la posibilidad de tomar distancia de las ocupaciones ordinarias, para dedicar mucho tiempo a la oración. No es así.

Todos estamos llamados a ser santos viviendo con amor y ofreciendo el propio testimonio en las ocupaciones de cada día, allí donde cada uno se encuentra”.  Y añade después: “No es sano amar el silencio y rehuir el encuentro con el otro, desear el descanso y rechazar la actividad, buscar la oración y menospreciar el servicio. Todo puede ser aceptado e integrado como parte de la propia existencia en este mundo, y se incorpora en el camino de santificación”.

Es cierto que todos necesitamos y debemos buscar momentos de silencio y a solas con el Señor. Pero no es menos cierto que Dios se hace también presente cuando servimos a ese hijo que lleva un rato reclamándonos mientras andamos absortos en nuestra oración. No es menos cierto que cada vez que nos levantamos a atender el lloro del bebé estamos respondiendo a la vocación a la que Él mismo nos ha llamado. No es menos cierto que en ese rato caótico de baños, cenas y acostadas estamos entregando nuestro propio cuerpo (y agotamiento) a aquellos que Él nos ha confiado.  Y no es menos cierto que las lágrimas derramadas por vernos abrumados por nuestra ingente misión pueden ser también una valiosa oración.

Porque no se trata de ser santos a pesar de nuestros hijos, sino de descubrir que ellos son nuestra condición de posibilidad. La constitución pastoral Gaudium et Spes recalca que  “los hijos, como miembros vivos de la familia, contribuyen, a su manera, a la santificación de los padres”. A su manera, efectivamente; y no a la nuestra.